– ¿Y si no tenemos nada que ocultar?
– Entonces el cromo de la financiación explotará en su cara.
– Guárdate esa carta hasta que nos hayamos asegurado de que estamos limpios.
– Dile a Lorena que compruebe que la gente de Petit no nos controla.
11
La casa está en las afueras de Valencia, en la carretera que lleva al municipio de Montcada, pero lejos de la ciudad. Por la ventanilla de su Golf, Júlia lo mira con cierta nostalgia: observa cómo la depredadora Valencia crece a costa de l'Horta Nord, comarca que poco a poco se está convirtiendo en periferia metropolitana. No ocurre lo mismo con l'Horta Sud, convertida ya, primero por los socialistas y luego por los conservadores, en todo un caos urbanístico e industrial. L'Horta Nord todavía resiste, la pobre, en un intento de preservarse de la demoledora acción de una ciudad, recordémoslo de nuevo, diseñada por constructores que, con el apoyo de la administración, se dedican a edificar auténticos churros urbanísticos.
Decía que Júlia miraba todo aquello con cierta nostalgia. Y es cierto. No puede evitar recordar que hace tiempo tuvo un corazoncito de izquierdas, una pequeña alma ecologista, salvadora, con ideales, con utopías. Pero ahora Júlia está en otra dinámica, llamémosla -como ella la llama- realista. Tiene muchísima responsabilidad política, política de poder. De modo que debe tener las cosas claras, resolver los numerosos problemas domésticos que le plantea la alianza gubernamental con el Front. Al fin y al cabo, como escribió Gombrowicz, autor cuya lectura había dejado grabada en su memoria más de una frase, el mérito no consiste en tener ideales sino en no perpetrar pequeñas falsificaciones en nombre de los grandes ideales. Júlia no perpetraba falsificaciones de ninguna clase; era muy coherente consigo misma, con su propio manual de supervivencia.
Era una antigua casa que llevaba años oculta entre naranjos. Con un paisaje (aún) tranquilo y sobrio, de esencia rural mediterránea. Un ecuatoriano de baja estatura salió a abrirle la puerta (los ecuatorianos han contribuido a elevar la autoestima física de los valencianos). Júlia aparcó y atravesó caminando el jardín hasta llegar al porche, amueblado como una habitación más de la casa, con un suelo de azulejos de barro natural y un techo con vigas de madera restaurada. A la derecha de la casa había una piscina, como un homenaje a las viejas albercas. Júlia conocía la casa de Julio Parma, líder de la Agrupación de Empresarios Valencianos. A principios de los años ochenta habían mantenido una relación sexual; una relación que no llegó a sentimental. Entonces Júlia pensaba que el amor era un pequeño vicio burgués. Quizá la procedencia social de Julio, hijo de un importante empresario de la metalurgia, se lo confirmaba. Entró y se dirigió a la mesa del comedor, revestida con una alfombra de la Real Fábrica. Saludó a Julio y a los otros dos invitados a la reunión: Miguel Ferrer, de la Cámara de Empresarios, la asociación más influyente en los negocios que propiciaba la administración conservadora (la asociación que, cuando los conservadores habían asumido el poder, les había obligado a construir la Ciutat de les Arts i les Ciències, proyecto de los socialistas que la derecha ya había desestimado por excesivamente caro: empresarios de peso se habían apresurado a comprar gran parte de los solares alrededor de la gran obra), y José Luis Pérez, presidente de la Cámara de Comercio y orgulloso títere de todo poder. Pérez estaba allí por delegación de otros empresarios, que preferían permanecer en la sombra. La esposa del ecuatoriano sirvió un Muga del 87. Abrió la botella y llenó las copas. Julio Parma agitó el líquido, lo observó, lo olió y probó un sorbo.
– Magnífico -dijo-. Puedes irte, Eulalia.
La mujer se fue.
– Nunca se sabe cómo saldrán estos vinos hasta que no se prueban.
– Debes de tener una buena bodega -le dio coba Pérez.
– Excelente, pero el otro día destapamos un Vega Sicilia avinagrado. Tenía veinticinco años.
– No hay nada bueno que dure -lo disculpó Pérez, que prácticamente había terminado su copa.
– Ni la mayoría absoluta de nuestros conservadores -intervino Miguel Ferrer.
El representante de la Cámara de Empresarios acababa de poner sobre la mesa el único punto de la reunión. Júlia se lo tomó con calma. Cató el vino e hizo un comentario favorable.
– A lo mejor los conservadores no tienen la bodega adecuada -dijo Parma, pero su tono parecía conciliador.
Entonces Miguel Ferrer, sentado frente a Júlia, le preguntó:
– ¿Nos explicarás, aunque no sea el motivo de la reunión, por qué tu ex secretario general y ex president de la Generalitat aceptó irse a Madrid como ministro?
– Miguel, no presiones tanto -advertencia de Parma.
– Nos hemos reunido para decirnos las cosas claras, ¿no?
Miró a Júlia.
– Sí -Júlia, seca.
– Pues cuéntamelo. Tengo mucho interés en saberlo. Hace tiempo que esperamos una explicación. Se fue sin despedirse.
– ¿Tenía que habernos dado explicaciones?
– ¿Crees que los que subvencionamos sus campañas electorales no las merecíamos? ¿O es que a lo mejor no recuerdas el apoyo electoral público que os dimos los líderes de las distintas asociaciones patronales, a pesar de todas las críticas y presiones que recibimos? Si hubiéramos sabido cuáles eran sus intenciones lo habríamos pensado mejor antes de hacerlo. Por culpa de eso ahora nos encontramos en una situación política muy delicada. Pero vayamos por partes: ¿por qué se fue y dejó la presidencia de la Generalitat en plena legislatura?
– No nos dijo nada. Todo ocurrió muy deprisa.
– O sea, que también os dejó en la estacada.
– Supongo que es legítimo tener aspiraciones políticas.
– Por supuesto, pero también hay que hacer los deberes.
Pérez se vio obligado a tomar cartas en el asunto. Una pequeña ayuda ante la ofensiva de Ferrer contra Júlia. Un agradecimiento sincero, en el fondo, pues los líderes empresariales de Alicante, Castellón y Valencia, las empresas de los tres, trabajaban exclusivamente con contratos de obras públicas proporcionados por la administración autonómica.
– A lo mejor acaba siendo presidente del gobierno y con ese cargo…
– Con ese cargo, los empresarios madrileños como Florentino Pérez son los que saldrían ganando.
– Florentino sale ganando en todas partes -añadió Parma-. Su grupo de empresas es el que más factura en las obras públicas valencianas, y ahora también controla el Plan Eólico a través de filiales de su compañía ACS.
– Me gustaría que nos ciñéramos al tema que nos ha reunido -cortó Júlia para impedir que le recordaran el «tema» de l'Oceanográfic, que se había adjudicado a una empresa de Florentino Pérez por un precio de salida de sesenta millones de euros (precio que le sirvió para ganar la subasta institucional), un treinta y siete por ciento por debajo de las demás empresas, pero que acabó costando ciento ocho millones por gastos adicionales posteriormente aprobados.
– Bien, centrémonos en lo que nos ocupa -puso orden Parma. Estaban en su casa y gozaba del derecho a dirigir la reunión. Llenó la copa de Júlia-. Estamos algo preocupados con la actitud del Front.
– Nosotros también, pero estamos intentando arreglarlo.
– ¿Qué estáis haciendo, exactamente? -inquirió Ferrer.
– Hablar, persuadirlos. Pero tienen muchos problemas internos.
– ¿Qué tal es Francesc Petit? -preguntó Ferrer.
– ¿En qué sentido?
– En el personal.
– Un licenciado en Historia que no ha ejercido jamás porque lleva veinte años en política.
– Y ahora, por fin, puede dedicarse a ella como profesional.
– En efecto.
– A un hombre así no lo obligarán a abandonar el poder -afirmó José Luis Pérez como si se viera reflejado en Petit.