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«Varios días más de esto -pensó-. ¡Dios!»

Tenía la esperanza de que la Armada se lo notificara a su familia ya que, después de tantos días, Ellen empezaría a preocuparse. Norman la imaginó, llamando primero a la FAA y después a la Armada, tratando de saber qué había pasado. Naturalmente, nadie sabría absolutamente nada, porque el proyecto era ultrasecreto. Ellen estaría enloquecida.

Después dejó de pensar en Ellen. «Es más fácil preocuparse por los seres queridos que por uno mismo», pensó. Pero no había razón para inquietarse. Ellen estaría bien. Y lo mismo le ocurriría a él. No era más que cuestión de esperar. Conservar la calma y aguardar a que pasara la tormenta.

Al ir a ducharse se preguntó si seguirían teniendo agua caliente, ya que el habitáculo estaba funcionando con energía de emergencia. La tenían, y Norman se sintió menos tenso después de haberse duchado. Le resultaba extraño hallarse a trescientos metros bajo el agua y gozar los efectos sedantes de una ducha caliente.

Se vistió y se dirigió hacia el Cilindro C. Oyó que la voz de Tina decía: -¿… Cree que alguna vez lograrán abrir la esfera?

Y Beth respondía: -Quizá. No lo sé.

– Esto me asusta.

– No creo que haya motivo para tener miedo.

– Es lo desconocido -decía Tina.

Cuando Norman entró, encontró a Beth pasando la videocinta, viéndose a sí misma y a Tina.

– Por supuesto -decía Beth en la cinta-, pero no es probable que algo desconocido sea peligroso y aterrador. Lo más probable es que sea inexplicable, nada más.

– No sé cómo puede decir eso -decía Tina.

– ¿Les tiene miedo a las serpientes? -preguntaba Beth en la pantalla.

Beth apagó el videorreproductor.

– Solamente estaba tratando de ver si podía dilucidar qué había ocurrido -dijo.

– ¿Tuviste suerte? -preguntó Norman.

– Hasta ahora, no. -En el monitor adyacente podían ver la esfera: continuaba cerrada.

– ¿Harry todavía está dentro? -inquirió Norman.

– Sí -respondió Beth.

– ¿Cuánto tiempo lleva ahí?

Beth miró hacia arriba, por encima de las consolas.

– Poco más de una hora.

– ¿Sólo he dormido una hora?

– Sí.

– Me estoy muriendo de hambre -confesó Norman.

Bajó a la cocina para comer algo. La tarta de coco se había terminado, y el psicólogo estaba buscando alguna otra cosa cuando apareció Beth:

– No sé qué hacer, Norman -dijo ella.

– ¿Respecto a qué?

– Nos están mintiendo.

– ¿Quién nos está mintiendo?

– Barnes. La Armada. Todo el mundo. Todo esto es una tramoya, Norman.

– Vamos, Beth. No empecemos ahora con ideas de conspiraciones. Tenemos bastante para preocuparnos, sin…

– Voy a hacerte ver algo -dijo Beth.

Condujo a Norman otra vez arriba; allí, con movimientos secos, rápidos, activó una consola y apretó varias teclas.

– Empecé a reunir todas las piezas del rompecabezas cuando Barnes hablaba por teléfono -explicó-. Él estaba conversando con alguien en el preciso instante en que el cable empezó a enroscarse… Pero el hecho es que ese cable tiene trescientos metros de largo, Norman; así que en superficie tienen que haber cortado las comunicaciones varios minutos antes de desprenderlo.

– Es probable, sí.

– Entonces, ¿con quién estuvo hablando Barnes hasta el último minuto? Con nadie.

– Beth…

– Mira -dijo la zoóloga, señalando la pantalla:

RESUMEN COM DH-SURCOM/1: 0910 BARNES A SURCOM/1:

PERSONAL CIVIL Y DE ARMADA VOTÓ. AUNQUE SE LES INFORMÓ SOBRE RIESGOS, TODO EL PERSONAL OPTA POR PERMANECER LECHO OCEÁNICO MIENTRAS DURE TORMENTA, PARA CONTINUAR INVESTIGACIÓN DE ESFERA EXTRA-TERRESTRE Y NAVE ESPACIAL CONCOMITANTE.

BARNES, USN.

– Es una broma -dijo Norman-. Creí que Barnes deseaba irse.

– Lo deseaba; pero cambió de opinión cuando vio ese último compartimiento y no se molestó en decírnoslo. Me gustaría matar a ese bastardo. Tú sabes de qué se trata. ¿No es así, Norman?

Él asintió con la cabeza: -Espera encontrar una nueva arma.

– Exacto. Barnes pertenece al Pentágono, y quiere encontrar una nueva arma.

– Pero no es probable que la esfera…

– No se trata de la esfera -dijo Beth-. En realidad, a Barnes no le importa la esfera. Lo que le interesa es la «nave espacial concomitante». Porque, según la teoría de las congruencias, es la nave espacial lo que tiene probabilidades de rendir dividendos. No la esfera.

La teoría de las congruencias era un asunto enojoso para quienes pensaban en la vida extra-terrestre. Dicho en forma simple, los astrónomos y físicos que consideraban la posibilidad de contacto con vida extra-terrestre imaginaban que de tal contacto se derivarían maravillosos beneficios para la especie humana. Pero otros pensadores, filósofos e historiadores no preveían beneficio alguno derivado de tal contacto.

Los astrónomos, por ejemplo, creían que si se lograba establecer comunicación con habitantes de otros mundos, la Humanidad experimentaría una conmoción tal, que cesarían las guerras en la Tierra y empezaría una nueva era de cooperación pacífica entre las naciones.

Pero los historiadores pensaban que eso era un disparate, y se basaban en el hecho de que, cuando los europeos descubrieron el Nuevo Mundo, descubrimiento que, de manera análoga, también hizo añicos el concepto que en ese momento se tenía del mundo, no detuvieron sus incesantes luchas. Ocurrió todo lo contrario: lucharon con más ardor todavía. Los europeos sencillamente hicieron del Nuevo Mundo una extensión de las animosidades preexistentes. El Nuevo Mundo se convirtió en otro sitio para luchar, y por el que luchar.

Los astrónomos, por su parte, también imaginaban que cuando los humanos se encontraran con seres de otros planetas, se produciría un intercambio de información y tecnología, lo que le brindaría a la Humanidad un maravilloso progreso.

Los historiadores de la ciencia pensaban que eso también era una necedad: señalaban que lo que denominábamos «Ciencia» consistía, en realidad, en una concepción bastante arbitraria del Universo, y que no era probable que tal concepción fuera compartida por seres extra-terrestres. Nuestras ideas sobre la Ciencia son las ideas de seres parecidos a los simios, en quienes predomina el sentido de la vista y a los que les gustaba alterar su ambiente físico; pero si los extra-terrestres fuesen ciegos y se comunicaran a través de olores, podrían haber desarrollado una ciencia muy diferente, que describen un Universo muy distinto. Y podrían haber elegido opciones dispares, en relación con los senderos que habría de explorar su ciencia. Por ejemplo, esos seres tal vez se hubiesen desentendido por completo del mundo físico y desarrollado, en cambio, una compleja ciencia de la mente. En otras palabras, era posible que hubiesen hecho exactamente lo opuesto a lo que hizo la Ciencia de la Tierra. Era posible que la tecnología de los habitantes de otro planeta fuera puramente mental, sin ninguna intervención de la parte física.

Este problema era el nudo de la teoría de las congruencias, la cual afirmaba que, a menos que los extra-terrestres fuesen seres notablemente similares a nosotros, no era probable que se produjera un intercambio de informaciones. Naturalmente, Barnes conocía esta teoría, por lo que sabía que de una esfera procedente de otro planeta no era probable que se pudiera extraer ninguna tecnología útil; pero sí era probable que se la pudiera extraer de la nave espacial en sí, ya que ésta había sido construida por hombres y en este caso la congruencia era elevada.