Marimon apuró el vasito de ron. Petit pidió un par más. Cuando la camarera los sirvió, se los bebieron de un trago.
– Pongamos que la sede cueste cuatrocientos millones -estimó Petit.
– Nos quedan mil cien.
– Mobiliario, ordenadores, cortinas y tres empleados, cuarenta o cincuenta más.
– Mil cincuenta.
– Y…
– Y… ¿qué?
– Me sobran más de mil.
– Sobran muchos más -dijo Marimon de repente algo afligido-. Ahora que me acuerdo, no hemos pactado el dinero con Curull. Le hemos dicho que queríamos una comisión cuando en realidad pensaba en una venta hinchada artificialmente.
– O sea, que ya no tenemos el problema.
– Pero a lo mejor tendremos la sede.
– Sospecho que no será ni demasiado grande ni muy céntrica.
La Gaseosa Júcar era la más veterana que se hacía en Valencia. De hecho, la Júcar pertenecía al imaginario colectivo de los valencianos. Salvador Ribas había heredado tan tradicional y entrañable empresa de su padre; también su fervorosísima afición por el Valencia C. F. Su padre había sido directivo del club en la época de Julio de Miguel. Por su padre, que había sido uno de los socios más antiguos, había aceptado formar parte del consejo de administración. Ribas permaneció dos años como miembro de éste. Oficialmente dimitió por motivos personales. De modo escueto adujo que la empresa familiar necesitaba de toda su dedicación.
La versión oficial fue aceptada por los medios de comunicación, en aquel entonces eufóricos ante los éxitos del equipo. Lo cierto es que algún periodista insistió en que Ribas hiciera más declaraciones, pero él lo declinó por completo. A lo largo de dos años, el ex directivo Ribas siguió asistiendo al fútbol, pero en vez de hacerlo en el palco de invitados, donde amablemente el club le tenía reservado un asiento, utilizaba el carnet de socio en su lugar de tribuna.
Santiago Guillem apenas tenía contactos con directivos, una norma que cumplía a rajatabla. Por experiencia propia en sus inicios como periodista y también por lo que sabía de otros colegas, proclives con excesiva facilidad a recibir las lisonjas de los directivos, se mantenía al margen de todos ellos. Para obtener informaciones interesantes o simplemente necesarias prefería a los empleados más discretos y con mayor antigüedad del club. Una estrategia que siempre le había dado buenos resultados. Pero repasando los archivos del periódico en busca de los principales conflictos del club de los últimos años tropezó, sin buscarlo especialmente, con el de la silenciosa dimisión del directivo Salvador Ribas.
Recordó que era una persona que se encontraba a gusto en un segundo plano, lejos del protagonismo, como si, muy adrede, quisiera evitar ser noticia. Ribas había sido tan discreto que incluso a Santiago Guillem, que estaba enterado hasta del más ínfimo detalle, aquello le había pasado desapercibido. Pensó Guillem que un hombre así debía de ser alguien muy serio. Pidió al servicio de información de Telefónica el número de su empresa y se puso en contacto con él. Le sorprendió que accediera a hablar de buen grado pese a advertirle que pretendía saber cuáles habían sido los auténticos motivos de su dimisión, aunque garantizándole el off-the-record de la conversación.
Salvador Ribas recibió a Santiago Guillem al día siguiente, a las diez de la mañana, en su empresa, una fábrica de aspecto familiar y de pocos operarios -casi todos mujeres- a causa de la automatización que había sufrido el proceso de fabricación del producto. De una minúscula cafetera Ribas sirvió dos cafés que tomaron en su despacho particular, un habitáculo acristalado que permitía ver todas las partes que conformaban la cadena de producción, que ocupaban la nave industrial por completo. Ribas explicó a Guillem los detalles de la elaboración, el proceso de modernización que había tenido que imponer en contra de la opinión de su padre, empresario de la vieja escuela que temía cualquier tipo de cambio. Ribas era relativamente joven, y Guillem veía en él a un hombre sensato. A lo mejor ya tenía una imagen preconcebida. En todo caso -una novedad agradable- le transmitía confianza.
Cuando acabaron los cafés, y Ribas terminó de explicarle lo que, en síntesis, era relativo a la empresa, Guillem insistió en asegurarle que todo cuanto le contara permanecería en la más estricta confidencialidad. Ambos se sentaron a la mesa del despacho, uno enfrente del otro. Entonces el empresario echó los vasitos de plástico a la papelera.
– Debo confesar que los medios de comunicación son algo que me aterroriza. Siempre he huido de cualquier tipo de protagonismo. Supongo que es cuestión de carácter, soy un poco tímido e introvertido. Pero tengo que reconocer que, cuando dimití, usted hubiera sido la única persona a la que le habría querido decir algo.
– Tutéame.
Ribas parecía un poco incómodo, como si buscara el registro idóneo para hablar con alguien que admiraba.
– Soy un lector habitual de tus columnas. Me gustan porque son incisivas pero elegantes.
– Gracias. -También Guillem se sintió incómodo. De ahí que dirigiera la conversación por otros derroteros-. Es extraño que, si no te gustan los medios de comunicación, aceptaras formar parte de la directiva. No es el sitio ideal para evitarlos.
– Cosas de familia. Mi padre era un hombre de fuertes convicciones que repartió su vida entre la empresa y el Valencia. Para él, que yo no entrara en el consejo de administración del club, pudiendo hacerlo, suponía una pequeña deslealtad. Pensaba que el apellido Ribas, que tanto protagonismo había tenido en la historia del Valencia (su hermano también fue directivo), debía continuar al servicio del club. El problema es que nunca entendió la transformación radical del mundo del fútbol, los intereses personales que todo lo invadían. Todos mis intentos por explicárselo fueron inútiles. Se empeñaba en que debía seguir la tradición y, por no discutir (ya lo hacíamos bastante por la forma de llevar la empresa), acepté entrar en la directiva,
– Entonces tendrías un motivo importante para presentar la dimisión.
– Lo tenía.
– Lo digo porque te fuiste cuando el club alcanzó los mayores éxitos de su historia; precisamente cuando todo el mundo quiere salir en la foto.
– Era el momento ideal. Si el equipo no hubiera ido bien a lo mejor no lo habría dejado. Sabía que la prensa no me haría demasiadas preguntas, aunque aun así alguien insistió en sonsacármelo.
– ¿Fue una dimisión pactada?
– Fue un pacto conmigo mismo. -Ribas atendió una llamada telefónica. Luego le dijo a la secretaria que no le pasara ninguna más-. No quise dimitir hasta que acabó la temporada. Lo hice a principios del verano, cuando la información deportiva es más escasa.
– ¿Por qué razón?
– ¿Puedo preguntarte por qué durante dos años no te ha interesado y ahora sí?
– Tienes todo el derecho a hacerlo.
– No es ninguna exigencia.
– No lo he entendido así. Mira, en realidad todo ha sido por desidia profesional. Debería haberme dado cuenta de que una persona que no busca protagonismos y que dimite en un momento de euforia en el club lo hace por algo importante. Pero me imagino que en su momento pensé que un accionista con más poder quería entrar y que tú, que si no recuerdo mal sólo tienes quinientas acciones, fuiste el sacrificado.
– Bueno, siempre hay cola para entrar en el consejo.
Ribas lanzó un suspiro y se acomodó en su sillón. Acto seguido apagó el ordenador, recogió unos cuantos papeles dispersos por la mesa. Aún prolongó la pausa antes de hablar.
– Mi padre militaba en el Partido Conservador. Era un hombre de derechas, del antiguo régimen, admirador incondicional de figuras políticas como Fraga Iribarne. En ese aspecto fue tolerante conmigo. Aceptó que no fuera militante. Siempre he evitado pertenecer a cualquier colectivo, pero para compensarle acepté el cargo de directivo en el consejo de administración del Valencia. Cuando entré ya se habían firmado contratos de cooperación con equipos africanos. Se les daban importantes cantidades de dinero a cambio de disponer de una opción preferente sobre las posibles estrellas o simples figuras interesantes que pudieran surgir de esos equipos. Me pareció una buena idea invertir en jugadores jóvenes, ya que los precios del mercado, tanto entonces como ahora, son algo totalmente desorbitado. Siendo directivo viajé a Nigeria con la Generalitat, que invitó a un grupo de empresarios. Son viajes que intentan poner en contacto a empresarios de ambos países o a empresarios del otro país con el Govern para comprobar las posibilidades de abrir nuevos mercados. Desde el punto de vista empresarial, a mí el viaje no me interesaba. Pero mi padre, que había solicitado que me incluyeran entre los participantes por pura vanidad profesional, no quiso que renunciara para no quedar mal con los dirigentes del partido que le concedieron el favor. Lo hizo sin decírmelo. En una de aquellas cenas entre empresarios de ambos países, durante las presentaciones previas, conocí al presidente de uno de los equipos que habían firmado un contrato de cooperación con el club. Como todos los miembros de la delegación excepto yo viajaban para hacer negocios, aquel señor acabó viéndose obligado a sentarse a mi lado. Así fue como supe que entre el dinero que recibía el equipo nigeriano y el que figuraba en el contrato del club había una diferencia muy considerable.