– ¿Qué piensas hacer, Francesc?
– Lo que más nos interese políticamente.
– ¿Y Lloris? Ahora querrá reclamarnos…
– ¿Eres incapaz de olvidarte de los problemas hasta en un día como hoy?
– Lloris nos tendrá en su punto de mira.
– Lloris ha muerto, está desprestigiado. No puede ni seguir con su actividad empresarial. Me han dicho que se ha refugiado en su coto. Seguramente estará viviendo de las rentas. -Petit apagó su móvil, sonaba sin tregua-. Nada le firmamos, nada le debemos.
– Moralmente…
– La moralidad y Lloris son incompatibles. ¿No nos dio el dinero porque era un gran valencianista? Pues con eso ya tendría que darse por satisfecho. Por primera vez en la historia de este país, el valencianismo ha ganado.
– No serás tan ingenuo para creer que lo hizo por ideales.
– Lo que no soy es tan ingenuo para devolverle un favor a un hombre socialmente tan desprestigiado. ¿Quieres que nos suicidemos, ahora que somos una fuerza importante en el país? ¿Ahora que lo decidiremos todo?
– Francesc, es increíble. No lo puedo creer.
– Pues créelo. Vamos a decidir. -Chupó el puro a placer-. En condiciones normales no me importaría hacerle un favor a Lloris; sé que es moneda corriente en política. Pero está salpicado por asuntos muy graves, y de eso no tenemos la culpa.
– En otras circunstancias, ¿le habrías hecho el favor?
– Depende de lo que nos hubiera pedido. Dejemos el tema, no me preocupa y hoy tampoco es el día apropiado.
– De acuerdo. Oye, a lo mejor digo una estupidez, pero ¿y si negocias la presidencia de la Generalitat?
– ¿Para mí?
– Pues claro.
– Ni loco. De momento, los problemas para ellos, y para nosotros el éxito de seguir creciendo. El partido es lo primero.
– ¿Quieres entrar en el Govern?
– No. Quiero controlarlos con mi siete por ciento.
– Creo que eso representa el sentir general de los militantes.
– Es lo que nos conviene.
Francesc Petit volvió a encender el móvil. Entre un caos de mensajes de militantes y líderes de la patronal, estaba el de Júlia Aleixandre, mano derecha del president de la Generalitat, felicitándolo fervorosamente, y el de Josep Maria Madrid, el hombre fuerte de los socialistas, que también lo felicitaba a pesar de que su tono no era de alegría desbordante. Ambos le pidieron hora para el día siguiente.
Al día siguiente, Petit convocó a Júlia Aleixandre en la sede del Front a las diez de la mañana. Él mismo se aseguró de lo temprano de la cita y de reunir a toda la prensa. A Júlia no le hizo ninguna gracia tener que desfilar entre decenas de periodistas gráficos. Se le notaba en el rostro, con una sonrisa de circunstancias, y en las pocas ganas de hablar que tenía hasta que no concluyera su encuentro con el secretario general del Front, que no acudió a la puerta de la sede para recibirla. Lo hizo el presidente honorífico del partido, un veterano militante del valencianismo que jamás hubiera imaginado, desde su amargo escepticismo, desde su eterna devoción por un ideal que parecía inalcanzable, que se vería obligado a hacer el numerito que exigía la política parlamentaria. Pero lo hizo encantado.
Petit la recibió en la puerta de su despacho, con un Hoyo de Monterrey, tamaño Churchill, en la mano. Sabía que a Júlia le molestaba muchísimo el humo del tabaco. Pero ahora mandaba él y, aunque tuviera que poner su condición de político profesional por encima de su resentimiento personal, no podía evitar el recuerdo de haber sido un extraparlamentario que algunos confundieron con una marioneta que manejar a su antojo y al que habían despreciado muy seria y reiteradamente.
Además de Petit, en la sede había muchos militantes que querían experimentar in situ la satisfacción que proporcionaba ver a los conservadores rogando ante su líder. Venganza de pobres.
Júlia Aleixandre asistió vestida de forma elegante y algo provocativa, lo justo para poder seducir sin que se notara demasiado, con una minifalda ligeramente elástica que revelaba sutilmente el contorno de su cuerpo; la blusa de seda, desabrochada hasta el segundo botón, insinuaba unos pechos bien moldeados, pequeños pero redondos, como los de una adolescente balthusiana. Petit llevaba vaqueros y camisa blanca. Estaba radiante aunque apenas hubiera dormido (una noche espléndida sólo alterada por un incidente, afortunadamente aislado: un gamberro que había prendido fuego al coche de un vecino de la calle de la sede del Front para luego huir en una moto con la matrícula tapada). Al recibirla, la besó y dejó las manos descansando en los hombros de ella. También mantuvo su sonrisa, durante un minuto largo en el que se dijeron unas cuantas banalidades al uso con tal de que la prensa gráfica documentara el momento histórico. Entonces el líder de los nacionalistas se despidió de los periodistas con un gesto amable y cerró la puerta. Sin testigos, allí dentro todo era muy distinto. Petit le ofreció un extremo del sofá mientras él, frente a Júlia, se sentó en una cómoda butaca giratoria, generosidad involuntaria de Juan Lloris que se sumaba al patrimonio del partido. Por ahí, por el empresario, empezó Júlia antes de volver a felicitarlo.
– Le has sacado mucho jugo a la maleta de Lloris.
– Algún mérito habré tenido.
– Sé muy bien de dónde salen ciertos méritos en política.
– Me parece que no has empezado con buen pie.
– Tranquilo, sólo pretendía desahogarme. Vuelvo a la realidad -a la puta realidad, tenía ganas de añadir-: ¿qué quieres?
Petit sonrió. Le encantaba aquella mujer. Era peligrosa como una víbora, pero le encantaba. Siempre nos fascinan los atractivos más indeseables. A lo mejor es uno de los rasgos que definen la estupidez humana. Por unos instantes imaginó que Júlia, el sexo que le podía ofrecer, sería capaz de desvirtuar la negociación. La historia estaba llena de casos parecidos. Dejó a un lado la ocurrencia y con gesto hierático volvió a la Tierra. En aquel momento, en aquella hora, asumía la representación de su país, albacea de una historia casi milenaria. Aún creía en ciertas utopías, y, además, sabía a quién tenía delante, sabía qué quería.
– ¿Cuál es la oferta?
– Estamos abiertos a cualquier negociación.
No era exactamente así. Ella se jugaba muchas cosas, muchísimas. Un buen acuerdo le serviría para revalorizarse ante su líder. Ambos tenían mucho que ganar o que perder personalmente.
– Con todo -siguió Júlia-, esperamos de tus principios democráticos que entiendas que nosotros hemos sido los vencedores de estas elecciones.
– Yo también espero mucha comprensión.
– Adelante.
– La Conselleria d'Obres Públiques…
– Creía que me ibas a pedir la de Medi Ambient.
– También pensaba pedírtela.
– ¿Y no crees que es pedir demasiado?
– Aún no he acabado.
– A lo mejor deberíamos replantear la negociación.
– Replanteémosla.
– ¿Quieres entrar en el Govern o pretendes controlarlo? Te lo digo porque nos entenderemos mejor y más deprisa si abrimos una negociación seria.
– A mí me da igual tardar una hora más o menos: hace veinte años que estoy esperando.
– Bien… lástima que no fume, te pediría un puro y pactaríamos con más calma.
– ¿Te molesta el humo?