– Ya estás llegando -le animó Beth-. Buen trabajo.
Norman empezó a sentir vahídos, de modo que redujo su velocidad de avance. Ahora, sobre la superficie gris del cilindro, podía ver marcas y leyendas de la Marina; las había de toda clase, escritas con letras mayúsculas.
– Sigue sin haber moros en la costa -dijo Beth-. Te felicito. Parece que lo has logrado.
Norman se metió debajo del cilindro DH-7, alzó la vista hacia la escotilla y vio que estaba cerrada. Giró el volante para descorrer la cerradura, abrió la esclusa y empujó la escotilla. No podía ver mucho del interior, porque la mayoría de las luces estaban apagadas, pero quería echar un vistazo adentro pues podría haber algo, alguna arma, que se pudiera utilizar.
– Primero el submarino -le aconsejó Beth-. Solamente te quedan diez minutos para apretar el botón.
– De acuerdo.
Norman avanzó hacia el submarino. Detrás de las dos hélices vio el nombre: Deepstar HI. Era amarillo, como aquel en el que había descendido, pero la configuración era algo diferente. Norman halló agarraderas en el costado, y se asió a ellas para impulsarse al interior del bolsón de aire encerrado dentro de la cúpula. En la parte superior del submarino había una gran cabina de material acrílico, conformada como una burbuja, para el timonel. Norman encontró la escotilla por detrás de esa burbuja; la abrió y luego se dejó caer en el interior.
– Ya estoy en el submarino.
No hubo respuesta de Beth; era probable que ella no lo pudiera oír, rodeado como estaba por tan gran cantidad de metal. Norman recorrió el interior con la mirada, y pensó: «Estoy mojando el submarino», pero ¿qué tendría que haber hecho? ¿Secarse los zapatos antes de entrar? Sonrió ante ese pensamiento. Halló las cintas sujetas en un compartimiento de popa. Había mucho lugar para más cintas, y bastante espacio para tres personas. Pero Beth tenía razón respecto a lo de viajar a la superficie: el interior del submarino estaba atestado de instrumentos y bordes cortantes, de modo que no sería nada agradable verse sacudido dentro de este vehículo.
¿Dónde estaría el botón de «Retardo»? Norman miró el oscuro panel de instrumentos y vio una sola luz roja, que parpadeaba sobre un botón en el que se leía: «retén de temporizador.» Apretó ese botón.
La luz roja dejó de parpadear y permaneció encendida. La pantalla de un pequeño monitor se encendió; su luz era color ámbar.
PUESTA A CERO DEL TEMPORIZADOR – CONTANDO 12:00:00
En tanto Norman observaba, los números empezaron a correr hacia atrás. Seguramente lo había logrado. La pantalla del monitor se apagó.
Mientras seguía mirando los instrumentos, le surgió una duda: en una emergencia, ¿podría operar este submarino? Se deslizó en el asiento del timonel y contempló los desconcertantes cuadrantes e interruptores. No parecía haber ningún aparato de comando, ni timón ni palanca de control. ¿De qué manera se guiaba ese maldito submarino?
La pantalla del monitor se encendió:
MÓDULO DE COMANDO – DEEPSTAR III
¿Necesita ayuda?
Sí No Cancelar
«Sí -pensó Norman-, necesito ayuda.» Buscó alrededor para ver si había un botón «Sí» cerca de la pantalla, pero no había botón alguno que Norman pudiera ver. Finalmente, se le ocurrió tocar la pantalla y apretó el «Sí».
OPCIONES DE LISTA DE COMPROBACIÓN – DEEPSTAR III (11,5)
Descenso Ascenso
Comunicación secreta Cierre de transmisión
Monitor Cancelación
Norman apretó «ascenso» y en la pantalla apareció un pequeño diagrama del panel de instrumentos. Una sección especial de ese diagrama se encendía y se apagaba. Debajo de la imagen aparecían las palabras:
LISTA DE COMPROBACIÓN PARA ASCENSO – DEEPSTAR III
1. Poner compresores de lastre en: conectado Pasar a etapa siguiente Cancelar
«Así que éste es su modo de funcionar», pensó Norman. Una lista de comprobación detallada paso por paso, almacenada en el ordenador del submarino: todo lo que había que hacer era seguir las instrucciones. Y Norman las podía seguir. Una leve onda de corriente marina hizo que la pequeña nave se moviera y oscilara en torno de su amarra.
Norman tocó «cancelar»; la pantalla quedó en blanco, y luego apareció, en letras titilantes:
Puesta a cero del temporizador – Contando 11:53:04
El contador seguía corriendo hacia atrás. Norman pensó: «¿Realmente estuve aquí siete minutos?» Otra ola submarina, y el submarino volvió a oscilar. Era hora de irse.
Norman avanzó hacia la escotilla, trepó al interior de la cúpula y cerró la escotilla. Se descolgó por el costado del submarino, hasta tocar el fondo del mar. En cuanto salió de debajo del metal obstructor, su radio comenzó a chirriar:
– ¿… ahí? Norman, ¿estás ahí? ¡Responde, por favor!
Era Harry, en la radio.
– Estoy aquí -respondió.
– Norman, por el amor de Dios…
En ese instante, Norman vio el fulgor verdoso y comprendió por qué el submarino se había agitado y balanceado en torno de sus amarras. El calamar estaba apenas a nueve metros, y sus brillantes tentáculos se retorcían como serpientes en dirección a Norman, removiendo el sedimento a medida que se desplazaban por el lecho oceánico.
– Norman, ¿podrías…?
No había tiempo para pensar: Norman dio tres pasos, saltó y se impulsó a través de la escotilla abierta, hasta conseguir meterse en el DH-7.
Cerró de golpe la escotilla, pero el tentáculo plano, en forma de pala, ya estaba introduciéndose. Norman lo pilló con la escotilla, pero el tentáculo no retrocedió.
Era increíblemente fuerte y musculoso; se retorcía sobre sí mismo mientras Norman lo observaba. Las ventosas parecían pequeñas bocas fruncidas que se abrían y cerraban. El psicólogo saltó con fuerza sobre la escotilla, tratando de obligar al tentáculo a retroceder, pero con un rápido impulso muscular, aquél hizo que la escotilla se abriera de forma violenta y lanzara a Norman hacia atrás. La gran mano en forma de hoja logró penetrar en el habitáculo, y Norman percibió el intenso olor a amoníaco.
Trepó hacia lo alto del cilindro. Hubo un chapoteo y, a través de la escotilla, irrumpió el segundo tentáculo. Ahora ambos oscilaban en círculos por debajo de Norman, investigando. El hombre llegó a una portilla, miró hacia afuera y vio el enorme cuerpo del animal, el gigantesco ojo redondo de mirada fija. El psicólogo trepó a gatas, para llegar a lo más alto y alejarse de los tentáculos. La mayor parte del cilindro parecía estar destinada a depósito, pues se hallaba atestado de equipos, cajas y tanques. Muchas de las cajas eran de color rojo intenso, con letreros que advertían: «precaución: no fumar explosivos electrónicos TEVAC.» Mientras subía a trompicones pensaba que allí había una tremenda cantidad de explosivos.
Los tentáculos ascendieron aún más, detrás de él. En alguna parte, en algún sitio frío y lógico de su cerebro, calculó: «El cilindro solamente tiene doce metros de altura, y los tentáculos, como mínimo, doce metros de longitud: no tendré lugar para ocultarme.»
Tropezó y se golpeó una rodilla, pero siguió adelante. Oía el palmoteo de los tentáculos, cuando golpeaban las paredes, en su oscilación ascendente en pos de Norman.
«Un arma -pensó-, tengo que hallar un arma.»
Llegó a la pequeña cocina: una mesa metálica, algunas ollas y sartenes. Tiró apresuradamente de los cajones para abrirlos, en busca de un cuchillo, pero sólo encontró una pequeña cuchilla, que arrojó a un lado con fastidio. Oyó que los tentáculos se acercaban; un instante después, un fuerte golpe lo derribó, y su casco chocó contra el suelo. Apoyándose en brazos y piernas, logró ponerse en pie y esquivar el tentáculo.