– Un momento, muchachos, se supone que somos gente seria. Aquí o hablamos claro o cojo la maleta y me largo. ¿Qué coño significa que no sabe nada?
– Curull, como eres de confianza, y como para exigirte claridad y discreción nosotros debemos jugar limpio, te lo explicaré todo ahora mismo.
Petit se lo explicó. Entonces Celdoni Curull se levantó y se fue a contemplar la plaza del Ayuntamiento por la ventana. Se pasó la yema del pulgar por la nariz, por el contorno del labio inferior. Recordó la opinión que a su padre le merecían los valencianos. Dudó sin dejar de mirar por la ventana bajo la atenta mirada y la expectación de los demás. Tuvo en cuenta, por otra parte, que no tenía ninguna queja de Toni Hoyos, también valenciano. Además, los muchachos habían sido sinceros contándoselo todo; además, tenía que vender a Bouba. Porque era el único crack que tenía y cuando tienes uno y es africano hay que venderlo, porque con los jugadores africanos nunca se sabe; porque el interés del Bayern, el Inter y el Milán era más bien exagerado (los tres habían hecho muchos fichajes y sus arcas se resentían por ello); además, quería irse de Senegal, demasiados años lejos de su hogar. Era el mejor momento para venderlo. ¿Qué importancia tenía si lo compraba un club o un particular? Lopera, Gil y Gil, Florentino Pérez… habían financiado a jugadores personalmente. Ellos o una sociedad que les pertenecía.
– ¿Ese individuo… quiero decir, el señor Lloris… es un empresario serio?
– Con nosotros cumplió -respondió Marimon-. Además, ha vendido todas sus sociedades.
– O sea que tiene dinero fresco.
– Muchísimo -afirmó Petit. Y, por curiosidad, añadió-: ¿Cuánto vale Bouba?
– Setenta millones de euros. Algo más de once mil millones de pesetas, para entendernos. Por menos no voy a venderlo. -Curull observó la escasa reacción de los representantes políticos. Probablemente se habían quedado clavados en sus sillas-. A Zidane lo traspasaron al Madrid por trece mil millones de pesetas y rondaba los treinta años.
– ¿Y por qué vendes al tuyo más barato?
– La crisis, muchachos. Los clubes están sin blanca.
Los clubes sí, pero a Lloris le salía el dinero por las orejas. De repente (o quizá no tan de repente, a fin de cuentas era el secretario de finanzas) Marimon tuvo una idea orgánicamente política. ¿Y si Bouba, sin que Lloris lo supiera, patrocinara al Front? Marimon no sabía mucho de fútbol, pero si Zidane había sido comprado por aquella barbaridad con treinta años, Bouba, por mucha crisis que sufriera el fútbol, valía por lo menos lo mismo, lo que significaba mil quinientos más para Curull y otros tantos para el Front. Con aquellos millones podrían adquirir una sede comparable a las de socialistas y conservadores. El problema era cómo sugerírselo a Curull.
– ¿Cómo se reparten las comisiones en el mundo del fútbol? -preguntó el secretario de finanzas-. Por pura curiosidad, vaya.
A Curull le resultaba demasiado familiar ese tipo de curiosidades.
– Hombre, en el caso de Bouba, como es propiedad mía, no hay comisiones. Lo compré por un precio, lo vendo por otro… Y punto.
– Punto y aparte, Curull -intervino Hoyos-. Yo he cumplido con mi trabajo.
– Ya contaba con ello, Toni. Tendrás tu comisión.
– Pero… nosotros también ayudaremos a venderlo -dijo tímidamente Marimon ante la atenta mirada de Petit.
– Muy bien, vamos allá: ¿cuánto queréis cobrar?
– Lo que sea legal, Curull. Y ten en cuenta que no es para nosotros, es para el partido. Ya que eres nacionalista…
– Escuchadme bien, nada de mezclar las causas ideológicas con el dinero. Vosotros me decís cuánto queréis y yo pago.
– Hay que comprar una nueva sede -se atrevió Petit.
– Mientras no esté en el paseo de Gracia…
– Dejémoslo en una comisión razonable.
A Curull, las comisiones razonables en el mundo del fútbol le parecían auténticos atracos, pero ya estaba más que acostumbrado.
– Mirad, primero hablamos con el señor Lloris y luego ya veremos qué podemos hacer por la nueva sede. ¿Os parece bien?
– Como quieras, Curull.
Se urdió una estrategia que constaba de los siguientes pasos: Petit hablaría con Juan Lloris; después Hoyos lo haría con Rafael Puren. El tercer paso reuniría a Celdoni Curull con Lloris. Si el empresario aceptaba comprar personalmente a Bouba (recuerda, Curull, el reparto de comisiones), entonces pondrían en marcha la operación política: que los conservadores convencieran al principal accionista del club, Lluís Sintes, para que vendiera todo el paquete a Juan Lloris. Se insistió en que de la coordinadora de peñas y de la agrupación de pequeños accionistas se encargaría el amigo de Hoyos, Puren (por cierto, advirtió Hoyos, con alguna bagatela tendremos que agradecérselo: lo dejamos en tus manos). Curull selló el pacto y el inicio de una provechosa amistad dando un leal apretón de manos a Petit y Marimon, pero ni Petit ni Marimon se lo dieron a Hoyos recordando a Josep Valles.
En la barra de la cafetería del hotel, el secretario general y el de finanzas se tomaron un chupito de ron antes de acudir, en representación de la Generalitat, a una exposición de abanicos valencianos del siglo XVIII.
– Vicent, tengo que confesarte que cuando has pedido la comisión me he quedado de piedra. Yo no me hubiera atrevido a hacerlo.
– Donde esté mi cuñado por fuerza tiene que haber comisiones.
– ¿A cuánto crees que ascenderá la nuestra?
– He calculado mil quinientos millones de pesetas.
El vasito de ron de Petit se quedó entre su boca y la barra. Lo volvió a dejar en el pequeño plato sin probarlo.
– De modo que mil quinientos millones de pesetas -repitió incrédulo o más bien idiotizado.
– Algo así. Y es lógico. Escúchame: en vez de vendérselo por diez u once mil millones, que lo haga por trece o catorce. Los tres mil que Lloris pague de más serán los que nos repartamos. Vaya, como si fuera una comisión de obra pública corriente y moliente.
– Lloris no se chupa el dedo.
– Lloris sabe tanto de fútbol como tú y yo. Además, está loco por presidir lo que sea, hasta una asociación de vecinos. Ya verás como le encantará ser presidente del Valencia, con miles de personas ovacionándolo.
– Ahora lo difícil será convencerlo.
– Eso es asunto tuyo. El mío será ocultar mil quinientos millones.
– ¿Es dinero negro?
– Como Bouba.
– Será un problema.
– Mientras los problemas sean como ése, dame todos los que quieras.
– ¿Sí? -Por segunda vez el vasito se quedó a medio camino-. A ver, dime qué harás con toda esa pasta. Yo no quiero saber nada.
– Pues no preguntes.
– Digo que no quiero saberlo oficialmente.
Marimon bebió. Petit apuró el ron de un trago y esperó su respuesta. Después de un sorbito, el secretario de finanzas hizo chasquear la lengua contra el paladar.
– Sinceramente, Francesc, no sabría dónde meterla.
– ¡Coño! ¿Y por qué la has pedido?
– A nadie le amarga un dulce.
– Pues con tantos nos podemos quedar diabéticos perdidos.
– En el mundo del fútbol todo el mundo saca provecho y no he podido evitar caer en la tentación de pedir una pequeña ayuda.
– ¿«Una pequeña ayuda»?
– Hombre, puestos a pedir entre cantidades tan astronómicas…
– ¡Caguendéu, Vicent, piensa bien las cosas antes de hacerlas!
– ¡Aún no tenemos el dinero!
– Y aún tenemos que maquillar parte de los seiscientos millones de las elecciones. A ver cómo cojones disimulamos mil quinientos.
– Vale, vale… Tienes razón: pediré menos.
– ¡¿Qué coño vas a pedir menos?! ¿No decías que querías problemas así?
– Estaba eufórico.
– Un momento, estamos alterados. Tranquilicémonos.