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Marimon prefirió callar mientras pudiera.

Situado en la puerta de entrada a la sala de prensa, Santiago Guillem lo observaba todo más que sorprendido. Llevaba años sin asistir a un acontecimiento de tal magnitud. Recordó algunos de los grandes fichajes de la historia del Valencia: Kempes, Mijatovic, Romario… La presencia de Bouba superaba con creces cualquier expectativa. También el hecho de que Guillem asistiera levantó algo de expectación entre ciertos colegas, ya que no era nada habitual verlo en actos de aquella calaña. Había ido para conocer en directo a Lloris, para hacerse una idea del personaje pese a que ya lo intuía. Lloris no lo defraudó:

– Sólo quiero decirles una cosa a los aficionados del Valencia. No haré el sacrificio de abandonar mis negocios, el sacrificio de complicarme una vida resuelta, para no conseguir nada. Mi deseo, mi aspiración irrenunciable, la ambición por la que trabajaré sin descanso, es convertir al Valencia en campeón de Europa. He traído a Bouba, el jugador con más proyección mundial del momento. Pero si hace falta, si el Valencia lo necesita, buscaremos donde sea para conseguir a los mejores cracks. La mejor afición del mundo se lo merece. Por ellos, lo sacrificaré todo. El Valencia ya tiene un conjunto, un bloque compacto que le ha dado algunos éxitos, pero le falta la guinda del pastel. Quiero un equipo que sea incontestable en Europa, que sea el orgullo de todos los valencianos.

En un intento de contenerse, siguiendo los consejos de Curull (que vigilaba con celo empresarial cualquier exceso en que pudiera incurrir el candidato), Lloris transmitía lo que le interesaba de cara a la asamblea del club. El objetivo era centrar sus aspiraciones en lo que con más fervor deseaban los aficionados.

Marimon pidió un bíter. No quería responder a la pregunta de Nùria.

– Dime, ¿qué crees que debería hacer con tu cuñado?

– No lo sé, es algo muy personal.

– Abandoné a mi marido, perdí el mejor empleo que he tenido en mi vida por su culpa. ¿Sabes?, estoy de cajera en un supermercado.

– Nùria, te entiendo y comprendo que estés ofendida.

– Él es un prófugo, un delincuente.

– Si quieres vengarte puedes hacerlo. Pero deberías considerar la magnitud del escándalo. Hay mucha gente implicada que se vería perjudicada. Piensa en los miles de aficionados que están ilusionados con todo esto. Jugar con los sentimientos…

– ¿Y qué hay de los míos?

– Claro… lo entiendo. -Marimon recordó que Nùria era del Levante, enemiga en lo deportivo del Valencia. Todo iba tal como había planeado en los servicios-. La verdad es que te hizo una putada enorme, imperdonable. Pero si quieres devolvérsela hay mejores formas de hacerlo que denunciándole.

– ¿Cuáles?

Impulsado por su solipsismo, con la ayuda de la extraordinaria desmesura de su ego, Juan Lloris se sentía el amo del mundo. Los micrófonos en la mesa, los numerosos periodistas que estaban escuchándole -presentía que le apoyaban-, el crack de mayor proyección mundial a su lado… Durante muchos años había soñado con algo así.

– Soy un hombre que se ha hecho a sí mismo. No retrocedo ante nada ni nadie. Acepto los retos con ilusión y coraje. Soy valencianista desde niño. Un niño que no cenaba si el Valencia perdía -exageraba un poco: no sólo se tiraba a las gallinas, también se las zampaba-. Siempre he tenido, como buen valenciano, la aspiración de presidir el club de mi vida, pero todavía tengo más ganas de convertirlo en un equipo de referencia mundial. Las ciudades son lo que son por sus equipos, porque las representan. A Valencia se la respetará porque once hombres se dejarán la piel por sus colores. Exigiré disciplina y resultados. Me comprometo ante todos vosotros, ante todos los aficionados. Palabra de Juan Lloris.

El discurso arrancó aplausos a una parte de los periodistas. Sentado junto a él, Curull le dio dos golpecitos en la rodilla. El primero servía para felicitarlo, el segundo le rogaba que no se excediera. Para Santiago Guillem todo era nuevo: jamás había visto que los periodistas se comportaran como aficionados en una rueda de prensa.

La ovación llegó a escucharse en el hall del hotel. De hecho, Toni Hoyos se emocionó al entrar. Los aplausos de los periodistas indicaban que todo iba bien. En cambio no oyó la voz de Vicent Marimon, que lo estaba llamando. El secretario de finanzas salía de la cafetería corriendo. Lo detuvo prácticamente en la puerta de la sala.

– Josep… digo Toni.

Hoyos se dio la vuelta.

– Caguendéu, Vicent, no me des esos sustos. Métete en la cabeza de una puta vez que soy Toni Hoyos.

– Me da en la nariz que vuelves a ser Josep Valles.

– ¿Qué coño estás diciendo?

Marimon prefirió ser directo:

– Nùria está en la cafetería.

– ¿Nùria? ¿Nùria Oliver?

– Tu ex novia.

– Me voy.

Se hubiera ido. Intentó hacerlo.

– ¿Adónde? Si te vas te denunciará. Además, aún no has cobrado. Estás sin blanca.

– ¡Hostia puta! ¿Qué quiere?

– Denunciarte. Está más que decidida. Créeme.

Hoyos se pasó la mano por la nuca. Precisamente ahora, cuando todo estaba a punto de dar resultado. Pensó en el tópico del criminal que siempre vuelve a la escena del crimen. Auténticas olas de paranoia lo asaltaron en aquel mismo instante.

– Estoy perdido -desolado.

– Y tanto. -Marimon se mostró preocupado-. No sabes lo ofendida y molesta que está.

– ¿Cómo ha venido…?

– Tu dichosa inconsciencia. Te ha reconocido en el diario.

– Oye, ¿tan ofendida está?

– Bastante. Pero a lo mejor me queda alguna alternativa.

– ¿De verdad serías capaz de hacerlo por mí?

– Por el partido. -Sonrió.

Estratega, hombre de mundo (a la fuerza), delincuente habitual, Toni Hoyos entendió de inmediato la situación.

– ¿Quieres salvarte?

– ¿Cuánto me costará?

– Necesitamos otra sede.

– Oye, Vicent, no seas abusón. No te aproveches de mis problemas. Tengo mis límites financieros. Bouba no es de mi propiedad.

– No quiero que la pagues toda, pero la mitad…

– ¿La mitad? ¿Tú eres consciente de lo que me estás pidiendo?

– ¿Tú eres consciente de quién está en la cafetería?

– ¿Cuánto crees que puedo sacar de mi comisión del fichaje?

– ¿Pongamos que cuatrocientos?

– ¡Te has vuelto loco! Ni una cuarta parte.

– Conociéndote lo dejaremos en cuatrocientos.

– Te juro por lo que más quieras que es cierto. No lo he hablado aún con él, pero Curull me ha dado a entender que la comisión será aproximadamente de esa cantidad.

– Procura que sea aproximadamente superior. Tendremos que darle una parte a Nùria. Está más que ofendida.

– ¿De modo que lo único que quiere es dinero?

– ¿Qué pretendías, que te siguiera queriendo? La he convencido yo, y no creas que ha sido fácil. Pero bueno, siempre te quedará la posibilidad de escaparte con ella y ahorrarte cien kilos.

– ¿Cómo quieres que me vaya con una tía capaz de hacerme algo así?

– Tienes toda la razón. Yo tampoco lo haría. Nos pagas doscientos y asunto zanjado. Puedes darme las gracias.

– ¡No me toques los huevos! ¿Sabes qué voy a hacer?

– Te escucho.

– ¡Me voy a entregar! Tú también saldrás perdiendo.

– Hazlo. Irás a la cárcel y te quedarás sin los doscientos que te corresponden, por no mencionar que los aficionados del Valencia te caparían por frustrar la operación. Con un escándalo de tal magnitud Juan Lloris no será presidente y Curull no hará negocios de ninguna clase. Nuestro problema era Lloris y ya está resuelto. ¿Quieres entregarte? Perfecto, voy a decirle a Nùria que te denuncie. Lo hará encantada: te odia y es del Levante.

Marimon se volvió y dio unos pasos hacia la cafetería.

– Un momento. No te vayas. Hablemos.