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nuales feministas o los cantamañanas de Hollywood. Ni Michelle Pfeiffer a los cincuenta años, no os digo ya sesentona, disfrutará de las ventajas que el sexo masculino tiene a su disposición no sólo por cultura, sociedad, hechos diversos o tendencias, sino porque la puta y maldita biología os favorece clarísimamente en la vejez. A nosotras, lo reconozco, nos hace madurar antes, pero como entonces no lo sabemos, nunca aprovechamos a tope esos años tempranos que jamás retornarán. El libre folleteo a los doce años está mal visto, salvo en las llamadas sociedades arcaicas.

Como su silencio se tornaba más contundente por momentos, proseguí, embalada.

– Ni nos miráis cuando sabéis que ya se nos caen las tetas, no importa que hayáis podido comprobarlo personalmente o no. La compasión de las mujeres, en cambio -presumí- nos impide recordaros que a vosotros también se os caen los huevos. ¡Y la Viagra! Qué injusticia, la Viagra. Gracias a su invento, cuando miramos a un anciano de cuyo brazo cuelga una muchacha rozagante, ya no podemos consolarnos pensando que, en la intimidad, el pobre no tendrá con qué satisfacerla. ¡Toda la noche con el trasto de un burro por mor de la ciencia farmacéutica!

– Os quedan las operaciones de estética -la sonrisa de Manolo era más bien despectiva.

– Tampoco sirven. Siempre habrá una mujer más joven y desacomplejada. ¡Nacen sin parar! Hay una reserva permanente en constante renova

ción, y las estructuras sociales, la hegemonía del hombre en los puestos de dominación, en el trabajo…

– ¡Cállate o te quito la pipa! -rebufó Teren-ci-. Qué pesada estás. Supuse que ibas a hablar de vicio.

– En cuanto a hombres y mujeres -Manolo se recolocó las invisibles gafas tocándose el puente de la nariz-, no sabemos nada de nadie, nadie de nada, nadie de nadie y nada de nada.

– Eso es verdad -coincidí.

Abandoné la conversación. Pero no del todo:

– Si queréis un último comentario…

– No podemos evitar que lo sueltes -se resignó Terencí.

– ¡El sexo no es tan trascendental como solemos entender! -exclamé, con la sabiduría que da un buen colocón en el Otro Mundo-. Aunque uno sólo lo comprende cuando ya ha follado mucho.

– Y lo más importante ¿sería? -se interesaron, algo burlones.

Lancé un torrente de humo antes de responder:

– La ternura, amigos míos. Y eso permanece. Puede que, últimamente, yo la tuviera algo embotada, pero ha vuelto, ¡ha vuelto! ¿No es extraordinario?

Levantándome del diván, antes de que pudieran contestarme, decidí:

– Salgamos de este ambiente viciado. Nos ponemos algo cómodo, pasamos por el Pastroudis,

nos tomamos una copa y, mientras, Terenci nos cuenta qué hizo Adonis por aquí y en qué puede ayudarnos. Después, algo inolvidable para mí sucederá de nuevo, y en exclusiva, para nosotros.

16

Soñando en Alejandría

– Qué rarezas.

– ¿Te refieres a nuestras actuales aventuras o al desorden cósmico integral?

– Este último periplo. La ida a Oriente. Como los Reyes Magos en dirección inversa. Buscando a un dios.

Manolo se repantigó en la silla de mimbre y sorbió su martini seco. Terenci, igualmente beatífico, hizo lo propio. Me sentía inquieta. Antes de instalarnos en el famoso café alejandrino se había impuesto un enésimo cambio de vestuario. Nos tocó lucir algodón crudo y sombreros panamá, siguiendo la moda tardo-colonial del instante histórico escogido. Mi falda tenía bolsillos de hendidura y busqué en ellos, infructuosamente, la pluma del Ángel Caído. La echaba a faltar. Él, situado por encima del bien y del mal, condescendía en mostrarse compasivo con los seres extraviados. A ratos, mis amigos se me antojaban tan errantes como yo.

El borde festoneado del toldo malva del Pas-troudis se apoyaba con desmayo en las delgadas columnas del porche-tenaza que, rematadas por

capiteles de inspiración corintia, recordaban al visitante que Alejandría, como había escrito Terenci -o escribiría: nuestra incursión tenía como escenario algún momento del final de los años treinta del siglo veinte-, no era Egipto, sino su tumba. Mi más que probable amor futuro y retrospectivo por la ciudad se veía afectado por el dolor -pleno de beatitud, debo admitirlo- que, seis meses antes de mi entrada en el coma, me caló al esparcir las cenizas de mi amigo en el mar. Una tumba tras otra: eso era Alejandría para mí.

– ¿Qué pinta Adonis? -continué-. Nunca he tenido la menor relación con semejante dios, cuyas representaciones artísticas le muestran como una nenaza mofletuda. Jamás entendí qué vieron en él Afrodita y Mirra para enamorarse cuando era un bebé y encerrarlo en una caja para partirse su custodia durante el año. Entiendo mejor a sus enemigos. Yo también le habría descuartizado, por rubicundo y cursi. ¡Donde esté el Poseidón del museo de Atenas! Lo suyo sí que era un físico viril, y eso que le falta el tridente.

Pensé que mi Lucy tenía el buen gusto de no mostrar semejante artilugio, que amén de atemo-rizador tiene un no sé qué ordinario, como de mondadientes avernal.

Terenci se tocó el ala del sombrero, concentrado en el paisaje. Por delante del Pastroudis desfilaban muchachas tuberculosas, barberos sifilíticos, diplomáticos congestionados, efebos hambrientos, danzarinas del vientre estragadas por la

viruela, conspiradores judíos, conspiradores cop-tos, conspiradores armenios, conspiradores musulmanes, conspiradores soviéticos, conspiradores franceses, conspiradores británicos, conspiradores rumanos y conspiradores vieneses que aguardaban a que la guerra empezara, y a que acabara pronto, para iniciar tratos con el tercer hombre y prosperar gracias al mercado negro de penicilina adulterada. Niñas y niños descalzos y prostituidos perdían a sus madres, y madres ajadas buscaban a sus hijos en los burdeles de los alrededores, matrimonios maduros imploraban un billete de avión para Casablanca, en donde reclamarían otro con destino a Lisboa, y allí suplicarían que alguien les proporcionara un pasaje con destino a Estados Unidos. Mozalbetes imberbes vendían postales de la Estatua de la Libertad y un par de arqueólogos corrían detrás de unos bandidos que acarreaban un arca que contenía el santo grial. En otra mesa del Pastroudis, un espía del Tercer Reich intercambiaba tarjetas de visita con un secretario de la embajada franquista, afecto a Serrano Suñer.

– Qué de gente -dije.

– ¿Te das cuenta, mujera? La literatura todo lo puede. Y el cine, claro. Cada uno de nosotros ve en la calle aquella Alejandría que le ha proporcionado su cultura, la popular y la excelsa. Antes, cuando brevemente te he convertido en Justine, ¿no te has dado cuenta de que lo eras en la desastrosa versión cinematográfica de Cukor? Siempre me gustó Anouk Aimée.

Inhalé para exhalar a continuación: qué largo se hace, cuando se albergan pretensiones, escribir un simple suspiré.

– Alejandría… -se ensimismó Manolo-. ¿Sois plenamente conscientes de que hemos elegido para caer en la ciudad de Cavafis un día de 1938…

– Y de Demis Roussos -complementé-. «Forever and Ever and Ever… AmenAparte de que Nasser también nació por aquí.

– … Un día de 1938 en que Cavafis ya no está en la ciudad? Falleció hace cinco años sin saber que los bárbaros iban a llegar finalmente, arrasando su metáfora. Volvió la guerra a Europa, y con ella vino aquí Durrell, para su trabajo de propaganda para la diplomacia británica, y su metabolización de lo que sería el Cuarteto. Siguieron años de barbarie. Alejandría fue bombardeada por los alemanes. Desde aquí, los británicos, que mandaban en Egipto, lanzaron sus barcos para liberar Grecia de los nazis. Egipto casi se perdió, pero Rommel estaba demasiado fatigado por el esfuerzo de guerra y no alcanzó a entrar en esta ciudad, casi indefensa. Poco después, los judíos de Alejandría se unieron a la causa sionista de la fundación de Israel, los gobiernos de los países árabes reaccionaron con débiles guerras, desunión y el abandono de los palestinos. La calle árabe rugió de nacionalismo aquí, en la ciudad que Alejandro eligió entre todas como símbolo de su genio y su belleza, y en la que fue enterrado -sin haber vivido en ella-, para diluirse