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– Me sentía de aquí, yo -les expliqué-. Era de aquí y he negado esta ciudad tanto como la he querido.

– Tomemos un poco de aire -apuntó Teren-ci-. Demasiadas emociones, incluso para unos muertecitos.

El oleaje que rompía contra las rocas de Manara nos salpicó, despejándonos. Los perros, erguidos en la punta de un espigón natural, recibían el

vacilante embate de las aguas con impavidez digna del Otro Mundo. En lo más hondo yacía la pequeña Beyrutis fenicia, que no fue tan importante como Sidón o Tiro. Entre ambas versiones, el puerto comercial del que partían toneles de especias y de púrpura, y la Beirut de hoy, encanallada por su pasado y enfebrecida por el presente, se apretaba una trama de láminas sobrepuestas que supuraban idénticos humores, reflotando experiencias repetidas y lecciones olvidadas: el transversal malestar de una historia sin solventar. Como la mía.

– Va a amanecer -dijo Manolo-. Eso que canta es la alondra.

– Oh, no -rebatí-. Es el ruiseñor. Quedémonos un poquito más en este rompeolas de la indecisión, en esta marejada resacosa que invita al cuerpo a flojear para impedir que la mente se dispare hacia su objetivo último.

– Es la alondra, hostias -intervino Terenci-. Como sigáis citando a Shakespeare a lo tonto va a comparecer el mismísimo Otelo, que murió aquí cerca, en su reino de Chipre.

– Eso sí que no -me incorporé-. Que en este país ya andan bien provistos de Yagos. Larguémonos, pues, si lo deseáis. Ascendamos a la cueva de la que mana la sangre de Adonis, según ancestrales chismes. Suerte que volamos, la carretera es de-mencial y las barrancas, insondables.

Emprendimos el vuelo, no sin cansancio. No era fatiga física, sino esa melancolía del esfuerzo cuando sabe que se aplica para construir lo más

desgarrador que puede ocurrirnos: la despedida. Los tres queríamos -tal vez, no me atrevo a hablar por ellos- dormir. Dormir para olvidar el paso siguiente de nuestro compromiso. Pues me habían conducido hasta el lugar del que partía la única ruta a seguir, la que me separaría de ellos. Y a menudo la conciencia más empecinada pide una tregua para olvidar el éxito que coronará sus designios.

Cuando llegamos a lo alto del monte Musa había amanecido y el sol se aprestaba a rajar los últimos bancos de niebla que medio cubrían el valle del río Ibrahim, antes llamado Adonis. La cascada de la cueva brotaba nítida, azulada, con crestas blancas que salpicaban las llescas de piedra y se fragmentaban para caer como lluvia.

– ¿Y la sangre? -preguntó Manolo.

– Es una leyenda. En realidad, son los deslaves de los montes cercanos, la tierra arcillosa que, en primavera, tinta el agua con su tono rojizo. Lo cuenta cualquier guía turística, tenéis que saberlo.

Docta parrafadita que apenas sofocó mi emoción por la proximidad de mis amigos en circunstancia tan especial. ¿Podría llamarla un pacto? Si no con el Diablo, sí con mi futuro. Con mi rumbo futuro.

– De buena gana me metería bajo la cascada -añadí.

– ¿Y por qué no? -propusieron, a dúo.

Volvimos a ser niños, chapoteando y gritando en el interior del manantial. El agua surgía de la

tierra y manaba hacia el futuro. O hacia la Eternidad, que es igualmente ignota.

Mojados y contentos, nos sentamos en el merendero cercano, cuya terraza se abría a los infinitos montes, al renacido valle. Ajenas a nuestra presencia, un par de mujeres madrugadoras extendían sobre las mesas granos de maíz y de especias para que el sol hiciera su trabajo de sequía. La mañana se tupía con efluvios de comino y de sésamo.

– Reina -habló Terenci, señalando el horizonte con los brazos abiertos-. Todo esto, algún día, será tuyo.

Me eché a reír, ya que su intervención me recordó a mi amigo Lucy.

– Como tentación, no está mal -concedí-. Pero bien sabéis que lo mío es la ciudad. Beirut, esa mala pécora.

Nos quedamos en un silencio que rompí poco después, a mi pesar.

– Marchémonos de aquí. Adonis no tiene la menor intención de ayudarme a volver. Este viaje ha sido muy instructivo, pero sigo en coma.

Mis amigos asintieron, con la contrariedad pintada en sus semblantes.

– No te falta razón -dijo Manolo-. No nos ha enviado ni una maldita señal.

Me picaba la oreja izquierda. Sacudí la cabeza, tratando de alejar lo que me pareció un pertinaz insecto empeñado en asentarse en mi lóbulo como un pendiente. El insecto no cejó en su empeño, más

bien cambió de emplazamiento y se montó en mi nariz.

Le di un manotazo, y se alejó, pero no por el susto sino para que lo visualizara mejor.

Era la pluma. La pluma del Ángel Caído, que se agitaba delante de nosotros, desprendiendo su aroma a algodón de azúcar, que se impuso al de las especias y al de la hierba fresca.

La pluma daba vueltas, subía y bajaba, soltaba un polvillo plateado. Reclamaba nuestra atención.

– ¡Hostias! -exclamó Terenci-. ¡Es como Campanilla!

Derramó la pluma polvo de ángel sobre nosotros y nos obligó a seguirla.

¿Lucifer, en apuros? ¿Me necesitaba?, fantaseé. Y volé, rauda, detrás del airoso heraldo, encabezando la comitiva.

19

La pluma, por delante

Penetramos en el Retiro por Alfonso XII y enfilamos hacia la rotonda del Ángel Caído, quien no nos prestó la más mínima atención, y eso que como comisión de festejos ofrecíamos un aspecto asaz llamativo para las infernales pupilas. Nuestros canes, que también se habían duchado en las fuentes del Adonis y que, casi de inmediato, habíanse visto forzados a afrontar los ponientes a contrapelo, ofrecían siluetas a cuál más punkie. Los hombres, perdido el empaque de sus trajes de alpaca a lo mañoso, parecían un par de beodos mañaneros sin afeitar. En cuanto a mí, no quiero ni pensar cómo me veía en aquellos momentos mi Malvado preferido: olvidé reseñar hace un par de capítulos que mi atuendo para emborracharme en Beirut había consistido en un barbour para la lluvia y el viento y unos viejos pantalones que solía usar para ir de reportera audaz, y que permanecían arrumbados en mi armario de Barcelona.

Ningún interés en que Lucy me contemplara en tal tesitura, así que me cambié sobre la marcha, poniéndome el vestido estampado en uno de cuyos

bolsillos creía haber guardado para siempre mi diabólica pluma. La susodicha giró la cabeza para asistir a mi cambio de traje, y sonrió con aprobación, guiñándome un ojo. Yo esbocé un gesto de «Qué le vamos a hacer», y un mundo de complicidades femeninas se estableció entre la pluma y yo.

¿Desde cuándo no hablaba con una mujer? El simple pensamiento me llenó de terrenal nostalgia, que reprimí para no ofender a mis amigos muertos. No era hablar por hablar, lo que echaba en falta, sino precisamente ese pasado común, esas vivencias que -imagino que a los hombres les ocurre lo mismo con sus asuntos-, entre mujeres, nos evita iniciar con preámbulos nuestras conversaciones.

Tampoco añoraba las intrascendentes salidas de compras, pues en materia de trapos, con Manolo y, muy especialmente, con Terenci, había obtenido muchas compensaciones tipo pasarela mientras duró nuestro ensueño. Pero sentía un vacío -encontraba a faltar, por usar una catalanada sublime y contradictoria- una de esas conversaciones de mujer-mujer-mujer, y esto no significa supermu-jer, sino bien al contrario. Una de esas charlas, copa de por medio, que a menudo sostengo, por ejemplo, con Cristina Fernández-Cubas, en las que afloran nuestros presentimientos, nuestras percepciones. Las mujeres somos raras. Y cuando nos comunicamos emerge algo más profundo que lo que suponen quienes nos observan. Asoman las brujas que fuimos, asadas al fuego de leña siglos atrás por poseer conocimientos vedados, se remueven en no-

sotras rescoldos de aquellas sabias mujeres, consumidas por la hoguera pero no vencidas, pues viven en nosotras.