– Yo empezaría por un musical de Betty Gra-ble y remataría con aquella de Don Ameche, El Diablo dijo no, también dirigida por Lubitsch, santo patrón de nuestra reunión en el Paraíso. Fue la última película completa que rodó, el pobre, y ya tuvo un ataque al corazón mientras organizaba aquel infierno en colores pastel, tan exquisito como su conocimiento de los agridulces senderos del amor.
– Pues mira, sí, me apetece -asintió Manolo-. Una de buenas piernas y otra de talento. ¿Quién da más?
Sorbí la cerveza con fervor, e hice lo posible para que su sabor me sorprendiera, porque a los diez u once años ni siquiera una adelantada como yo había probado el preciado líquido inventado por los egipcios. Y no quería recordar mis cervezas posteriores. Quería experimentar el primer sorbo, el primer aroma, la primera espumilla pegándose a mi nariz.
– Mmmmm -me relamí-. No deseo irme de este lugar, sea lo que sea. La cerveza, el café, las castañas y la vida saben igual que huelen. No como ahí abajo, en donde la realidad todo lo estropea.
– Quien se autocita, con algunas modificaciones, eres tú -dijo Terenci-. Y sólo para hablar de
lo que no sabes. No sabes lo que es morir. De modo que chitón. ¡Tú no abras la boca hasta que meen las gallinas!
– Anda, eso lo solía decir mi madre -comenté.
– Y la mía -añadió Manolo-. Todas las madres del Barrio compartían un vocabulario similar.
– ¡Qué gran título se me ocurre para un libro que nunca escribiré! -se extasió Terenci-: ¡ «Todas las madres de Tebas»!
– ¡Chisssssst! ¡ A ver si dejáis de darle a la sinhueso, maleducados! ¡Callad o daré parte al camarero y os detendrán por delincuentes juveniles o rebeldes sin causa! ¡A vuestra edad, bebiendo cerveza, habráse visto!
La bronca procedía de una voluminosa señora, sentada a la mesa de atrás y acompañada por un marido resignadamente mineral.
Nos echamos a reír. Era fabuloso. Habíamos convocado a una auténtica matrona del Barrio.
Varias horas más tarde, todavía con las imágenes de la elegante antesala del infierno en la retina, renové la defensa de mi postura.
– Podéis pensar lo que queráis -expuse con firmeza- pero, si de mí depende, no vuelvo, no vuelvo, ¡y no vuelvo! ¿Estáis locos? ¿Otra vez a sufrir? ¿Otra vez a penar? ¿Para qué? ¿Para finalmente palmarla, y a saber si entonces os localizaré, dado que los pasadizos de Por Acá resultan tan evanescentes? ¡Hagamos que me desenchufen! ¡Y corrámonos después una buena juerga!
Terenci me pasó el brazo izquierdo por los hombros y me atrajo hacia él.
– ¿Cuánto tiempo hace que vives sin que nadie te haga daño? -preguntó.
Me pareció una extraordinaria indiscreción, viniendo de un muerto. Siguió:
– ¿Sin amar, sin dar, reservándote, momificándote, amojamándote por dentro?
Me volví hacia Manolo. Asintió con método, una cabezada tras otra, mientras sostenía con el índice las inexistentes gafas.
– ¿Crees que el destino del cirio que no arde es mejor que el del que se consume? -continuó Terenci-. Simplemente, no da luz. ¿Cuánto tiempo hace que no te arriesgas, que no te la juegas? ¿Eras o no una aventurera? De eso presumías, al menos, cuando te entrevistaban. ¿Crees que el hecho de envejecer te autoriza a traicionarte? ¿Crees que puedes permitir que la traición a ti misma te autorice a envejecer de la peor manera?
Me alcé cuan alta era, que era poco, pues seguíamos en la infancia -no obstante lo inapropiado de nuestra conversación-, aunque nuestros atuendos habían cambiado por completo, convirtiéndonos en tres niños Victorianos de entre once y doce años, vestidos de lo más andrajoso.
– Fui una cronista que creó estilo, fui una todo terreno del periodismo, una escritora potable, una mujer admirada y seguida… Fui, fui, fui, fui… ¡Tertuliana y conferenciante! Si levantaba el teléfono, tenía con quien salir de día y de noche…
Manolo se incorporó, deshaciéndose de la mesa con un ademán enérgico.
– ¡ Se acabó Peter Pan! Basta de fábulas. -Manchas de sopa ensuciaban la pechera de su bata de colegio-. Recurramos al viejo Charles y similares.
Terenci sonrió con la cara llena de pecas, enmarcada por una cascada de bucles rojos: era An-nie, la huerfanita. En el musical de Broadway, naturalmente.
– «¡Tomorrow, tomorrow!» -cantó.
– Se acabaron los mañanas. Vayamos al ayer -propuso Manolo-. Al fantasma de la Navidad, o mejor dicho, al de la Nochevieja del ayer.
Me contempló significativamente. Lo cual significa que me contempló-contempló. Con intención. Sabía a qué Nochevieja se refería.
Retrocedí, secándome el sudor de las manos con mi mugriento faldón de delantal de criatura explotada en los muelles del Támesis, a finales del siglo diecinueve.
– ¡Es una trampa asquerosa! -sollocé-. Si no te hubieras muerto, Manolo, mis Nocheviejas habrían seguido transcurriendo en tu compañía y la de nuestros amigos. ¡Tuviste que marcharte, dejándome plantada!
– Nena, no fugis d'estudi -intervino Annie-. O, como dirían en la lengua de Corín Tellado, no te vayas por los cerros de Ubeda, o no salgas por peteneras.
– ¡Vaya otro! ¡Tú te largaste el primero, de
jándome sin aquellas fiestas de cumpleaños que ofrecías la vigilia de Reyes!
– Callaos y echemos un vistazo.
El fulgor de las estrellas nos envolvió.
9
Créanme. Existe algo más humillante que morir. Y es morir a medias, reencontrarse en el Otro Mundo con dos amigos del alma, ser feliz por ello, y que tales seres, con su inteligencia superior y su mayor experiencia de la muerte, hagan juegos malabares para devolverla a una al puto mundo real. Para arrancarme de su compañía y entregarme a la soledad.
En cuanto se disipó el engañoso polvo de estrellas que nos nimbó a modo de interludio, supe que se habían confabulado contra mí y que, en su afán de que aceptara mi regreso a la vida, estaban dispuestos a valerse de los más rastreros trucos de su -nuestro- oficio, acorralando al personaje hasta obligarle a asumir la historia imaginada para él. No había huida posible. Pero yo no era una criatura de ficción. ¿Lo era? Y en caso afirmativo, ¿de qué ficción? ¿La de mis amigos?, ¿la mía?
«Ay, que les veo venir», me dije.
No me prepararon la navideña escena dicken-siana cuya moraleja -arrepentimiento del protagonista y firme propósito de enmienda, tras con-
templar desde la perspectiva del castigo sus malas acciones del ayer-, a fuer de repetirse hasta la saciedad, resulta ineficaz e incluso entrañable, que es lo peor que le puede suceder a una lección moral. No, no convocaron para mí un cuadro de ficción victoriana en el que yo, como una señorita Scrooge algo más animosa y lozana que la versión masculina original, me enfrentaría a mis errores y mezquindades, entre un arrastrar de herrumbrosas cadenas y un crujir de monederos falsos, y, como consecuencia, comprendería cuan injusta había sido mi conducta para con los demás, etcétera.
Tampoco me hicieron regresar, como había temido, a mi última Nochevieja, a la cena de mujeres -que ni siquiera eran amigas mías- que celebramos en un restaurante medio vacío, para fantasear con un futuro cautamente tutelado.
Escritores como eran, incluso muertos, mis amigos adaptaron para mí algo infinitamente más terrorífico, tanto en el aspecto humano como en el literario, dentro del repertorio más recurrente del género atormentado en primera persona del singular.
¡Un monólogo interior!
Ellos, en quienes deposité mi confianza hasta el punto de querer dar la vida -o los tubos que me ataban al mundo- para continuar a su lado, me reservaban un encontronazo con mi más temida criatura de las tinieblas. La introspección. Esa zorra.