– Sí, pero supongo que hoy no es mi papel exigir.
– Supones bien, pero abriré la ventana.
La abrió. Frotó el puro contra el cenicero y volvió a encenderlo. Tras unas caladas ansiosas expelió el humo hacia el techo.
– Júlia, no queremos formar parte del Govern.
– ¿Por qué?
– Estamos mejor fuera. Aún no lo tenemos decidido, pero a lo mejor nos votamos a nosotros mismos y facilitamos que asumáis el Govern.
– ¿Nos lo facilitarás?
– En principio, sí.
– No he venido en busca de un acuerdo a corto plazo.
– Entonces tendrás que darme todo lo que te pida.
– Te haré una oferta: la Conselleria de Cultura i Educació, la de Medi Ambient y un senador en Madrid.
– Es poco.
– Sólo tienes el siete por ciento.
– Grave error: lo tengo todo gracias a una Ley Electoral que os ha permitido durante años, a vosotros y a los socialistas, repartiros el poder.
– Ten cuidado, si abusas, los electores no te lo perdonarán. No te perdonarán que, por tu culpa, haya caos y desgobierno. La gente espera que seáis responsables. De hecho, habéis obtenido un buen resultado porque os habéis moderado.
– ¿Entonces no ha sido por la maleta de Lloris?
– Ya me entiendes: todo ayuda.
– Debes de saberlo muy bien.
Júlia obvió la respuesta. Le interesaba ir al grano:
– Si lo piensas bien, la oferta es espectacular teniendo en cuenta las expectativas políticas que teníais.
– Situémonos en el presente.
– ¿Querrías hacerme el favor de apagar el puro? Me cuesta hablar en un ambiente tan cargado.
Francesc Petit apagó el puro. Le apetecía después de una noche larguísima, en la que había fumado demasiados. De un cajón de madera sacó un ambientador.
– Soy alérgica a los sprays.
Dejó el ambientador en el cajón y volvió a la butaca. Le miró las piernas de refilón. Se la imaginaba puro fuego en la cama. También se la imaginaba en un restaurante: incapaz de pedir una ensalada con naturalidad.
– Te seré muy sincera: no podemos darte la Conselleria d'Obres Públiques por una razón que, como político profesional, entenderás perfectamente. Tenemos muchos proyectos iniciados y somos responsables de ellos ante la sociedad.
– Y ante los empresarios que os han ayudado.
Volvió a obviar la respuesta. Lo hizo con tablas.
– No tenéis experiencia en obras públicas. Es distinto en el ámbito educativo y el medio ambiente. Dispones de muchos pedagogos y ecologistas. Nosotros cederíamos a vuestras pretensiones en esos campos.
– ¿Dejándonos la política lingüística?
– Sí.
– Pues claro, como os importa una mierda. Tira más el cemento que el acento.
– Sólo pretendo llegar a acuerdos satisfactorios para ambas partes.
– ¿Y si no acepto?
– Romperé la negociación y tendrás que explicar tu postura a los ciudadanos.
– ¿No harás nada más?
– Sí: resucitaremos el partido Unión Valencianista, cueste lo que cueste, y con ellos volverá el anticatalanismo, un elemento de la política valenciana que os ha hecho mucho daño.
– Sin escrúpulos, como siempre.
– He venido a negociar, pero no me dejas otra alternativa.
– Negociar no significa aceptar todo lo que digas por obligación.
– Pues pide razonablemente.
– Escúchame bien. -Petit puso cara de pocos amigos-. Voy a hacerte una lista de nuestras peticiones y no pienso ceder ni un milímetro. ¿Lo has entendido?
Júlia no dijo nada.
– ¿Lo has entendido o no?
Asintió con la cabeza. Era lo bastante inteligente para saber que estaba tocándole las narices.
– Queremos dos conselleries, la de Medi Ambient y la de Cultura i Educació, porque exigiremos el requisito lingüístico. Queremos pactar el director general de Ràdio Televisió Valenciana. Queremos que destinéis una buena partida del presupuesto general a los ayuntamientos que gobernamos. Queremos una Ley de Comarcalización, que está en el Estatut. Queremos la recuperación del derecho civil valenciano. Somos los únicos de la Corona de Aragón sin derecho propio. Queremos, en efecto, un senador en Madrid, pero también un diputado en el Parlamento central.
– ¿Has terminado ya?
– Creo que sí.
– Entonces, ¿puedes explicarme cómo podemos hacer que tengáis un diputado en Madrid?
– De dos formas: movilizáis a vuestros empresarios, les decís que si les pasamos la gorra nos atiendan con amabilidad. También nosotros queremos una nómina de ayuda permanente, como los socialistas y vosotros. Y también tenéis que movilizar a toda vuestra prensa adicta. Con eso y con nuestra habilidad política tenemos muchas posibilidades.
Júlia Aleixandre simuló estar pensativa, como si las peticiones de Petit hubieran sido excesivas. Lo eran, pero no tocaban nada primordial para los conservadores, con la única excepción del nombramiento pactado de Ràdio Televisió Valenciana. En algo tendrían que ceder mientras no fuera en la Conselleria d'Economia i Hisenda o, peor aún, en la d'Obres Públiques. En ella se jugaban buena parte de su futuro político como partido hegemónico, ya que habían proyectado la «Ruta Azul», que, junto al eje Elx-Novelda y el proyecto para la comarca de la Plana -con el aeropuerto de Castellón incluido-, representaba el nuevo modelo territorial para el País Valenciano, al margen del parque temático Mundo Mágico y un circuito de motociclismo en el término municipal de Gabanes, ambas obras previstas al inicio de la legislatura. Tenían muchos intereses creados con la gran patronal. La Ruta Azul planeaba unir el puerto de Valencia con el de Sagunt, a fin de competir con el de Barcelona, pero, sobre todo, pretendía proyectar zonas residenciales, circunstancia que había despertado el entusiasmo especulador de las empresas urbanizadoras más potentes.
– Tus peticiones superan con creces lo que habíamos previsto.
– Todas son imprescindibles para nosotros. Si tocáis una sola no habrá pacto. Y no me importará explicarlo todo ante la opinión pública.
– Tengo que consultarlo.
– Lo entiendo. -Petit miró su reloj-. Dentro de una hora Josep María Madrid vendrá a la sede. Mañana quiero una respuesta.
– ¿Mañana? ¿Es que no has negociado nunca?
– Mañana por la noche, para que tengáis más tiempo de reflexionar.
– A eso lo llamo yo asfixiar.
– Ahora soy yo quien puede hacerlo.
– Espero que no se te vaya la mano.
– De ti depende. Seguro que con tus encantos convences al president.
– Contigo no me han servido de nada.
Mejor que no lo intentes, pensó Francesc Petit.
Ambos sonrieron. Ella no evitó lanzarle una sugerente mirada. Ante la puerta del despacho, Petit volvió a darle un beso y la dejó con la prensa, ávida de noticias. Una empleada de la sede acompañó a Júlia hasta la sala de reuniones para que los periodistas pudieran interrogarla. El líder del Front encendió el puro apagado y, repasando los periódicos (todos hablaban de él de forma destacada), esperó la segunda visita histórica del día. Josep María Madrid se adelantó media hora (según dijo a la prensa posteriormente hubo un malentendido en el horario) y se cruzó, ya en la calle, con Júlia. Hablaron un instante. Los periodistas no pudieron oír lo que decían. A lo mejor recordaron la época en que, por suerte, aún pensaban en los problemas que tendrían si el Front alcanzaba el cinco por ciento.
Josep Maria Madrid fue recibido con mucha cortesía pero a la vez con soterrada desidia. En el pasado (más bien remoto), habían coincidido puntualmente en sus posturas contra los intereses de la derecha autóctona. Pero el tiempo no pasa en balde y ahora Petit (lo había urdido todo cuando por fin se encontró solo, de madrugada, en su piso) consideraba que gobernar con los conservadores les haría salir más reforzados políticamente, ya que, a ojos de miles de valencianos que desconfiaban de ellos (de los antecedentes radicales que arrastraban), pasarían a ser un partido «normal», un partido con responsabilidades y capaz de gobernar bien el área que le correspondía. Lo había decidido en su afán de convertir al Front en la Convergencia i Unió valenciana, la única opción pragmática que les facilitaría crecer. Además, gobernando con los conservadores (le resultaba molesto llamarlos la derecha), obligarían a éstos a aceptar postulados nacionalistas, circunstancia que probablemente les crearía conflictos internos con sus sectores más retrógrados, además de que ellos satisfarían el posibilismo de sus militantes y simpatizantes más exigentes, los que, en definitiva, no querían el poder a cualquier precio. De ahí que Francesc Petit no pusiera como condición ineludible la Conselleria d'Obres Públiques. La lista de peticiones era suficiente, buena para el Front y un cierto «trágala» para los conservadores sin necesidad de forzar una ruptura que, por su pasado político más extremado, no les interesaba.