En alguno de aquellos pueblos, con alcaldes nacionalistas del sector de Horaci Guardiola, se estaban proyectando reparcelaciones cuando menos polémicas. Por estrategia Petit prefirió no pedir explicaciones a Horaci, esperando un intercambio de favores o, como se solía decir en el gremio, un «cambio de cromos». No obstante, el grupo de dudosos exigió una explicación (Horaci clavó una mirada severa en Petit, o sea, «Has utilizado este sector para acosarme: muy bien, ya me tocará a mí»). Guardiola se excusó diciendo que estaban tratando de aclarar cuáles eran los motivos de algo tan polémico, pero advirtió que los municipios eran entes autónomos. Dicho lo cual la ejecutiva volvió a la aparente placidez que la presidía. Pero entonces los responsables de la secretaría de acción social leyeron unos apuntes que llamaron la atención de todo el mundo. La zona de la ciudad conocida como «el híper de la droga», situada en el barrio periférico de Campanar, último vestigio agrícola de la Valencia urbana, causaba todos los días incidentes entre drogadictos y vecinos. El setenta por ciento de los comercios había sufrido algún robo a mano armada, aunque sólo unos pocos comerciantes lo hubieran denunciado. Los demás estaban hartos de no conseguir nada haciéndolo. El fenómeno de la droga se había acentuado a causa del consumo de crack, cocaína base que se fumaba, una droga superadictiva cuyo mono producía una ansiedad muy elevada. El treinta y uno por ciento de los clientes del popular híper la consumía. La situación llegaba a ser desesperada para vecinos y comerciantes, hasta el punto de que los pocos agricultores que quedaban habían decidido dejar de trabajar la tierra por el constante peligro que sufrían. Las autoridades no hacían nada y la secretaría de acción social pedía que el Front, como parte integrante del Govern, se implicara en el asunto.
Petit tomó la palabra. Implicarse directamente suponía adentrarse en arenas movedizas, ya que ni los socialistas cuando gobernaban ni los conservadores al hacerlo a solas habían sido capaces de resolverlo. Sin decirlo claramente, manifestó que quizá fuera mejor no entregarse en cuerpo y alma a un tema que parecía irresoluble. En cualquier caso exigiremos a los conservadores, titulares de la Conselleria de Benestar Social, que incrementen los servicios de atención a los drogadictos y las medidas policiales, pero que sean ellos, y sólo ellos, quienes carguen con el problema. El sector de Horaci era partidario de que el Front se mojara más. Petit replicó de nuevo: ya estamos implicados en problemas de envergadura; si lo hacemos en el de la droga saldremos malparados. ¿Tenéis algún interés en que nos quememos sólo porque sí? No, por supuesto. Pues pasemos a otra cosa.
Agenda de actividades sociales para el secretario generaclass="underline" deberías asistir a la inauguración de una exposición de porcelana de la firma Lladró. Respuesta: a Lladró le pasamos la gorra y se hizo el loco. Que vayan los conservadores. Aprobado. Esta semana hay dos presentaciones de libros de dos autores simpatizantes del partido. Una de Francesc Torrent y la otra de Ferran Mira. Como sabéis, hace unos años estos autores aceptaron encabezar nuestras listas al Senado y al Congreso respectivamente. Con pobres resultados, pero evitaron que nosotros, los políticos, hiciéramos el ridículo. La cortesía nos obliga a asistir. De acuerdo. Horaci que vaya a la de Ferran Mira y Petit a la de Francesc Torrent. Y de paso: que a nadie se le vuelva a ocurrir la brillante idea de ofrecer puestos de candidatura a artistas, intelectuales o escritores. No tienen ni idea. Como mucho que pongan su firma y se esfumen. Entendido, Petit.
El tema estrella de la ejecutiva fue, como cada quince días desde que los conservadores habían filtrado el proyecto a la prensa, la Ley de Ordenación del Territorio. Horaci preguntó a Petit qué pensaba hacer respecto a ella. Como en todas las demás ocasiones, el secretario general pidió algo más de tiempo, siempre con la mosca detrás de la oreja. El partido estaba frontalmente en contra del proyecto. Horaci miró al grupo de los dudosos, que a su vez miraron a Petit con ojos que no escondían su firme oposición al proyecto. Pero ¿qué deberían valorar más, la voluntad popular o los cánones ideológicos? Las encuestas decían que a los valencianos les parecía bien el proyecto. Son encuestas del Govern, matizó Horaci. Muy bien, encargaremos una sobre el tema. Pero también queremos que hagas otra entre nuestros votantes. Escuchad, se trata de una encuesta muy cara. Tened en cuenta que por cada uno de nuestros votantes, para encontrarlo, hay que encuestar a veinte o treinta personas, o quizá más. Da igual, creemos que es importante y cualquier esfuerzo es poco.
Si Petit hubiera exigido una votación a la ejecutiva, la habría ganado por un voto gracias a sus fieles. Pero eso habría supuesto incomodarse con el pequeño grupo de los dudosos, que generalmente le apoyaba. Por lo tanto, el secretario general aceptó realizar la encuesta. Así terminó la ejecutiva. Petit y Marimon no se quedaron en la sala a compartir un zumo de naranja con los demás. Salieron como un rayo, y lo apresurado de su paso traslucía un enfado que provocó más de un comentario en la sala.
Encendió de nuevo el puro y, cuando Marimon cerró la puerta del despacho y sus fluidas caladas esparcieron el humo, bajó la persiana que daba al pequeño corral para que sus palabras no llegaran a la sala de reuniones.
– Escúchame bien, Vicent.
– Tranquilízate.
– Quiero que pongas a tres de los nuestros a investigar qué pasa con los planes de urbanización que se llevan a cabo en los pueblos gobernados por gente de Horaci. Quiero un informe completo de las posibles anomalías que se puedan cometer o que ya se hayan cometido. No me extrañaría que estuvieran haciendo favores a algún constructor a cambio de financiación. ¿Entendido?
– Entendido, Francesc.
– Hazlo ya. En la próxima ejecutiva, como mucho dentro de treinta días, quiero tener un informe en mis manos. Este malnacido lo lleva claro. O sea, ve que he sido flexible con sus temas polémicos pero él no me deja ni respirar.
– Quizá haya interpretado que hemos dejado el trabajo sucio para los dudosos.
– Los dudosos hacen lo que les da la gana. Y él lo sabe demasiado bien.
– Tendrías que haberle dicho algo.
– ¿Cómo pretendes que me oponga públicamente a que se investiguen anomalías urbanísticas? ¿Es que no ha sabido entender mi silencio?
Pues sí, lo había entendido. Pero no le bastaba. Apenas cinco minutos después de que Petit y Marimon hubieron salido de la sala lo hicieron Horaci y el director general del IVAJ, su hombre de confianza.
– No ha sido una buena idea presionar a Petit -dijo el director a Horaci ya en el parking.
– ¿Porque a lo mejor le dará por controlar los pueblos que gobernamos? Estamos limpios, no tenemos nada que ocultar.
– Aún no lo sabemos. Siempre cabe la posibilidad de que alguno de nuestros concejales, por su cuenta y riesgo, decida armar la gorda.
– Quienquiera que lo haga será expulsado de inmediato.
– Pero no evitarás que Petit te lo reproche. Al fin y al cabo eres el responsable.
– Petit tiene mucho que callar. Todavía no le he preguntado por las cuentas de la campaña electoral.
– ¿Sabes algo?
– No, pero he oído rumores. Si tuviera algún problema con mi gente él tendría que dar unas cuantas explicaciones. Le interesará un cambio de cromos.