Júlia le pidió reunirse y Oriol la citó en su loft de la avenida del Puerto. Le pareció excitada, dispuesta a cualquier cosa; a amenazar al Front en vez de negociar. Oriol la escuchó; en realidad dejó que aliviara tensiones. Entonces le dijo que en su estado era difícil reflexionar, que la presión que estaba sufriendo la imposibilitaba para negociar, ya que era evidente que necesitaba resultados inmediatos. Oriol dejó que su desesperación acabara madurando hasta obtener la pregunta que esperaba: ¿qué puedo hacer? No se lo pidió directamente, pero era obvio que le estaba rogando que intercediera si veía algún modo de hacerlo.
Oriol se ofreció, si ella estaba de acuerdo, a hablar personalmente con Francesc Petit. Casualmente, añadió, el Front se había dirigido a él para que le buscara una nueva sede. De modo que, con aquel pretexto, convocaría hoy mismo una reunión con el secretario general y por la noche se volverían a ver en su casa.
Por la noche, después de cenar, Júlia volvió a casa de Oriol. Oriol no había hablado con Petit. Conocía a la perfección todos los pasos que estaba dando el secretario general y no le hacía falta entrevistarse con él. Ya lo había hecho.
– Tengo buenas noticias que darte.
Con aquellas palabras la recibió Oriol de nuevo en su casa. Ella le dio un fuerte abrazo. Era de esa clase de personas que pueden ser muy agradecidas mientras todo funcione a su gusto, pero de muy mal trato si la realidad se muestra contraria a sus intereses.
– Como mínimo -añadió Oriol- tienes una puerta abierta para intentar resolverlo.
Pasaron a una especie de salón muy amplio. Júlia no quiso tomar nada. Se sentó en el sofá. Oriol se sirvió un poco de whisky.
– ¿Has tenido que ceder personalmente en algo?
Oriol recibió aquella pregunta, pese a esperarla al final de su diálogo, con satisfacción disimulada pero humildad manifiesta.
– No te preocupes. También yo te debo mucho. -Se sentó. Bebió algo de whisky-. La clave está en Lloris. -Antes de que Júlia respondiera, ya que el empresario siempre había sido una figura de mal agüero para ella, Oriol se lo impidió con un gesto-. Ya te he dicho que tienes una puerta abierta. No es más que eso, pero es una salida. Pero antes de decir nada necesito que me garantices que Petit nunca sabrá que te lo he contado.
– Tienes mi palabra.
No era mucho, pero tampoco esperaba más.
– Cualquier indiscreción lo estropearía todo. En el fondo, la perjudicada serías tú. -Quizá se acababa de asegurar la discreción que necesitaba-. También Petit sufre mucha presión.
– Lo sé, por la contestación interna.
– Tiene otra contestación peor: Lloris quiere que le devuelva el favor de los cuatrocientos millones de pesetas.
– ¿Lo ves? Te lo dije. Sabía que más tarde o más temprano Lloris les reclamaría el favor.
– El problema es que no quiere cualquier cosa. Pretende que lo conviertan en alcalde de Valencia.
– Eso es imposible.
– Más que imposible, pero él está decidido. Cree que si el Front ha sido indispensable para formar el Govern de la Generalitat también lo será en el Ayuntamiento.
– Las bases del Front jamás tolerarían a un candidato como Lloris.
– Ése es el gran problema de Petit. Y ahí es donde puedes ayudarle.
– No veo cómo.
– Petit quiere convencerlo para que sea candidato a presidente del Valencia. -De nuevo Júlia intentó interrumpirle-. Espera un momento. Ya sé que, al igual que a Petit, te asusta que Lloris ocupe cualquier cargo de prestigio, pero de entrada es un mal menor tanto para ti como para él. Para él, porque se evita un grave problema en el partido; para ti porque puedes forzarlo a un acuerdo.
– Un acuerdo así nunca está asegurado.
– No tienes otra posibilidad.
– ¿Cómo puedo ayudar a Petit?
– Persuadiendo a Lluís Sintes para que venda sus acciones a Lloris.
– Con las acciones de Sintes no le bastará.
– Pero tú habrás cumplido con tu parte. A cambio exiges a Petit que haga una declaración pública a favor del proyecto de Ley de Ordenación del Territorio.
– ¿Sólo una declaración?
– Es todo cuanto puede hacer.
– Sintes querrá una contrapartida. Siempre ha aspirado a presidir el Valencia.
– Sintes tiene una sociedad constructora. No te resultará muy difícil.
– La patronal se opondrá.
– Deben entender que no hay nada mejor que ceder una parte. La patronal te exige una solución, en tu partido te la están pidiendo. Pues ya la tienen. Lo que no pueden pretender es salir sin pagar ningún precio de una negociación casi sin salida. Aceptarán.
– El otro día me reuní con Parma, Ferrer y Pérez. Ferrer me amenazó con apoyar a los socialistas si no lo arreglo.
– Es un farol. Con ellos aún lo tendrían más difícil.
– No lo tengo claro. Una ley hecha por los socialistas contaría con un mayor apoyo del Front. Petit no sufriría tanto desgaste. Y eso sin contar con que no sería la misma.
– Dudo que se atrevieran a hacer grandes cambios. Se verían obligados a entenderse con la patronal igualmente. En su momento ya comprobaron que no es muy rentable tenerla en su contra.
– ¿Y tú crees que la negociación con Lloris es la única salida?
– La única. Estás en manos de Petit, y Petit en las de Lloris.
– Mañana hablaré con él.
– No. Deja pasar unos días. Si yo lo he hecho hoy, no es conveniente que tú lo hagas mañana.
– No me sobra el tiempo. Como máximo dentro de dos o tres días lo llamaré por teléfono.
Júlia se levantó. Se fue al lavabo. Cuando salió se acercó a los estantes de la videoteca de Oriol. La repasó durante unos minutos. Estaba ordenada alfabéticamente por los apellidos de los directores. Sacó un DVD.
– A veces me recuerdas al Gabriel Byrne de Muerte entre las flores. Finge estar de un lado cuando en realidad está del otro. ¿Te sientes identificado con él?
– No. Los dos bandos lo tratan a patadas y pierde a la chica.
– La pierde porque es fiel a su amigo.
– Yo no tengo amigos.
– ¿Qué somos nosotros, entonces?
– Si no tuviéramos intereses, quizá lo sabríamos.
Francesc Petit se sorprendió en grado sumo al comprobar lo fácilmente que Lloris aceptaba la posibilidad de presidir el Valencia. Y eso que insistió en que se trataba, únicamente y por el momento, de una simple hipótesis. Se había estado preparando para aquel encuentro durante una hora en su apartamento, donde tenía que recibirle; había procurado dar con la forma idónea de comunicarle la conveniencia de aceptarlo. Había elegido las palabras con precaución, como si Lloris les diera algún valor. Parecía que le estuviera lanzando mensajes subliminales entre una palabra y otra. Pero Lloris lo vio enseguida todo tan claro que Petit ni siquiera tuvo que endulzárselo con las más que probables ventajas que implicaría presidir el Valencia: el empresario lo captó de inmediato con su instinto para detectar negocios rápidos y productivos. La conversación sobre el tema apenas llegó a durar más de un cuarto de hora, y eso que Petit había empleado diez minutos en un prólogo de cortesía (primero un puro y el posterior comentario, luego una copa de coñac comprada expresamente para la visita). Cuando ya habían planificado por completo el esquema de la estrategia, que el mismo Lloris bautizó con el nombre de «Lloris president», Petit, aquella noche especialmente eficaz, llamó a Celdoni Curull para que se presentara enseguida en su apartamento. A petición del secretario general, el catalán acudió sin Toni Hoyos.
Petit recibió a Curull con aires de liberación, como si la presencia del intermediario fuera también un traspaso de responsabilidades. Le hizo pasar a la sala, donde un Lloris rebosante de felicidad se fumaba un Montecristo del tres y, sentado con las piernas cruzadas, bebía una copa de armañac. Lloris se levantó para saludar a Curull y en aquel apretón de manos había todo tipo de premoniciones.