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Mientras el futuro candidato a la alcaldía de Valencia obtenía un inesperado y extraordinario rendimiento de Claudia la cubana, en la sede del Front el comité ejecutivo, ahora ampliado a veintiún miembros (el éxito electoral incentivaba las ganas de trabajar por el país de los militantes), se disponía a iniciar su preceptiva reunión quincenal. Como de costumbre desde que formaban parte del Govern, la reunión se preveía movidita. Si bien el contenido de la confrontación entre opositores (también llamados «talibanes») y oficialistas no había cambiado, por lo menos las formas y el decorado sí lo habían hecho. Para empezar, la mesa de la sala era de mejor calidad y mayor superficie, y, por orden del secretario general, un funcionario del partido amenizaba los preliminares con un refrigerio de zumos de naranja y coca de pasas que iba dejando preparado en una mesita al fondo de la sala y a mano derecha (curiosamente, los nuevos lavabos también estaban situados al fondo a la derecha; los talibanes se dedicaban a bromear una y otra vez a propósito de aquello).

Los miembros del comité ejecutivo tomaban zumo en pequeños grupos definidos por afinidades ideológicas. Horaci Guardiola y sus adictos (seis) estaban cerca de la mesita; los llamados dudosos (eran sólo cuatro, pero sacaban un magnífico provecho de la duda metódica) permanecían en medio de la sala, y los oficialistas, excepto Francesc Petit y Vicent Marimon (nueve sin contar a los dos mencionados), comentaban las incidencias cotidianas formando un vistoso círculo en un extremo de la mesa. Cabe añadir que fuera de las reuniones los pequeños grupos se diluían, ya que la amistad forjada en años de militancia normalizaba los contactos entre ellos.

Petit y Marimon tomaban café en el despacho ligeramente reformado del primero.

– Debes asegurarte de que no tenga lugar una división en nuestras filas. Tenemos una suma precaria -explicaba Petit-. Entre los de Horaci y los dudosos casi equilibran la situación. Basta con que alguno de los nuestros se vaya y ya perderíamos el control.

– Siempre tendremos la posibilidad de convertir a alguno de los dudosos a nuestra causa.

– ¿Cómo? Están todos más que alterados.

– A ver qué te parece esto: forzamos la dimisión de Toni Soler de la dirección del Institut Valencià de la Joventut y se la ofrecemos a Empar Sevila.

– Si lo hacemos, Horaci se va a cabrear, y tal como está el patio…

– Soler no está haciendo nada de provecho en el Institut.

– Es que ese Institut no sirve para nada, igual que el Consell Valencià de Cultura, por eso se lo dimos a los de Horaci.

– Pero, en cambio, te equivocaste al darles la Direcció de Normalització Lingüística.

– ¿Que me equivoqué? Esa dirección es un polvorín.

– Nuestra gente la valora mucho.

– Vicent, olvídate de nuestra gente. Sólo representan el tres por ciento de nuestros electores. Si somos lo que somos y hemos llegado a donde estamos es gracias a un cuatro por ciento de electores que no sabe exactamente lo que quiere de nosotros, pero que nos ha votado seguramente porque está cansado de conservadores y socialistas. Es ese cuatro por ciento lo que hay que cuidar.

– ¿Cómo quieres que lo cuidemos si según tú no sabemos qué quiere de nosotros?

– Sabemos lo que no quiere: que seamos un partido preocupado sólo por la lengua y la cultura. Son gente pragmática, posiblemente ni siquiera sean nacionalistas, pero entienden que el país necesita poder político propio frente al gobierno central. Coño, socialmente este país está cambiando. ¡A veces tengo la sensación de que no os movéis de los años ochenta!

– Vale, de acuerdo, pero no nos pasemos con el pragmatismo.

– Equilibrio, Vicent. Necesitamos mantener el equilibrio entre unos y otros. Es la clave del éxito.

– Y de los problemas.

Petit se encendió medio puro que guardaba de la noche anterior. En efecto, el «equilibrio» implicaba meterse en líos porque obligaba a una política que contentara a todo el mundo; política de columpio, ahora aquí y luego allá. De hecho, los partidos que tenían un pasado radical y aspiraban a la moderación utilizaban el equilibrio casi como si de un dogma se tratase, aunque los fieles, a veces, recelaran de ello.

– ¿Qué hay de tu cuñado?

– Espera noticias nuestras. Cuidado con él, Francesc, es bastante impaciente.

– Yo también espero noticias de Oriol Martí.

– No te fíes de él.

– Ni de él, ni de tu cuñado, ni de Lloris, ni de Horaci, ni de Júlia… No me fío de nadie. Estoy convirtiéndome en un paranoico.

– Si no salimos del Govern con un buen pretexto tendremos problemas para explicárselo a los electores.

– Y si salimos justificadamente los tendremos con nuestra gente, que ahora disfruta de lo lindo con sus cargos institucionales. Tendríamos problemas hasta para mantener el equilibrio en el comité ejecutivo. Lo cierto es que nos interesa más quedarnos. Ahora tenemos en contra a los talibanes y a los intelectuales ortodoxos, pero en cambio dominamos la ejecutiva y a buena parte de nuestros electores.

– Pero tenemos en contra a los que pueden publicar su opinión. Y nos van desacreditando poco a poco. Y ese desgaste beneficia a los socialistas.

– A propósito, Josep Maria Madrid me ha pedido que nos reunamos.

– ¿Qué quiere?

– Supongo que presionarme.

– No vayas.

– Si no lo hago dirán que les negamos hasta la posibilidad del diálogo.

– Avisará a la prensa para crearnos problemas con los conservadores.

– Me reuniré con él en un lugar discreto.

Marimon miró su reloj.

– Bueno, secretario general, a los perros.

– ¿Ya es hora?

– En punto.

Francesc Petit se levantó con el puro en la boca.

– Apágalo, Francesc.

Lo dejó encendido en el cenicero.

– A veces pienso que sin ecologistas, gente sanísima y prohibicionistas en general seríamos más felices en este partido. ¿Sabes cuántos electores nos aportan Los Verdes?

– El uno por ciento.

– Pues con ese porcentaje quieren salvar la capa de ozono.

– Con el siete por ciento nosotros queremos salvar la huerta, las alquerías, las zonas húmedas, la lengua…

– Mientras haya mujeres tendremos lengua.

– Algún día se te escapará una de esas bromas en la ejecutiva.

– ¿Por qué nuestra gente tiene tan poco sentido del humor?

– El panorama no es muy gracioso que digamos.

Empezó la reunión con la lectura y aprobación del acta anterior. Lectura que fue seguida con el aburrimiento de costumbre por los miembros de la ejecutiva hasta que Lorena Pal, lingüista adscrita al sector de los talibanes, objetó una incorrección gramatical. Corregida. Luego Vicent Marimon informó de la búsqueda de la nueva sede, que estaba llevando a cabo personalmente. Se había puesto en contacto con tres inmobiliarias (obvió que dos constructores muy amables le habían ofrecido una sede céntrica a un precio razonable: la simple mención de algo así habría levantado sospechas) y estaba esperando noticias de ellas. Según él aún tardarían en trasladarse, porque antes de comprar debían vender y para vender debían tener paciencia para afrontar la compra en condiciones asequibles. Cuando el secretario de finanzas terminó, las distintas secretarías notificaron las gestiones llevadas a cabo en el ámbito institucional. Otro trámite de la ejecutiva por lo general aburrido, con la excepción del fragmento correspondiente al secretario de organización, que puso en conocimiento de todos los problemas urbanísticos de ciertos municipios en los que el Front gobernaba o disponía de colectivos organizados.