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Los aromas portuarios me tranquilizan, son los de mi niñez, los llevo en la sangre, pensé. Ocurra lo que ocurra, dadme un buen puerto para envejecer. Dadme un lugar en el que todavía queden oficios del ayer, palabras como cuerdas, manos como herramientas.

Me detuve unos instantes, haciendo el muerto en el aire, mientras fantaseaba sobre los acontece-res previstos para las próximas horas de aquel día prodigioso. ¡Alejandría! ¿Quién me hubiera dicho que regresaría a la ciudad más literaria del Mediterráneo, en compañía de mis dos amigos muertos! Sólo la visité en una ocasión, por un inolvidable motivo, y gracias a Terenci, que iba en una preciosa caja oriental, una esfera roja con adornos de oro que él habría aprobado.

Aquel atardecer arrojamos sus cenizas al mar de Alejandría, para que se reuniera con sus seres queridos de la Historia y de la Literatura, con sus evocaciones más hermosas. Un gato contempló parsimoniosamente al grupo que, entre lágrimas y versos de Cavafis, y las palabras del propio Terenci, escritas para la ciudad -«Brindo por Alejandría, la del gran sueño literario»-, despedía a nuestro príncipe de Egipto y de la calle Ponent. Pensamos que era él, transformado para la ocasión

en uno de aquellos mininos del Delta que tanto amaba.

Suspiré. Cuán frágil es el hilo que separa la vida de la muerte. No sentía el menor deseo de elegir embarcación. Me recogí la túnica y me dispuse a aterrizar majestuosamente en los peldaños del puerto. Para ahorrarme explicaciones: Terenci se había vestido de Ramsés al principio de Los diez mandamientos -la cabeza afeitada y una preciosa trenza azabache, signo de realeza juvenil, colgándole de un lado del cráneo- y Manolo iba de escriba, pero de escriba impertinente; no en vano había escrito en vida contra quienes escriben, redundo, al dictado de los mandamases, reproduciendo sus sinónimos, metáforas y otras argucias textuales con las que tratan de ocultar la verdad. Iba Manolo V el Empecinado más prometeico que jamás. Acorde con sus lealtades, lucía unas sayas rojas: el rojo clamoroso de los claveles revolucionarios portugueses.

– Amigos míos, ¡os quiero tanto! -exclamé, tras aletear unos segundos en torno a ellos-. Juradme que no estoy soñando.

– ¿Acaso no soñamos siempre? -repreguntó Manolo.

– Contra la realidad, contra la muerte, contra el olvido -precisó Terenci-. Más allá de este día, recuerda, reina, que los cuentos que nos contamos a nosotros mismos no siempre son los mejores, pero sí son los más necesarios.

Los cuentos… ¿Era un mensaje?, me detuve a

cavilar. Ellos, que leían mi mente, se apresuraron a cambiar de conversación.

– ¿Vas a lucir en Alejandría ese vestido que te ha cubierto en Barcelona o piensas que la ocasión merece algo especial? -se interesó Manolo.

Vacilé.

– Por primera vez en esta vida vuestra, no sé qué ponerme. La visita me desborda. Me encuentro algo alelada y vosotros conocéis el motivo. En especial tú, querido Terenci.

– Permíteme, tnujera. -El aludido me propinó un simpático empujoncito que casi me arrojó al mar-. Cierra los ojos, que te voy a convertir en la más deseada de Alejandría.

Obedecí. Abrí los brazos, en amable entrega. Una oscuridad nacarada se fundió en mis párpados y, con uno de mis sentidos en suspenso, me entregué, como cuando era pequeña, al disfrute de los otros cuatro. Olí el mar y sus estragos, sentí la brisa en mi piel, en el dorso de mis rodillas, en la placidez de mis ingles, entre las uñas y las yemas de los dedos. Jugueteó la brisa con mi cabello mientras yo aspiraba el alma mestiza de mi Mediterráneo. Sentía en la lengua la untuosidad de la brea, mezclada con la calcárea fetidez de las cagadas de palomas, la caricia de sustancias vegetales que se mezclaban, de la montaña al mar, componiendo un mosaico: hierbas, flores, frutos. Desde algún remoto lugar de las profundidades sonaron caracolas y sirenas de ambulancia, ruidos de intenso tráfico, mumullos en andenes, besos, voces, gritos, palabras de amor y de

nostagia, promesas y abandonos. El tañido de la vida barcelonesa se unió al repique de campanas de las iglesias y al canto de muecines en las mezquitas.

– Ya está, cuca.

Terenci me devovió a ¿la realidad? Llamémosla así. Me vi como nunca, ni antes ni después, volvería a verme. Hermosa, hechicera. Un vestido de noche negro, de piel de tiburón, me ceñía, y mi melena oscura y frondosa enmarcaba un rostro -no era el mío, desde luego- que, al pronto, no reconocí. A través del kohl que bruñía mi mirada, admiré a una criatura sinuosa e intensa, un cruce de Oriente y Occidente que me contemplaba, sardónica. Y, en efecto, la oración procedente de una mezquita espesaba el aire.

Fue Manolo quien reaccionó primero.

– ¡Justine! -casi gritó-. Collons, Terenci, qué hallazgo.

En efecto. Era Justine, y mi figura se reflejaba en los espejos del hotel Cecil, entre las quentias y las palmeras, los terciopelos y las molduras doradas, acompañada por un príncipe egipcio y un escriba rebelde.

– Y ahora -determinó Terenci- visitaremos tranquilamente la capital del vicio que inmortalizó Durrell. Apa, nena, para que luego te quejes.

De inmediato nos repantigamos en divanes forrados de seda y nos desmadejamos entre adamascados almohadones. Cada uno de nosotros fumaba de una pipa de agua. Aquello que inhalábamos no era tabaco.

– ¿Opio? -pregunté. Me pesaban los párpados, y no sólo por el maquillaje más que recargado.

– Qué menos -dijo Terenci.

A Manolo se le habían puesto los consabidos ojos de chinito. Del exterior llegaba un griterío de peleas, frases entrecortadas de borrachos, atrevimientos procaces en bocas de mujeres que imaginé medio desnudas, ofreciéndose en la calle a los marineros. Aquí el Mediterráneo amasaba en su fondo más corrupción y acontecimientos históricos de alcance mundial que en cualquier otro punto, y esta supremacía se expresaba mediante un tropel de aromas saturados de perfumes y de vómitos capaces de alterar la voluntad. Alfombras y tapices forraban la pequeña habitación, amueblada por un Terenci en la cúspide de su orientación orientalista.

– Cáscaras -quise proferir, pero la inocente exclamación se arrastró por los suelos, avergonzada de que la expusiera a semejante entorno pecador.

– Joder -rectifiqué, y ahora la palabra paseó su eco sin desdoro por las cuatro esquinas-. Qué oportunidad tan afortunada para que hablemos de sexo.

– ¿Sexo post mortem o de la tercera edad? -quiso precisar Manolo.

– ¿No viene a ser lo mismo? -respondí-. En este aspecto os puedo aleccionar, ya que cuando entré en coma era mayor que vosotros cuando moristeis. Una mujer siempre es más mayor, haga lo que haga.

– En lo que a mí respecta -señaló Terenci, simpático-, me apetece recibir lecciones de Justi-ne, quien por cierto resultó una lagarta de mucho cuidado.

– Son las que tienen éxito, las lagartas que están buenorras. Cuanto más engañosas y calienta-pollas, mejor. En cambio, la pobre Melissa nació para amar como una perra y así le fue.

El opio, o lo que fuera, ampliaba -si cabe- mi elocuencia habitual.

– A ver, a calzón quitado y aquí, en un momento del tiempo detenido antes de la segunda guerra mundial, y en una ciudad cosmopolita y podrida de depravación, contada por un escritor a quien no conocimos; en una Alejandría cuya existencia, por depender de la literatura, no tiene fin. Decidme aquí y ahora qué representaba el sexo para vosotros al final, por así decirlo, de vuestra trayectoria terrena.

Los otros callaron.

– ¡Hombres! -No estaba dispuesta a que su pudor repentino abortara mi discurso-. Los hombres, a nuestra edad, conquistan o alquilan carne fresca, no se recatan de utilizar dinero y prebendas para vampirizar la juventud ajena, para que alguien os mire como un borrego mientras vosotros os reinventáis. Es vuestro derecho -añadí, atajando un gesto de protesta de Manolo y un encogimiento de hombros displicente por parte de Terenci -. Pero una mujer de mi edad carece de elección. Pueden contarnos lo cine ciñieran los ma-