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– Eh, Terenci -golpeé amistosamente su hombro-. ¿Te he dicho que, al poco de morirte, Cristina te vio en sueños, en tu propio funeral, haciendo cola delante de ella para despedirte del féretro? Me lo comunicó en seguida: «No te preocupes. Sonreía, se le veía feliz». Fue un consuelo.

– No me lo habías contado pero te lo leí en las meninges. Es un pensamiento que tienes alojado en la cavidad simpática del cerebro.

– ¿Existe?

– Si no, debería. La cavidad simpática nos hace mucha falta.

– Más bien la empática -intervino Manolo, que planeaba a mi otro lado-. No basta con ponerse metafóricamente en el lugar del otro. Existe un reto muy superior: ser el otro, con todas las consecuencias. Para no deshumanizarle ni perseguirle.

– Bueno -opiné-, hay otros y otros.

– Si el don de empatizar estuviera repartido equitativamente, el otro también sería nosotros, y ello nos facilitaría la convivencia.

Ay, Dios. Cuando regresara a mi ser, Allá Abajo, ¿recordaría tan necesarias reflexiones? ¿Pondría en práctica las lecciones aprendidas?

Antes de que pudiera responderme, irrumpimos en el guirigay del paseo de Coches, a lo largo del cual, como una cuerda interminable de lectores y lecturas, de escritores y escrituras, de libros y ca-

setas, de hojas de libros y hojas de hierba, se desenrollaba la Feria del Libro de Madrid.

Nos detuvimos en seco, suspendidos en el aire de la mañana de sábado madrileña, como si la emoción formara un muro que no nos atrevíamos a franquear, temiendo ser engullidos por tantas historias como tenían lugar al otro lado. ¿No es sino ése el miedo del escritor? ¿Que su criatura desaparezca, víctima de la fugacidad, de la desidia o de la mala suerte? ¿No es la parte del látigo que peor llevamos? La vanidad tiene su peso, pero ahora no hablo del autor, de mí. Me refiero a los personajes a quienes alentamos y que, en un lugar tan hermoso, en una feria libresca al aire libre, quizá se sientan desamparados, rostros entre la multitud de rostros, ficciones desconcertadas entre el mar de invenciones. «Oh, dioses», declamé ante el umbral de la Exposición Más Intima -que eso es la venta de un libro fermentado en las entrañas-, «lo hice lo mejor que pude, no castiguéis a mis hijos por mis mediocridades, mis carencias, mis limitaciones.»

– Cuca. -Terenci me apretó la mano-. Solía decirte lo que un sabio ya nos advirtió: no todos podemos construir catedrales, algunos fabricamos mesas. Preocúpate de que la mesa sea sólida, firme y armónica, y de que sirva para su uso. Y en cuanto a cómo ha de ser una novela, desde que nació el género se han dado suficientes variantes como para no animarnos a incurrir en semejante pedantería. Tú tira p'adelante.

Y no se refería al momento aquel.

La pluma pataleó en el aire.

– Clavada a Campanilla, pero con un punto Teleñecos -comentó Terenci.

Señaló insistentemente hacia delante, la pluma.

– Nos toca volar un poco más -deduje.

– Preferiríamos andar -dijeron-, curiosear de caseta en caseta. Penetrar lentamente en el mundo de los vivos.

– ¡Ni hablar del peluquín! -me negué-. Antes hemos de solucionar lo mío. Y tengo la certeza de que la pluma nos dirige hacia un grato final. Es la enviada de Lucy, no desdeñemos su influencia.

De repente la perdí de vista.

– ¿Dónde se ha metido?

Una nubecilla de polvo de ángel nos indicó su localización.

– ¡Collons, un ordenador último modelo! -se encandiló Terenci.

Pues de allí provenían las señales, del interior de una carpa en donde una docena de computadoras de generación Alfa que te quiero Alfa ofrecían sus servicios a los jóvenes que visitaban la Feria. En la carpa contigua, un cartel anunciaba para esa tarde una conferencia titulada «¿Sobrevivirá el libro en la Era Cibernáutica?».

Nuestra pluma, encaramada encima de una de las centelleantes pantallas, nos conminaba con impacientes ademanes.

– Dejadme a mí -propuse.

Terenci se sentó a mi lado.

– ¿Qué vas a hacer,mujera?

– Lo que cualquier persona con dos dedos de frente haría en mi lugar.

Busqué la página de Google, tecleé Adonis, y pocos segundos después se desplegó ante mis ojos una lista que contenía páginas relacionadas con tal nombre.

La pluma me contempló rascándose la barbilla, como si considerara con cierta desconfianza mis capacidades para arribar a una conclusión sensata por mí misma. Me recordó a su propietario o Ser Supremo Caído, de cuya ala procedía, cual Adán de la costilla del Contrario, pero en agradable.

Cuando descubrí lo que buscaba di a parar con mis huesos en el suelo, y mis amigos tuvieron que reincorporarme. La pluma me dio aire, y he de decir que, para lo chiquitína que era, me abanicó con tal entusiasmo -de nuevo me recordó a su apuesto Jefe- que recuperé de inmediato mis facultades.

– ¡Qué tontos hemos sido! ¡Qué tontos y qué suficientes, enredándonos con el puto dios Adonis!

Terenci también se había dado cuenta y prorrumpía en carcajadas que hacían temblar la carpa. Manolo, que no atendía a la pantalla, se alteró:

– ¿Qué os pasa? ¿Hemos olvidado algo? ¿Tenemos que volver a los lugares de nuestro último viaje? ¿Nos hemos equivocado y era Adonis el poeta sirio, tal como en principio intuí?

Con lágrimas de risa en los ojos, Terenci y yo le tranquilizamos:

– No te preocupes, Manolo. Lee.

Se apuntaló las no existentes gafas y fijó la mirada en la pantalla. Terenci, precavido, le acercó una silla que, efectivamente, recibió su cuerpo cuando se desplomó por la impresión.

– ¡Joder! ¡Qué plancha, la nuestra!

Allá, centelleando con estrellitas y burbujitas y toda clase de reclamos, y precedida por una advertencia («Esta no es una web para menores de edad»), refulgía el siguiente anuncio: «En pleno centro de Madrid, cerca de los museos y otros templos de la cultura, la sauna Adonis le ofrece mancebos bien dotados y egresados de las mejores universidades, para servicios muy personales».

La pluma se tendió en mi hombro izquierdo, relajada por fin, y también riéndose lo suyo.

20

La siesta del Diablo

La sauna Adonis era un local de lujo, situado en un pasaje discreto y arbolado, perpendicular al paseo del Prado, a poca distancia de los museos y del parque del Retiro. Según Manuel Puig -que nos aguardaba, impaciente-, se trataba de un establecimiento muy frecuentado por trabajadores de la cultura, exhaustos al final de sus jornadas y deseosos de olvidar, pongamos por caso, la delicada luz de Vermeer, en los brazos fortachones de un buen mozo, a ser posible parco en expresiones.

– No siempre es la mudez requerimiento indispensable -precisó Puig-. Otros clientes exigen cháchara, cuanto más banal, mejor. Eso le ocurre al colega que me trajo aquí, Abelardo, un chico que murió a lo grande, en accidente de Concorde. Le dio tiempo a brindar con champán francés. Bien, fue Abelardo quien me puso en la pista de nuestro hombre, es decir, del ex novio de tu amiga.

– ¿Ex novio? ¿Lo han dejado correr? -pregunté, tontamente desolada, y en contra de mis propios intereses: siempre produce pena el final de un romance.

– Le plantó ella, por latero. Según Abelardo, el muchacho hablaba como una de las pitucas de mis novelas, sin parar. Le contó que su mina le había abandonado por eso, la piba no aguantaba su conversación en tiempo real, ya sabes: «Me desperté, me levanté, me duché, me peiné, me afeité, me masajeé con aftershave, desayuné, cagué, me puse la colonia que vos me regalaste…». Mi amigo añadió que el pobre puto andaba furioso porque la chica se pasaba el rato distraída, obsesionada por la grave enfermedad de una mujer cercana a ella.