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– ¿Y si el Levante llega a jugar en primera? -preguntó Lloris.

– Mejor, el Valencia tendría seis puntos antes de empezar la Liga -afirmó Puren.

– Eso es muy delicado -Curull, reticente.

– Si le hacen falta los puntos…

– Si le hicieran falta ya hablaríamos.

– Como los equipos vascos, que cuando es necesario se ayudan entre ellos.

– Bueno, señor Lloris, si a usted no le parece adecuado, me lo dice. Tengo que replantearme lo que voy a hacer con mi club de Senegal.

– Primero tengo que aclararme con el Valencia. Luego ya estudiaremos si conviene o no comprar el Levante.

– Esté muy atento. Tengo la sensación de que a la empresa que lo ha comprado no le molestaría demasiado venderlo. Tenga en cuenta que el estadio y las instalaciones son de su propiedad. Es un club solvente. Y otra cosa: el asunto de los intermediarios. Como usted puede imaginar, los conozco bastante bien. Ojo con declararles la guerra. Hoy en día son ellos los que tienen la sartén por el mango, sobre todo los que representan a jugadores importantes. Mano izquierda y diplomacia.

– Ocúpate de ellos.

– Por usted, lo que haga falta.

– ¿Algo más?

– El contacto con las peñas ya está prácticamente diseñado. Durante casi todos los días que faltan hasta la asamblea asistirá a dos o tres actos diarios. Bouba lo acompañará. Y también Puren. A propósito, Puren ha conseguido que unas cuantas peñas lleven pancartas en el próximo amistoso del Valencia.

– ¿Qué dirán?

Puren leyó una nota:

– «Lloris y Bouba nos harán campeones», «Europa a los pies de Bouba», «Con Bouba, Champions y Liga»…

– Situadas en puntos estratégicos del estadio -intervino Curull.

– «Bouba, orgullo de los valencianistas»…

Demasiado Bouba, observó Lloris.

– En la última cambia el nombre de Bouba por el mío.

– Lo que usted diga, presidente.

– Por cierto -el crack dormía en la silla-, no olvidemos que tiene que entrenarse todos los días.

– Se me ha ocurrido algo -dijo Lloris-. ¿Por qué no organizamos un partido de presentación para los socios?

– ¿Ahora? ¿Antes de la asamblea?

– Sí.

– Imposible, el consejo no le cedería el campo.

– Hablemos con los del Levante.

– Es algo que los socios no verían con buenos ojos -dijo Puren.

– Además, podría lesionarse -Curull, siempre pensando en el club-. Dejémoslo estar. Que se entrene en el coto y sin perder la forma.

Hoyos salió de la casa.

– Toni, estaba pensando en ti. Eres el responsable de que Bouba se entrene a diario. -Curull miró qué hora era-. A las seis que haga footing. Lleva unos días inactivo.

Inactivo, inactivo…, pensó el tío Granero, sentado en un banco de piedra junto al horno de albañilería y fumándose una rabasseta de Alboraia. Curull y Lloris debían volver a la ciudad. Tenían cita con un abogado que estaba preparando el contrato. Antes de subir al coche, Curull le dijo a Hoyos en privado:

– Eh, quería felicitarte.

– ¿A mí?

– Pues claro, hombre. Lo que has hecho por los muchachos del Front…

– Oye…

– No tienes por qué darme explicaciones. Como buen catalanista, te entiendo. Yo habría hecho lo mismo con Esquerra. Me alegro, porque Lloris no quería darles nada. Que sepas que aún te quedará un buen pellizco.

– ¿De cuánto?

– Cuando todo se arregle ya hablaremos.

Lloris lo llamó. Hoyos se quedó algo preocupado: los pellizcos económicos de Curull no eran de los que dejan una huella imborrable en la memoria. El tío Granero apagó la rabasseta y entró en la casa. Se fue a la cocina a hablar con su mujer:

– Maria…

– ¿Qué quieres? ¿Es que no ves cuánto trabajo tengo? -Fregaba enérgicamente la cazuela de la espardenyà-. Hace días que Claudia parece en las nubes y no me ayuda en nada.

– De eso quería hablar contigo.

– ¿De qué?

– El mozalbete…

– ¿Qué mozalbete?

– El morenillo.

– ¿Qué pasa con él?

– Que hace cosas con la novia del sinyoret.

– ¿Cosas? -Dejó la cazuela y se quedó mirándolo-. ¿Qué cosas?

– Joder, Maria, ¿te lo tengo que explicar todo? Desde que ha venido no ha parado dale que te pego…

– ¿Y tú cómo lo sabes? -Considerándolo se le resbaló un vaso en la pila y se hizo añicos.

– Yo… yo…

– ¡Qué poca vergüenza tienes!

– No, si encima tendré yo la culpa. ¡Me voy!

19

Francesc Petit y Oriol Martí habían quedado en la cafetería del Sidi Saler. A quince kilómetros de la ciudad, el Sidi era un hotel básicamente para extranjeros. A mediodía la cafetería era un lugar discreto y tranquilo. Oriol se presentó con ropa deportiva. Venía de jugar al golf, del campo del parador del Saler. Petit, de Castelló de la Ribera. Había pasado el fin de semana con sus padres, a los que iba a ver de vez en cuando, especialmente ahora que tan orgullosos estaban de comprobar que su hijo, tras tantos años siendo un político marginal, tras tantas angustias por su futuro profesional, se había convertido en un importante político. Ambos se saludaron en la barra. Enseguida decidieron trasladarse al bar del jardín. Hacía un día espléndido, no demasiado caluroso aunque la sombra fuera imprescindible. Lo cierto es que aquél era el mejor verano que se recordaba, lejos del aplastante bochorno húmedo de la zona y con el pluviómetro en niveles más que aceptables. Se sentaron a una mesa bajo una sombrilla multicolor, parecida a la bandera de La Rioja. Petit pidió un martini seco; Oriol una coca-cola light.

– Te felicito, todo ha salido a pedir de boca.

– Supongo que me has llamado para que evaluemos el favor.

– No tengo prisa, pero me satisface mucho comprobar que la idea de convertir a Lloris en presidente del Valencia fue acertada -se felicitó Oriol.

– Todavía no lo es.

– Lo tiene a huevo. La prensa está de su parte. Con Bouba, su candidatura, la asamblea… se venderán más periódicos. Sólo algo impensable podría impedirle alcanzar la presidencia.

– Algo impensable -repitió Petit sonriendo-. Seguro que Lloris tiene muchos asuntos impensables que esconder. Tú debes de conocer algunos.

– Alguno que otro, sí.

– ¿Ya te han pedido que los cuentes?

– ¿Tú qué crees?

– Pues que seguramente algunos miembros del consejo de administración del club te han llamado a consulta.

– Los conservadores. Están acojonados.

– ¿Por qué?

– No lo sé exactamente, pero te aseguro que están muy nerviosos. Y no acabo de entenderlo.

– Yo tampoco.

– Según ellos, desde la presidencia Lloris les puede hacer mucho daño. Pero no veo que eso sea tan primordial para que de repente se hayan puesto así.

– ¿De verdad es para tanto?

– No lo sabes bien.

– Te han llamado para que les digas algo que pueda frenar a Lloris.

– Sí.

– ¿Qué les has dicho?

– Nada.

– ¿Por qué?

– He pensado en ti.

– Tu sensibilidad me conmueve.

– Se trata más bien de algo profesional. Ahora que Lloris ha dejado de ser un obstáculo, vosotros volvéis a ser la clave de todo. Y más que nunca.

– ¿Y eso?

– Ya no tienes ningún compromiso con Júlia.

– Tengo un compromiso verbal.

– La han despedido.

– ¿Cómo dices?

– Despedida. Por tu culpa. El pacto contigo le ha costado el cargo. Me la imagino bastante desolada. No le queda otra salida que no sea la de ser una funcionaria cualificada.