Выбрать главу

– Te escucho.

– Hay que repartir estopa y que la gente vuelva al campo.

– Hoy las cosas se hacen con mano izquierda.

– ¿Con mano izquierda? ¿Usted sabe lo que es el capitalismo?

– Hombre… he sido constructor.

– El capitalismo es la explotación del hombre por el hombre. Y el comunismo todo lo contrario.

– No vas desencaminado.

– ¿Cómo ha dicho que se llamaban los que le presentarán?

– El Front Nacionalista Valencia. Valencianistas, igual que tú y que yo.

– Eso siempre. ¿Son aquellos que quieren salvar el samaruc de la Albufera?

– Se pasan el día salvándolo todo. Son unos fenómenos.

– Lo leí en una hoja de periódico que corría por un margen del canal.

– Ésos son como tú, Granero. Quieren conservar el patrimonio cultural de nuestro pueblo. En ese partido serías todo un emblema. Para que me entiendas, a sus ojos eres alguien emblemático. Y cuando yo mande aún lo serás más.

– ¿Usted, sinyoret, está seguro de que yo soy un buen emblema?

– Sólo hay que echarte un vistazo para darse cuenta. Con esa pinta tan tradicional que tienes… Eres una especie única. A ti, como a las garzas imperiales, deberían declararte especie protegida. Y yo lo haré. Quiero que me acompañes a todos los mítines.

Granero lo miró con la ternura del antiguo vasallaje.

– Sinyoret, a mí en público me cuesta hasta dar los buenos días.

– No hace falta que digas nada. Con tu presencia es más que suficiente. La oratoria es asunto mío.

El tío Granero observaba una elegancia nueva en el vocabulario de Juan Lloris: emblema, emblemático, oratoria… Éste está entrenándose para las elecciones.

– Tendré que ir a comprarme traje y corbata.

– ¡Ni pensarlo! Te prostituirías.

Ya me extrañaba que no salieran las putas, pensó el tío, pero lo hizo en sentido reverencial.

– Tal como estás -enfatizó Lloris-. Con la faja y las alpargatas. Estarás entre el público, como si no nos conociéramos. En un momento dado te señalaré como ejemplo de todo lo que estamos perdiendo los valencianos. Las tradiciones, nuestros valores más preciados, los principios éticos… ¿Me entiendes?

– Más o menos.

– Entonces te haré subir al escenario. La gente te aplaudirá, ya me habré encargado yo de avivarles el ánimo. Allí, contigo de pie a mi lado, explicaré al personal cómo Valencia se está cargando la huerta sin tener en cuenta el «desarrollo sostenible», cómo gente como tú, guardianes de nuestras esencias, está desapareciendo… ¿Sabes qué es lo del desarrollo sostenible?

– Lo del desarrollo sí, lo del sostenible no.

– Es normal que no lo sepas. Por desgracia no has tenido formación. Veamos, ¿cómo podría explicártelo para que lo entendieras?

Tú sabrás.

– Mira -dijo Lloris señalando los arrozales-, es como si tuviéramos que edificar en el coto. -Granero se volvió hacia los campos. Al fondo, en la playa, se divisaban las construcciones (algunas de la firma Lloris) alineadas, monstruosas, amenazadoras, del pueblo marítimo del Perelló-. Si tuviéramos que construir aquí lo haríamos de modo que los edificios no invadieran el terreno propio del coto.

– O sea, sinyoret: edificio-arrozal, edificio-arrozal.

– Ya vas captándolo. Equilibrar el medio ambiente y las necesidades populares.

– Muy bien, sinyoret, pero sigo pensando que los edificios tienen que estar en un sitio y los arrozales en otro.

– En eso seguro que estamos de acuerdo, Granero. Sólo quería ponerte un ejemplo del que tú serás el emblema emblemático.

– Así que estaré de pie y calladito.

– Si cuando yo acabe quieres decir algo al público…

– Podría recitarles unos versos.

– Pero nada de conejitos y nabos.

– Unos versos para la ocasión.

– Con mi nombre en medio.

Durante unos segundos Granero frunció el ceño, pensativo, en busca de la veta creativa. La encontró:

– «El que no Lloris no mama.» ¿Le gusta?

– Es que lo de mamar… ¿Sabes qué? Estoy pensando que tendrías que intentar, tú que tienes grandes dotes para las letras, dar con un buen eslogan para la campaña electoral.

– ¿El eslogan? ¿Lo que ponen en los carteles además de la foto?

– En efecto. Tendría que ser muy valenciano, muy nuestro.

– Claro, de lo nuestro.

– ¡Eso!

– ¿El qué?

– Lo que has dicho me gusta mucho: «Joan Lloris, dos puntos, Lo nuestro.»

– Sinyoret, me ha salido de chamba.

– Da igual. A los del Front les va a encantar.

– ¿Son de derechas o de izquierdas?

– Son valencianos. Como tú, como yo, como Maria…

– Como Claudia. Ésa ya chapurrea el valenciano. Buena moza, sinyoret. Ha tenido mucha suerte conociéndola.

– En cuanto se le acabe el contrato la mando a freír espárragos. Entre nosotros, Granero, sólo piensa en hacerlo. Siempre está a punto para amorrarse.

– Ay, sinyoret, las mulatas siempre llevan el gusanillo dentro. ¿Sabía usted que mi abuelo se fue a Cuba a hacer fortuna? Dejó a mi padre con la abuela y se marchó.

– ¿Y no volvió?

– Sí, con una cagada de caballo turco. Trajo de todo menos fortuna.

– La que tengo yo es muy limpia.

– Le diré una cosa y usted haga lo que quiera. Para un alcalde es bueno que la gente lo vea con una mujer.

– ¿Quieres decir que debería casarme con Claudia? Coño, Granero, deja de soltar gilipolleces. Si el eslogan de la campaña es «Lo nuestro» y me presento con una extranjera…

– Sinyoret, hoy en día todo está mezclado. Si quiere mi opinión, a mí esta chica me gusta mucho. La pobre no molesta ni nada. Cuando usted no está se pasa el día caminando por los márgenes. No sabe usted bien cómo le gustan los nabos.

– Estoy pensando en que no es mala idea que crean que es mi mujer. ¿Sabes por qué? Por la inmigración. Valencia está repleta de inmigrantes. El otro día, paseando por el antiguo cauce del Turia, entre el puente de Aragón y el de Fusta, ni te imaginas la cantidad que había de ecuatorianos, colombianos, bolivianos… Miles. Los fines de semana se reúnen todos allí. Por nacionalidades, cada una en un trozo del antiguo cauce. Como moscas. Si hasta juegan ligas de fútbol entre ellos. Y como no dejen de parir dentro de poco serán más que nosotros.

– Es que lo de los inmigrantes ha cambiado mucho. Antes uno salía a la plaza y con sólo alquilar a tres hombres y dos forasteros ya se las arreglaba para recoger la naranja. Ahora no hay más que moros. Está claro, sinyoret. En los mítines, aparte de ir yo, también tendría que llevar a Claudia. Así abarcaría lo nuestro y lo de ellos.

– Buena idea: conservar e integrar. Pero hay que tener en cuenta que, como la mayoría están sin papeles, de todos éstos votarán muy pocos.

– Los suficientes para solucionarle la papeleta.

Claudia se acercó a la puerta de casa. Llevaba un delantal con la imagen de un miembro de la familia Simpson y un plato de allipebre en las manos.

– Goan, lalipebre 'tá en la mesa.

Dio media vuelta y se fue hacia la mesa. La mirada del tío se clavó en los oscilantes muslos de la cubana.

– ¿Lo ve, sinyoret, como ya chapurrea el valenciano? Es una joya.

¿Habrá estampa más autóctona, más nuestra, que una mesa con una ensalada de tomate y ajo, una ración completa de allipebre (con anguilas de marjal), vino tinto, un carajillo de ron, un buen puro y luego una buena follada mirando a la Albufera, la Meca de los valencianos? Juan Lloris estaba a punto de comprobarlo: con Maria aún ultimando los detalles de la cocina, y Granero y el empresario apurando los últimos restos de cerveza, Claudia aprovechó el intervalo de tiempo para triturar una Viagra dentro de una anguila marina del plato de Lloris. Se aseguró de que fuera el plato adecuado. Por un error de situación en la mesa, dos semanas antes la anguila «enviagrada» se la había acabado comiendo el tío. El pobre Granero se había pasado toda la tarde dando vueltas por los márgenes hasta que la erección remitió, circunstancia que tuvo lugar a las diez de la noche, exactamente siete horas después de haber comido; siete horas que debía a una salud de hierro, al aire todavía vivo de la Albufera, a todo lo que había de limpio en su psicología, desprovista de quebraderos de cabeza inútiles. A una vida, en definitiva, lenta y reposada pero jamás tediosa.