– Y granota.
– Del Levante, en efecto. Mi admiración por él hizo que yo también me hiciera granota. Leía todas sus crónicas, un modelo de rigor literario de la época. Las conservo casi todas. A veces aún las repaso. Tuve la suerte de trabajar durante unos años a su lado. Y sobre todo tuve la inmensa suerte de ser, con el tiempo, su persona de confianza. Me contó muchas cosas de las que no se publican.
– ¿Y piensas contármelas para que me sirvan de consuelo?
– No sé si será por eso, pero quiero contártelas.
Lo hacía por eso, para consolarlo. Sentía cierta lástima por un hombre que llevaba tantos años ofuscado por un error. Santiago bebió un poco de whisky. Habitualmente no bebía, exceptuando el vino para las comidas y alguna que otra cerveza. Dejó el vaso en la mesa.
– En 1967 el Levante estaba en posiciones de ascenso a primera división. Jugaba en Inca, contra el Constancia. Perdió el Levante uno a cero. Después del partido, el señor Sospedra entra en el lavabo del restaurante donde estaba cenando con el equipo y sorprende a dos jugadores hablando de la cantidad que había pagado el Constancia por su victoria. Hablaban de cómo iban a repartírsela. Obviaremos el nombre de los dos jugadores. Un año después un ex jugador del Levante que entonces estaba en el Mallorca come con el señor Sospedra. Eran muy amigos. Estaba de paso camino de Badalona, donde al día siguiente tenía un partido. El ex jugador del Levante le confiesa que lleva doscientas cincuenta mil pesetas para comprar el partido. En 1976, el Levante se juega el ascenso a segunda división contra el Olímpic de Xátiva. Un directivo del Olímpic me llama para que hable con el presidente del Levante: querían dinero para dejarse ganar. Lo mandé a la mierda. Ignoro si pactaron o no, pero el Levante ganó por uno a cero. Un año antes, estando de vacaciones, coincidí en un balneario con un ex portero del Villarrobledo que trabajaba allí como conserje. Al enterarse de que era periodista, me enseñó la fotocopia de un cheque por valor de cien mil pesetas. Había «cantado» en un gol del equipo contrario. ¿Quieres más?
– No.
Podría haberle contado unas cuantas más, y del Valencia. Podría haberle explicado la recalificación urbanística de las ciento veinte hectáreas de la ciudad deportiva del Real Madrid, con la aquiescencia del Estado, de modo que trescientos mil metros cuadrados, antes zonas deportivas privadas, pasaron a ser calificados genéricamente como terciarios, o sea, oficinas, establecimientos comerciales, hoteles… Operación que no sólo le posibilitó pagar una deuda que a ningún otro equipo se le habría permitido, sino que además lo situó económicamente por delante de todos sus competidores. Podría haberle explicado lo inexplicable: la relación no proporcional entre la masa social del Deportivo de La Coruña y su capacidad financiera. Podría haberle explicado la vergonzosa historia de los «morenos» del Barça, un club que presumía de funcionamiento democrático; el fichaje de Di Stefano por el Madrid, por orden del Ministerio de Asuntos Exteriores franquista, en perjuicio del Barça… Podría haberle explicado muchas cosas, demasiadas, pero prefirió no seguir a pesar de que le hubiera gustado tranquilizar la conciencia de Paco. Al fin y al cabo sólo representaba una aguja en aquel pajar de mierda, en aquel circo que ilusionaba a millones de personas. Como periodista, él también contribuía a todo ello con su silencio, con su asco. El espectáculo, intocable, debía continuar.
La segunda cita de Francesc Petit y Oriol Martí no tuvo lugar en la sede del Front ni, como la anterior, en el despacho del incipiente y ya exitoso empresario de la construcción. Oriol exigió absoluta discreción como requisito irrenunciable. Así pues, se vieron en el apartamento de Petit. El lugar elegido aleccionó a Oriol en el mal gusto del secretario general del Front. Las numerosas litografías que colgaban de las paredes parecían hechas por estudiantes de Bellas Artes, y los muebles, estrictamente funcionales, cargaban el ambiente y no mantenían ninguna armonía entre ellos a juicio de Oriol, que vivía en un loft a imagen de los neoyorquinos en el que el propio espacio delimitaba los elementos decorativos.
Eran las cinco y diez de la tarde. Petit ofreció a Oriol una copa de coñac. La rechazó. También rechazó un Cohibas, pero educadamente le indicó que no le molestaba el humo. En un piso así tenía la impresión de que el Cohibas era el toque de elegancia. Petit abrió la puerta acristalada del balcón.
– De modo que estás dispuesto a asesorarme en el tema Lloris.
– Puedo hacerlo.
– Creo que me podrás ser de inestimable ayuda. Pero permíteme que insista en algo que sin duda te parecerá muy lógico. ¿Cuánto me costará?
– Nada, si estás hablando de dinero. No quiero que me tengas en nómina.
– Eso significa que tendremos que intercambiar favores.
– Digámoslo así.
– ¿En qué zonas construyes?
– En las que tengan posibilidades.
– ¿También en pueblos?
– Si las perspectivas son rentables…
– Entendido.
Hasta en eso Oriol podría hacerle un favor. Pensó en los pueblos con proyectos conflictivos controlados por la gente de Horaci.
– Bien -dijo el secretario general-, ya tenemos ese punto claro. ¿Has pensado en el tema de Lloris?
– Tengo una alternativa que a lo mejor es de tu gusto: convencerlo para que acepte ser presidente del Valencia C. F. Es una idea que me propuso y que le quité de la cabeza cuando era su asesor.
Petit no dijo que él también lo había pensado. Pero no sabía cómo llevarlo a cabo.
– Le veo ciertas dificultades. ¿Cómo hacer presidente a un hombre que no tiene ni una sola acción del club?
– Forzando al mayor accionista a vendérselas.
– Si no me equivoco es Lluís Sintes. ¿Y si no quiere?
– Querrá.
– Aspira a la presidencia.
– La Generalitat puede convencerlo. Pero previamente tú deberías convencer a Júlia Aleixandre.
– Ella me exigiría contrapartidas en el proyecto de la Ruta Azul.
– Mira, tú tienes dos problemas: el de Lloris, que tienes que resolver de inmediato, y el de la Ley de Ordenación del Territorio, que es a medio plazo. Primero resuelve el prioritario y luego ya veremos qué pasa con el otro. Es cuestión de tiempo. En el intervalo de un problema a otro pueden pasar muchas cosas.
– Tendría que comprometer mi palabra.
– Pues hazlo, pero sin firmar nada. En política tu palabra no depende de ti. No eres dueño de ninguna empresa, diriges un partido con una ejecutiva que es capaz de cargarse el proyecto.
– Es decir, que si llegado el momento no me conviene puedo forzar una derrota en la ejecutiva.
– Exacto, salvarías tu compromiso.
– Pero no mi dimisión.
– ¿Porque la ejecutiva se carga una de tus propuestas?
– No es una propuesta cualquiera.
– Puedes arreglarlo para que se produzca una derrota por los pelos. Además, aunque algunos de tus partidarios estuvieran en contra del proyecto, todos seguirían oponiéndose a que dimitieras.
– Bueno, todo eso está muy bien. Pero volviendo a Lloris y a la presidencia del Valencia, aún tenemos más de un problema. Con las acciones de Lluís Sintes, Lloris no sería lo bastante fuerte para convertirse en presidente en una asamblea. Necesita más.
– Sí, tienes razón. Pero debemos conseguir que sea presidente sin llegar a las elecciones. La coordinadora de peñas y la agrupación de pequeños accionistas tienen que ayudarle. Eso también pueden arreglártelo desde la Generalitat.
– ¿Cómo?
– El Valencia tiene un crédito pendiente de cincuenta millones de euros. El club necesita ese crédito. Si no se lo conceden, el consejo de administración tendrá las manos atadas. Se vería obligado a dimitir.
– Tendría que negociarle el crédito a Lloris.