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– ¿De cuánto?

– Ciento cincuenta millones.

– Había un doble contrato.

– Sí, pero no se lo dije al nigeriano. Cuando volví me puse en contacto con el gerente del club. Le dije lo que sabía y le pedí explicaciones. No quiso dármelas. Insistí, el tono de la discusión fue en aumento y entonces me dijo que pasados unos días me lo explicaría absolutamente todo. Tuve la sensación de que pretendía ganar tiempo, de modo que le exigí una explicación convincente aquel mismo día. Si no me la daba convocaría una rueda de prensa. Entonces me dijo que hablara con Sebastià Jofre, hijo de un íntimo amigo de mi padre que fue compañero mío en el colegio de La Salle. Jofre era ya un hombre muy ligado al Partido Conservador, pero en la sombra. En aquellos momentos yo sabía perfectamente cuál era el destino del dinero extra de los contratos, pero aun así fui a hablar con él. Ya conoces el resto de la historia: dimití.

– ¿Cuánto dinero del club ha servido para financiar a los conservadores?

– No lo sé exactamente. No quise comprobarlo porque no pensaba utilizarlo para nada. Tenían o tienen contratos de cooperación con cinco clubes africanos. Calculo entre seiscientos y mil millones de pesetas.

– ¿Han devuelto el favor al club?

– Supongo que sí. Hace dos años Bancam concedió un importante crédito al club. Y, según los últimos rumores, volverá a echarles una mano.

– Hace dos años -recordó Santiago- Bancam denegó un crédito de ocho millones de pesetas a un amigo mío para reformar su casa. Se ha tenido que comprar otra después de vender la suya a precio muy bajo.

– Te podría contar muchas anécdotas de pequeños empresarios necesitados de un crédito a los que también se les denegó. La excusa es que las líneas de crédito de Bancam se encuentran en estado de riesgo, según el Banco de España.

– ¿Es cierto?

– Sé que un grupo de empresarios próximos al poder se ha beneficiado de créditos altísimos. Parece ser que ahora algunos de ellos tienen dificultades para devolverlos. Como ya sabrás, Bancam está controlada por los conservadores.

– ¿Los dirigentes de los equipos africanos participan en el fraude?

– No puedo demostrarlo. Si lo hacen, el nigeriano que conocí lo disimuló muy bien. Pero hay algo seguro: este tipo de operación sería impensable con equipos europeos. -Ribas se levantó y se preparó otro café-. ¿Quieres uno?

– No, gracias. ¿Todavía hacen contratos de cooperación?

– Sí, pero supongo que serán correctos.

– Sólo lo supones.

– No me imagino que después de saberlo yo y dimitir sigan haciendo lo mismo.

– Es una buena fuente de ingresos para los conservadores, limpia y fácil.

– Sebastià Jofre me dio su palabra de que sólo había sido algo circunstancial, en un momento en que el partido lo necesitaba con urgencia.

– ¿Callaste porque te lo pidieron los conservadores?

– Me lo pidió mi padre.

– ¿Tu padre llegó a saberlo?

– Yo se lo conté.

– ¿Qué dijo?

– Nada. -Ribas se quedó de pie. Se tomó el café-. Pero lo aproveché para dimitir y para dirigir la empresa según mis criterios. Mi padre no se opuso.

– Estoy pensando en los jóvenes africanos de la residencia. No conozco a ninguno que haya debutado en el primer equipo.

– Son jugadores de un nivel técnico estándar. He leído informes que afirman que no se adaptan a nuestras costumbres. Los traspasan a otros equipos o los mandan de vuelta a su país.

– Quizá aún hagan dobles contratos.

– Hasta ahí no llego.

– Da igual, me has sido de gran ayuda.

– ¿Para qué?

Santiago Guillem se quedó mirando fijamente a Ribas. En efecto, la información no serviría de nada. Y no sólo porque había comprometido su palabra en el off-the-record de la conversación, sino porque si insinuaba tan sólo un indicio de todo aquello de inmediato silenciarían a los equipos africanos con dinero, ya que andaban muy necesitados, y porque, al fin y al cabo, ¿a qué equipo africano de los implicados le interesaría destapar la estafa? Ellos recibían lo que habían firmado y, además, sin ningún esfuerzo. Guillem se levantó para despedirse.

– He pedido la jubilación anticipada.

– Llevas muchos años siendo periodista, ¿no?

– Los suficientes para dimitir.

14

La soga de la situación política se estrechaba alrededor del cuello de Júlia Aleixandre un poquito más cada día. Había comprobado con qué severidad los empresarios exigían la realización de los proyectos urbanísticos. Desde finales de la década de los ochenta, la patronal valenciana había mostrado una avidez incontenible por el cemento y el hormigón, y había rechazado, en aquella época, el objetivo de proyecto institucional València Parc Tecnològic, una creación del Govern socialista que pretendía incentivar la investigación y la promoción industrial innovadora. València Parc Tecnològic apenas duró un año y medio. La sensación de fracaso que dejó el proyecto fue fruto del ataque sistemático de los poderes empresariales y de la campaña de los medios de comunicación afines, orientada a acabar con todo lo que implicara cualquier indicio de modernidad. Ahora la patronal, siempre coercitiva, reclamaba en la presente legislatura la Ley de Ordenación del Territorio. Había apostado fuerte para que los conservadores mantuvieran su mayoría absoluta, pero la sorprendente y decisiva irrupción del Front en la política parlamentaria había echado a perder todos sus planes.

En el Partido Conservador, a Júlia se la hacía responsable de todo lo relacionado con la estabilidad del Govern. Se le confiaba la actitud negociadora, la capacidad disuasoria. Le habían imputado como fracaso personal el hecho de que el Front alcanzara el siete por ciento en las pasadas elecciones. No le permitirían ninguno más. Así se lo habían insinuado desde las más altas instancias institucionales. En su ámbito político Júlia estaba creando desconfianza, situación que, de ratificarse, la llevaría sin remedio al ostracismo. Por lo tanto debía actuar con rapidez y contundencia. Se encontraba prácticamente sola. Casi podía sentir el vacío a su alrededor. En sus círculos más inmediatos -que, como todos los que se mueven alrededor del éxito, eran intuitivos- se evitaba ser arrastrado por alguien proclive a padecer una caída vertical. La única persona en la que confiaba era su amigo Oriol Martí. Creía en él no sólo por amistad sino por la decisiva ayuda que le había proporcionado en sus inicios como empresario de la construcción.