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Media hora antes, tras diez minutos de prólogo con el chocolate, Curull y Lloris empezaban a decidir el contrato y los cabos sueltos. A todos los efectos, Curull era el representante legal de Bouba. Era exclusivamente de su propiedad, al igual que el club en que jugaba. Él y sólo él estaba capacitado para firmarlo todo, pero había que tener en cuenta -un trámite de cortesía- la opinión del jugador. Acordaron la duración del contrato, la ficha anual -pagada el treinta de junio, como era habitual; si en aquella fecha el club no tenía liquidez, entonces se aceptaría un pagaré con fecha del treinta de julio, cuando ya se hubieran ingresado las cuotas de los socios; el quince por ciento de la ficha serían derechos de imagen-, primas e incentivos por rendimiento, además de una serie de pequeños gastos que incluían el alquiler de un chalet, el coche, la marca de las botas -que elegiría el jugador-, la cláusula de rescisión del contrato y seis billetes de avión de ida y vuelta para ver a la familia y evitar excesos de nostalgia. A cambio, el jugador acudiría a los actos en que el club considerara imprescindible su presencia siempre que ello no afectara a sus obligaciones como deportista.

Por lo general, el proceso de un fichaje es obra de un equipo técnico que recibe información de un intermediario. Entonces el secretario técnico envía a un ayudante para que vea al jugador en directo. Luego, si los informes del ayudante son buenos, se desplaza el propio secretario para ratificarlo. Si está de acuerdo con la impresión del ayudante redacta un informe que presenta al presidente del club. Después vienen las negociaciones entre clubes y posteriormente con el representante del jugador. Pues bien, Lloris se saltaba la mayor parte de todo aquello. Celdoni Curull habría podido estar una hora más, un día, pidiéndole lo que quisiera. A Lloris le daban igual el contrato y los cabos sueltos. Sólo puso dos condiciones: que Bouba estuviera sano para la práctica del fútbol y que el contrato no tuviera validez si él no alcanzaba la presidencia. Sólo eso.

Lo demás, todo lo que costara fichar a Bouba, todo lo que cobrara la gran estrella, lo pagaría el club. A nombre del club estaría el futuro crédito de Bancam. Lloris sólo necesitaba un crédito personal de dos mil millones de pesetas, que le compensaría por el dinero pagado por las acciones de Lluís Sintes. ¿Dos mil millones? No eran muchos para un tipo que siempre había pensado que si uno debe diez millones a un banco tiene un problema, pero si la deuda es de más de mil el problema lo tienen ellos.

16

Nùria Oliver había querido mucho a Josep Valles. Se habían conocido en el bufete de abogados donde trabajaban, el mismo del que Valles se llevó la provisión de fondos de los clientes antes de desaparecer sin dejar ningún rastro. A la enamorada Nùria le costó convencerse de que Josep fuera capaz de haber hecho algo tan lamentable y, en caso de que lo hubieran atrapado, tan condenable. Si por lo menos le hubiera escrito una pequeña nota, si por lo menos se lo hubiera dicho… No es que ella lo hubiera aprobado, pero lo quería mucho; lo quería tanto como para abandonar a su pareja -tras un año de matrimonio- e irse con él de un modo relativo, porque Josep, de momento, prefería seguir viviendo solo. Después de todo aquello, Nùria fue despedida del bufete. Su relación con Josep la hacía sospechosa de complicidad pese a que nada se pudo demostrar. Años después, Nùria Oliver trabajaba como cajera en un Mercadona, un puesto de trabajo que distaba de satisfacer sus ambiciones laborales. El delito de Josep le impidió trabajar en cualquier otro bufete de la ciudad. Se quedó sin pareja estable, sin Josep y sin un empleo que había conseguido con grandes sacrificios. Durante un tiempo albergó la esperanza de que Josep la llamara desde cualquier país. Ella habría ido a su encuentro, porque le quería, no hacía falta decirlo, pero también porque sus perspectivas profesionales eran más bien difíciles. Pasado un año sin recibir noticia alguna, la esperanza y el cariño se convirtieron en el rencor de una mujer engañada.

Aquel día Nùria tenía el turno de dos a nueve de la noche. A las dos y media, la hora más tranquila, siempre hojeaba los periódicos que cogía de los despachos del departamento de contabilidad. Nùria era aficionada al fútbol, del Levante, por tradición familiar y lugar de nacimiento: el distrito Marítimo. Como a casi todos los lectores, le llamó la atención el despliegue informativo de El Liberal a propósito de la nueva estrella del Valencia. Observó con atención y envidia deportiva la gran foto de Bouba en la portada. Pasó las hojas hasta llegar a la sección de deportes. El fichaje que la abría ocupaba dos páginas completas con datos biográficos del crack, sus estadísticas como jugador, las declaraciones, cuatro fotos y un apartado dedicado al mecenas: Juan Lloris, candidato a la presidencia del Valencia con el aval del senegalés Ndiane Bouba, sensación de los últimos mundiales. Nùria reconoció a Josep Valles al instante pese a que llevaba el pelo muy corto y su postura, encargándose de recoger dos maletas, no era la más clara para identificarlo. Leyó toda la información. Subrayó el párrafo que decía que los dos intermediarios, Celdoni Curull y Toni Hoyos, llevaban varios días en Valencia negociando el fichaje con Juan Lloris. Entonces recortó la foto y atendió a una señora que, impaciente, esperaba que le cobrara un carrito lleno a rebosar.

En la sede del Front, en el despacho del secretario general, Vicent Marimon y Francesc Petit se habían comido un bocadillo solos para evitar que los molestaran, y en aquellos momentos tomaban café. Estaban preocupados.

– ¿Cómo puede ser tan inconsciente tu cuñado? Ha aparecido en todas estas fotos.

– Por lo que me ha dicho, suponían que no habría prensa. Al parecer ha habido una filtración, pero en cualquier caso es un inconsciente.

– Vicent, tu cuñado tiene que largarse.

– Ya sabes que no ejerzo ningún tipo de influencia sobre él. Me tiene bien cogido por los huevos.

– Por lo menos que se esconda.

– Curull sospecharía. Además, hasta la asamblea del club le necesita. Si Lloris no es presidente no hay trato sobre Bouba. Mañana por la mañana dan una rueda de prensa. Le he dicho que se mantenga en un lugar discreto.

– Una vez salvado el escollo de Lloris, sólo faltaría que el pelanas de tu cuñado nos metiera en un lío.

– Lo mejor es que cobre y se esfume, y que nosotros nos olvidemos de todo.

– ¿De todo?

– Incluyendo el porcentaje para la nueva sede.

– ¿Cómo quieres que renunciemos a cuatrocientos o quinientos kilos? Nosotros hemos sido el auténtico motor de esta operación.

– Tendremos problemas. Siempre que hay tanto dinero de por medio los tenemos. Ya pasamos por una experiencia similar.

– Necesitamos una nueva sede.

– Pacta un crédito con Bancam con la ayuda de Júlia Aleixandre.

– Ya he pactado un crédito enorme para Lloris. No tengo más margen de maniobra en ese sentido. El dinero tiene que salir de Bouba. Además, desde el punto de vista profesional es algo legítimo. Hemos ejercido de intermediarios para que viniera. Eso es trabajo, ¿no? Sin nuestra participación no habría nada de nada. Lo justo es que nos den una parte.

– El problema es que hay pocas partes y muchos participantes. ¿Una parte, dices? Te voy a decir lo que te darán…

– Por saco.

– Exacto. Y gracias.

– No me parece justo.

– Pues es justísimo. Nosotros hemos intervenido para que Lloris nos dejara tranquilos. Con eso ya hemos cobrado.

– Una putada -se lamentó Petit pensativo-. De este negocio hasta el inútil de tu cuñado sacará algo… -Petit se levantó de la butaca-. Se me ocurre una idea, pero… nada, nada, mejor que me olvide.

– ¿Qué idea?

– No, no… más vale que lo dejemos estar. Ha sido una mala ocurrencia.

– Dímelo, que hay confianza.

– Es que… -Volvió a dudar.

– ¡Coño, dímelo! Me has dejado intrigado.

– Te lo cuento, pero no me hagas caso.

– Muy bien.

– Pues había pensado que podíamos amenazar a tu cuñado.

– Francesc…

– Vale, de acuerdo, no sigo.

– No, si a mí me parece cojonudo amenazar a mi cuñado y que no sea él quien nos amenace.

– Podríamos decirle que le denunciaremos si no nos consigue una parte para el partido.

– Deberíamos considerarlo.

– ¿Qué deberíamos considerar?

– Qué es más peligroso, si denunciarle (piensa en mi mujer y en mi suegro) o que no cobremos nada. Yo soy diputado y quizá los conservadores o los socialistas se aprovecharían del asunto para darle relevancia en los diarios. Mi cuñado es consciente de ello y se aprovecha.

– ¿Se aprovecha? Me imagino que será peor pasarse unos años a la sombra.

– Déjame pensarlo.