– Pues claro, pero es algo factible a cambio de la Ruta. Los conservadores necesitan el proyecto. Es una exigencia de la patronal.
– No estoy seguro de que quiera ser presidente del Valencia.
– Lo que no puedes garantizarle es que sea alcalde de Valencia, pero sí la presidencia del club. Lloris no es alguien excesivamente cultivado, pero desde luego no es tonto. La presidencia es una plataforma inmejorable. Si el equipo funciona se convertirá en dueño y señor de la ciudad. Socialmente el fútbol tiene mucha más fuerza que la política. Sus audiencias son del sesenta por ciento. En cambio los debates parlamentarios apenas alcanzan el dos.
– ¿Qué tipo de relación tienes ahora con Lloris?
– Mala.
– Había pensado que negociaras con él.
– Imposible. Además, exijo absoluta discreción. Si mi nombre aparece por cualquier parte negaré estar implicado. Ni Júlia ni Lloris me lo perdonarían. Que te quede muy claro.
– Discreción absoluta.
– Llama hoy a Lloris y negociadlo.
– Espero que acepte la propuesta.
– Si eres hábil, no tendrás problemas.
– ¿Alguna idea?
– Sí, pero es preferible escuchar antes lo que tenga que decirte. Quiero saberlo. Si no acepta, buscaremos una fórmula para convencerle.
O sea, que si Petit era incapaz de resolverlo, Oriol le ayudaría a hacerlo, y entonces el precio subiría. El secretario general captó que tenía que espabilarse.
– Tendré que espabilarme. Ni loco pondría a Lloris en la candidatura del Front en la ciudad. ¡Ni por todo el oro del mundo!
– Por mucho menos tienes ahora un problema. Si no lo resuelves con inteligencia lo estarás arrastrando durante mucho tiempo.
Y a él, a Oriol, también lo arrastraría.
– Pensaba que tu ayuda, aunque éstas sean sólo las primeras ideas que me das, sería más importante.
– Convenceré a Júlia.
– Entonces sabrá que estás en el ajo.
– No. Ella me lo consultará a mí. Suele consultarme todos los problemas que escapan a su control. Confía en mí.
– ¿Hace mucho que os conocéis?
– Desde nuestra época universitaria.
– ¿Cómo es exactamente?
– Decidida, temeraria… sin escrúpulos.
– Coincidimos en lo tercero.
– En el fondo Lloris y ella se parecen mucho, pero usan formas distintas. Se caracterizan por el egoísmo, acentuado en el caso de Lloris por una especie de megalomanía que puede resultar peligrosa. Es muy tozudo. La verdad es que vas a vértelas con un buen embolado.
Petit intuía que cada vez el precio era más alto. Oriol Martí se levantó del sofá y salió al balcón. Estuvo contemplando el mar durante unos segundos. Luego volvió hasta el sofá, pero se quedó allí delante de pie.
– El apartamento tiene buenas vistas -comentó.
– Excelentes, sí.
Al parecer el ex asesor quería algo más que elogiar la situación del piso. Petit le dio rienda suelta, pero no añadió nada más. Fumaba mientras observaba el fingido interés de Oriol por sus muebles.
– Si alguna vez piensas cambiar de piso…
– Supongo que tienes a muy buen precio.
– Lo arreglaríamos.
– ¿No tendrás por casualidad una planta baja céntrica?
– No.
– Pues me quitas un peso de encima. Me habría sentido tentado a comprártela. Necesitamos una nueva sede y nos urge.
– Seguro que hubiéramos llegado a un buen acuerdo.
– No tengo ni la más mínima duda. -Petit bebió un poco de coñac. Dejó la copa en el centro de la mesa y dio dos caladas profundas. Entonces miró fijamente a Oriol-. ¿Quieres decirme algo? Tengo la sensación de que quieres hacerme una pregunta.
– Te la formulo como ciudadano.
– Hazla, me debo al pueblo.
– Si no aprobáis el proyecto, ¿os cargaréis a los conservadores?
– No puedo responder a eso. Eres un ciudadano especial. Pero no te preocupes: si llega el momento te avisaré con la suficiente antelación para que puedas tomar posiciones.
– Francamente, te lo agradecería.
– La información no será gratuita. En dos años he tenido que negociar tanto que me he convertido en un especialista.
En el Estado español se han llegado a contabilizar ciento sesenta agentes futbolísticos. Entre ellos hay de todo: entrenadores veteranos en paro, pasantes de despacho, jóvenes abogados, estudiantes, empresarios en la ruina e intrusos, muchos intrusos, en una profesión a la que la Federación Española de Fútbol exige un examen. Agente de jugadores (intermediario) y agente de la propiedad inmobiliaria puede serlo cualquiera, y de ahí la intromisión multitudinaria y la proliferación de personajes de métodos dudosos en busca del negocio fácil y productivo. Es un oficio con mala fama (merecida). Pero, después de tantos años, Santiago Guillem sabía dónde obtener información fiable.
Jesús Martínez, argentino establecido en la ciudad -defensa central del Valencia cuando el equipo había ganado la tercera Liga de su historia (en 1969, con Di Stefano como entrenador)-, y Santiago mantenían una buena amistad. Ahora Martínez era agente, pero antes había sido un magnífico defensa de técnica excelente y gran colocación. Salvando las distancias, los articulistas locales de la época lo comparaban con el mítico Beckenbauer, del Bayern de Munich. Pero, sobre todo, Martínez fue y era un caballero dentro y fuera del terreno de juego; un hombre educado y amable, alguien en quien confiar. Santiago y el ex jugador se veían a menudo, por lo menos una vez al mes, y siempre lo hacían en la taberna Alkazar, en la calle Mossèn Femades, junto a la plaza más céntrica de la ciudad, quizá la que, por motivos políticos, más veces había cambiado de nombre. Para simplificar, algunos aún la recordaban como la del Caudillo. Al fin y al cabo ése era el nombre que se había mantenido vigente durante más tiempo.
Jesús Martínez supuso que Guillem necesitaba información. De hecho se habían visto hacía apenas una semana. El periodista lo esperaba en una de las pequeñas mesas de la terraza, leyendo el Superdeporte, concretamente un artículo de Vicent Bau, director del periódico y reconocido discípulo suyo. Al llegar Martínez, con sus habituales gafas oscuras y ovoides, un señor que estaba comiendo en la mesa de al lado, acompañado por su mujer y por su hijo, le pidió un autógrafo para el niño. Martínez le preguntó cómo se llamaba; el niño cerró el libro que no estaba leyendo (de la serie de Manolito Gafotas, gran clásico de la literatura española y universal escrito por la parienta de un tal Muñoz Molina). Me llamo Marc, dijo el niño, y entonces Martínez le firmó una servilleta de papel que Marc dobló con sumo cuidado para guardársela ante la satisfecha mirada de sus padres. Martínez se sentó a la mesa de Guillem. Sé que me necesitas, viejo. Por supuesto, porque si no fuera así no lo habría llamado antes de su cita habitual, pero el periodista respondió diciéndole si le apetecía un aperitivo de marisco y, en tono jocoso, Martínez manifestó que sí que debía de ser importante el motivo de la convocatoria. El camarero les llevó dos cervezas y un plato de gambas más bien voluminoso. El aspecto del marisco era excelente, y ambos, sin más preámbulos, empezaron a comer mientras comentaban el durísimo artículo de Vicent Bau sobre la falta de fichajes del Valencia. El Superdeporte representaba en gran medida el estado de ánimo de los aficionados, un estado de ánimo a menudo avivado por el propio periódico, porque este tipo de prensa vive de las ilusiones de un colectivo ansioso por iluminar los estadios con grandes estrellas. Justo entonces Guillem preguntó a Martínez por Bouba. El intermediario fue contundente: uno de los jugadores con mayor proyección. El periodista quería saber más. Martínez no sabía demasiado exceptuando que grandes equipos europeos se lo estaban rifando, aunque le advirtió de lo que quizá no era necesario mencionar a alguien de la veteranía de Guillem: de cómo se hinchan los precios y se desvirtúan las noticias alrededor de las figuras incipientes, es decir, que estamos ante un crack, pero, viejo, un crack africano, con las dificultades inherentes de tipo cultural y con lo que eso comporta de cara al rendimiento en países de distintas costumbres. O sea, que habría que comprobar cómo se adaptaría Bouba a una liga europea. El Guillem periodista siguió preguntando hasta que su amigo intermediario le hizo saber que la futura estrella senegalesa era propiedad de un tal Celdoni Curull, agente FIFA catalán, agente, tan sólo, de jugadores africanos. Guillem no sabía quién era. Y si no sabía quiénes eran, ni él ni prácticamente el propio jugador, ¿por qué tanto interés? ¿Triunfaría aquí?, preguntó Guillem obviando la pregunta anterior. ¿Insinuaba que el Valencia quería ficharlo? Guillem no dijo nada y Martínez se echó a reír: era un chiste buenísimo, considerando el lamentable estado que presentaban las finanzas del club. ¿De verdad le estaba insinuando aquello? El intermediario no insistió, consciente de que Guillem no le revelaría su fuente de información, pese a asegurarle que la noticia era fiable al menos teniendo en cuenta la persona que se la había facilitado. ¿Y cómo era posible que él, Martínez, intermediario de confianza del club, no supiera nada de nada? Como respuesta, Guillem se encogió de hombros. Era muy extraño, convinieron ambos, ya que todo lo que pasaba en el Valencia, todo lo relativo al movimiento de jugadores, tanto si se traspasaban como si se contrataban, todo eso era algo que Martínez siempre sabía. Santiago Guillem se pasó la mano por el pelo, por el lado derecho de la cabeza. En el centro apenas tenía. Pidió al camarero dos cervezas más. El matrimonio con niño de la mesa de al lado se despidió agradecido de Jesús Martínez. La información proviene de un chaval senegalés, amigo de Bouba, que vive en la residencia de Paterna, se decidió a contar Guillem. Pero Martínez se mostraba tozudo: es difícil, por no decir imposible, que un fichaje de tal magnitud se lleve en el más absoluto secreto. En el fútbol la discreción no existe. ¿Quieres que lo investigue? Déjamelo a mí, resolvió Guillem.