Выбрать главу

– Tienes razón. Descuidó un puñado de euros.

– Un buen pellizco de las cuotas de los afiliados.

– Yo no disponía del dinero para devolverlo y le encubrí. Por mi mujer, que conste. Lo siento, Francesc.

– No tiene importancia. Yo te encubrí a ti. Estaba seguro de que no tenías nada que ver con el asunto. Bueno, a lo que íbamos: sé que tienes un problema grave…

– Francesc, también lo tiene el Front. Si no lo hacemos, perjudicará la imagen del partido.

Petit volvió a dar vueltas por la sala. Todo lo que pensaba congelaba su imaginación, agrietaba su alma.

– Tal como estamos con los conservadores, ¿cómo quieres que les pidamos algo así? ¡Que alguien me lo explique!

– Si pudiese lo haría encantado.

De repente, el secretario general rompió a reír.

– Por lo menos te queda humor.

– ¿Es que no es para descojonarse?

– A mí no me lo parece.

– La Ley de Ordenación del Territorio, las encuestas a favor, los críticos presionándonos, Lloris que quiere ser alcalde, tu cuñado… Sólo falta que me den por culo.

– A propósito, el jueves hay ejecutiva.

8

Cuando Santiago Guillem firmó el documento de conformidad de venta de su casa experimentó sensaciones contradictorias. Por una parte se sentía feliz, pues la operación solucionaba el resto de su vida (siendo un hombre austero, había hecho cálculos exactos al respecto). Pero, por otra, no pudo evitar unos instantes de melancolía al perder una propiedad familiar. En aquella notaría dejaba muchos recuerdos, la historia básica de su existencia. También dejaba un pueblo, el Palmar, en el que había vivido durante cincuenta y nueve años, para trasladarse al Saler, a una casa de unos cien metros cuadrados cerca de Carmina, su restaurante preferido. Nunca le había gustado la ciudad. Prefería tenerla cerca, pero sin sufrir ninguna de sus incomodidades. Además, él era hombre de tertulia casera, de confianza basada en hábitos cotidianos. La pedanía del Saler estaba más cerca de Valencia y a cinco o seis kilómetros del Palmar, una situación excelente que le impedía perder el contacto con su pueblo de siempre a la vez que se instalaba en un lugar en el que mantenía alguna que otra amistad.

Santiago Guillem y el comprador se dieron la mano. El notario le entregó el cheque. Amablemente rechazó tomarse un café con ambos excusándose en el trabajo. Tenía prisa por salir de la notaría. El proceso de venta había sido largo, no tanto por querer conseguir un buen precio como por lo mucho que dudó en vender la única propiedad que le quedaba de la herencia familiar. Por fin, con la ayuda y los consejos de un amigo asesor fiscal, decidió venderla. Una inversión correcta y la prejubilación, con las cuentas claras, le evitaban cualquier dificultad económica en el futuro.

Estaba quemado con su oficio. Casi treinta y dos años ejerciendo como cronista de deportes, casi los mismos asistiendo a los entrenamientos del Valencia C. F. Era el más veterano del gremio. Sin embargo, hacía una década que no presenciaba un partido en directo (excepto tres partidos de pretemporada, de los que publicaba las correspondientes crónicas, muy esperadas por sus colegas y por los aficionados; un modelo de narración técnica y literaria que le servía para diagnosticar el futuro del equipo ante la nueva temporada), aunque, gracias a su experiencia, a sus contactos, estaba al corriente de todo. Los futbolistas, fueran o no los cracks, lo respetaban mucho. Los empleados del club, los ex jugadores convertidos ahora en técnicos, a los que lo unía una larga relación, aunque no siempre le proporcionaban exclusivas, sí que le ofrecían ciertas curiosidades que no estaban al alcance de los demás periodistas, mucho más jóvenes que él.

En la gasolinera de Nuevo Centro recogió a Cèlia Pérez, una joven entusiasta que lo sustituiría al cabo de unos meses en las instalaciones donde se entrenaba el Valencia. Desde niña, Cèlia había soñado con ser periodista deportiva. No concretamente de fútbol, pero a su edad, acabada de licenciar, no podía dejar pasar la ocasión de conseguir un trabajo que, por poco que se esforzara, le daría un contrato laboral fijo. Santiago Guillem era un aval seguro; era la persona ideal para introducirla en un mundo en el que las mujeres estaban ganando terreno. Durante muchos años Santiago Guillem no vio a una sola mujer en los entrenamientos, excepto a aquéllas atraídas por su amor platónico por el crack de turno, que asistían a ellos más bien en estado de éxtasis.

Como ella, Santiago también había sido un periodista entusiasta, un seguidor acérrimo. Pero más de treinta años observando la trayectoria de un club como el Valencia C. F. (sólo dos ligas y una Copa del Rey como periodista, la última en pleno escepticismo) desanimaban al más pintado. Sin embargo, era la trastienda del mundo del fútbol, más que el propio deporte, lo que le había impregnado de desconfianza. Había visto de todo; lo suficiente para tomar la decisión de vender la casa de toda una vida. A lo mejor al jubilarse asistiría a los partidos. El fútbol se había convertido en un espectáculo que, aún a veces, escapaba a su comprensión. Cuando estuviera jubilado de algún modo tendría que ocupar el vacío de los sábados o de los domingos un soltero como él, que, excepto durante los breves períodos de algunas relaciones sentimentales que no cuajaron, siempre había vivido solo. Al periodista Guillem no le gustaban los días de fiesta. Ése era uno de los problemas que debería solucionar cuando, pasados unos meses, viviera sin tener que trabajar de forma permanente. Pero aún tenía tiempo por delante para ver qué haría con los días. Por lo menos para planificarse las ocho o diez horas que normalmente le mantenían entretenido entre los entrenamientos y la redacción.

La preparación física del Valencia empezaba a las nueve y media de la mañana. En invierno, un poco más tarde. La televisión, la radio y las agencias Efe y Europa Press llegaban con puntualidad. Los medios escritos lo hacían a la hora del «partidillo». La ciudad deportiva no tenía ningún edificio cerca que la protegiera del frío o del calor, de modo que las temperaturas, en invierno o en verano, se hacían notar bastante. Estaba situada en la carretera de Ademuz, en el término municipal de Paterna, y era el activo patrimonial más importante del club. Albergaba ocho campos de entrenamiento, una residencia para los jóvenes jugadores que venían de fuera, un bar y una sala de prensa. Para quitarse de encima la deuda, el consejo de administración tenía previsto venderla y comprar unos terrenos abandonados por el ejército. La compra y la venta aliviarían las finanzas del club. Pese a todo era sólo un proyecto.

El vigilante jurado levantó la barrera. Conocía el coche del periodista Guillem, y siempre, un poco antes de que llegara, la apartaba con un habitual saludo de confianza. Era el único vehículo, la única cara invariable en las instalaciones (también en el periódico era el más veterano, después de haberse acogido Jesús Miralles, de su misma edad, a la prejubilación por enfermedad). Cèlia y Santiago se dirigieron al bar. Después del par de cortados de costumbre se fueron caminando hasta la zona del campo de entrenamiento del primer equipo reservada a los periodistas, una fauna que se agrupaba según sus intereses y en la que destacaba el pequeño grupo llamado «las estrellitas», redactores del Marca y del As, a menudo bastante patéticos por la supremacía que creían tener sobre los colegas de medios autóctonos. Guillem saludó rutinariamente a todo el mundo y ambos tomaron asiento.

– Fíjate en Kily -le dijo a Cèlia.

– Me gusta mucho.

– Fíjate técnicamente -la riñó con cordialidad-. Este año se hundirá. Esperaba que lo traspasaran al Barça o al Inter y está cabreado. El día de la presentación del equipo observé que fue el único jugador que no aplaudió la intervención del presidente. Me parece que esta temporada tendremos caso Kily.