– El mar. La espuma. Hermoso…
¿Estaría hablando de las luces?, se preguntó Norman. ¿Del conjunto de luces que remolineaban?
– ¿Qué es lo que era hermoso, Harry?
– Vamos, no te burles -dijo el matemático-. Prométeme que no vas a burlarte.
– No me burlaré.
– ¿Crees que se me ve igual?
– Sí, lo creo.
– ¿No cambié en absoluto?
– No. Al menos en nada que yo pueda apreciar. ¿Crees tú que cambiaste?
– No sé. Quizá… Yo…
– ¿Ocurrió algo en la esfera que te cambió?
– No entiendes lo de la esfera.
– Entonces, explícamelo -pidió Norman.
– Nada ocurrió en la esfera.
– Estuviste en ella durante tres horas…
– Nada ocurrió. Dentro de la esfera, nunca ocurre nada. Siempre es lo mismo… dentro de la esfera.
– ¿Qué es lo que siempre es lo mismo? ¿La espuma?
– La espuma siempre es diferente. La esfera siempre es la misma.
– No entiendo -dijo Norman.
– Sé que no entiendes -dijo Harry, y movió la cabeza-. ¿Qué puedo hacer?
– Dime algo más.
– No hay nada mas.
– Entonces, dímelo todo de nuevo.
– No serviría -dijo Harry-. ¿Piensas que os iréis pronto?
– Barnes dijo que no nos iríamos hasta dentro de varios días.
– Creo que deberíais marcharos cuanto antes. Habla con los demás. Convéncelos de que tienen que irse.
– ¿Por qué, Harry?
– No puede ser… No lo sé.
Harry se frotó los ojos y se recostó sobre la litera.
– Tendrás que disculparme -dijo-; pero estoy muy cansado. Quizá podamos continuar con esto en alguna otra ocasión. Habla con los demás, Norman. Haz que se vayan. Es… peligroso permanecer aquí.
Se acostó del todo y cerró los ojos.
CAMBIOS
– Está durmiendo -informó Norman a los demás-. Se encuentra en estado de shock emocional. Se muestra confuso, pero, en apariencia, no hay daños.
– ¿Qué te dijo con respecto a lo que pasó allí adentro? -preguntó Ted.
– Se halla muy alterado -repuso Norman-, pero se esta recuperando. Cuando lo hallé, en el primer momento, ni siquiera recordaba su nombre. Ahora, sí. También recuerda mi nombre, y dónde está. Sabe que entró en la esfera, y creo que también se acuerda de lo que sucedió dentro de ella… aunque no lo dice.
– Grandioso -comentó Ted.
– Mencionó el mar, y la espuma, pero no dejó claro lo que quería decir con eso.
– Miren afuera -dijo Tina, señalando las portillas.
Norman tuvo una visión inmediata de luces, de miles de luces que llenaron la negrura del océano, y su primera reacción fue la de un terror irracionaclass="underline" las luces de la esfera venían para atraparlos. Pero entonces se dio cuenta de que cada una de las luces tenía forma, y que se desplazaban agitándose con movimientos serpenteantes.
Los investigadores apretaron la cara contra las portillas, para mirar.
– Calamares -declaró Beth, por fin-. Calamares bioluminiscentes.
– Varios millones.
– Menos -dijo la zoóloga-. Calculo que hay medio millón como máximo rodeando todo el habitáculo.
– Hermoso.
– El tamaño del cardumen es asombroso -opinó Ted.
– Impresionante, pero nada fuera de lo común -dijo Beth-. La fecundidad del mar es muy grande, en comparación con la de tierra firme. El mar es el lugar en el que comenzó la vida, y en el que apareció por vez primera la intensa competencia entre los animales. Una de las respuestas a la competencia es producir ingentes cantidades de crías. Muchos animales marinos lo hacen. Tenemos tendencia a creer que los animales salieron de la tierra para dar un paso hacia adelante en la evolución de la vida. Pero la verdad es que los primeros seres fueron arrojados fuera del océano, estaban simplemente tratando de alejarse de la competencia. Pueden ustedes imaginar que cuando los primeros peces-anfibios treparon por la playa, asomaron la cabeza para mirar la tierra y vieron esta vasta extensión seca, sin competencia en absoluto, tuvo que parecerles la Tierra Prometida… -Beth se interrumpió de repente y se volvió hacia Barnes-. ¡Pronto! ¿Dónde guardan las redes para especímenes?
– No quiero que vaya afuera.
– Tengo que hacerlo -respondió Beth-. Estos calamares tienen seis tentáculos.
– ¿Y qué hay con eso?
– No se conoce ninguna especie de calamar que tenga seis tentáculos; se trata de una especie no catalogada. Tengo que ir a recoger muestras.
Barnes le indicó dónde estaban el vestuario y los equipos, y Beth salió. Norman miró con renovado interés el cardumen de calamares.
Los animales tenían cerca de treinta centímetros de largo y parecían transparentes.
Los grandes ojos se destacaban con claridad en el cuerpo, que refulgía con un tono azul pálido.
Al cabo de pocos minutos, Beth apareció en el exterior; estaba en medio del cardumen y movía su red de un lado a otro para atrapar algunos ejemplares. Furiosos, varios calamares descargaron chorros de tinta.
– Son encantadores -dijo Ted-. ¿Saben? El desarrollo de la tinta del calamar es una muy interesante…
– ¿Qué les parecería que preparara calamares para la cena? -preguntó Rose Levy.
– Diablos, no -respondió Barnes-. Si es una especie no estudiada no la vamos a comer. Lo que menos falta hace es que todos enfermen debido a una intoxicación por la comida.
– Muy sensato -reconoció Ted-. Nunca me gustó el calamar, de todos modos. Tiene un interesante mecanismo de propulsión pero su textura es gomosa.
En ese instante se produjo un zumbido y uno de los monitores se encendió solo. Mientras los investigadores miraban, la pantalla se llenó rápidamente de números:
0003212525263203262930132104261037183016061
808213229033005182204261013083016213716040
83016211822033013130432000321252526320326
293013210426103718301606180821322903300518
220426101308301623711604083016211822033013
1304320003212525263203262932104261037183016
0618082132290330051822042610130830162137
16040830162118220330131304320003212525263
203262930132104261037183016061808213229033
005182204261013083016213716040830162118220
3301313043200032125252632032629301321042610
3718301606180821322903300518220426101308
301621371604083162118220330131304320003212
525263203262930132104261037183016061808213
229033005182204261013083016213716040830162
– ¿De dónde viene eso? -preguntó Ted-. ¿De la superficie?
Barnes negó con la cabeza.
– Hemos cortado el contacto directo con la superficie.
– ¿Entonces lo están transmitiendo bajo el agua, de alguna manera?
– No -repuso Tina-. Es demasiado rápido para ser una transmisión subacuática.
– ¿Hay otra consola en el habitáculo? ¿No? ¿Puede ser del DH-7?
– El DH-7 está vacío ahora. Los buzos se fueron.
– En tal caso, ¿de dónde viene eso?
– A mí me parece aleatorio -dijo Barnes.
Tina asintió con la cabeza:
– Puede ser una descarga procedente de una memoria intermedia temporal que estuviera en alguna parte del sistema cuando nos pasamos a alimentación interna producida por los diesel…
– Es probable que sea eso -admitió Barnes-. Una descarga de una memoria intermedia, cuando se hizo el cambio de fuente de alimentación.
– Creo que debería conservarse -sugirió Ted, sin dejar de contemplar la pantalla-, por si acaso resulta ser un mensaje.
– ¿Un mensaje de dónde?
– De la esfera.
– ¡Diablos! -exclamó Barnes-. No puede ser un mensaje.
– ¿Cómo lo sabe?
– Porque no hay modo de que se pueda transmitir un mensaje: no estamos conectados con nada. Y, por supuesto, tampoco con la esfera. Tiene que ser un volcado de memoria, cuyo origen está en algún lugar de nuestro propio sistema de procesamiento electrónico de datos.