Выбрать главу

—Chalk les verá ahora —dijo.

Subir los peldaños de cristal. Hacia la figura inmensa del trono en las alturas.

—¿Lona? ¿Burris? ¿Juntos de nuevo? —preguntó Chalk. Lanzó una atronadora carcajada y se palmeó el vientre. Sus manos se posaron en las columnas de sus muslos.

—Fuimos un buen banquete, ¿verdad, Chalk? —preguntó Burris.

La risa se apagó. De repente Chalk estaba erguido en el asiento, tenso, lleno de cautela. Ahora casi parecía un hombre delgado, listo para salir huyendo.

—Ya es de noche —dijo Lona—. Te hemos traído la cena, Duncan.

Se quedaron inmóviles frente a él. Burris pasó el brazo por la delgada cintura de Lona. Chalk movió los labios. De ellos no brotó sonido alguno, y su mano no acabó de llegar a la palanca de alarma que había en su escritorio. Los gordos dedos se abrieron en abanico. Chalk los contempló.

—Para ti —dijo Burris—. Con nuestros mejores deseos. Nuestro amor.

La emoción compartida brotó de ellos en relucientes olas.

Era un torrente que Chalk no podía soportar. Su cuerpo fue de un lado para otro, abofeteado por aquella furiosa corriente, y una comisura de sus labios se curvó hacia arriba, seguida luego por la otra. En su mentón apareció un hilillo de saliva. Su cabeza se agitó secamente por tres veces. Cruzó y descruzó sus gruesos brazos, como un robot.

Burris abrazaba a Lona con tal fuerza que sus costillas protestaron.

¿Había llamas bailando sobre el escritorio de Chalk? ¿Se habían hecho visibles los ríos de electrones, ardiendo ante él con un resplandor verde? Chalk se retorció, incapaz de moverse mientras ellos le entregaban sus almas con una apasionada intensidad. Se alimentó. Pero no podía digerir eso. Empezó a hincharse más y más. Su rostro brillaba de sudor.

No se pronunció ni una palabra.

¡Húndete, ballena blanca! ¡Lanza tus poderosos chorros y baja!

¡Retrocede de mí, Satanás!

Aquí está el fuego; ven, Fausto, extiéndelo.

Alegres nuevas del gran Lucifer.

Y Chalk se movió. Giró en su asiento, rompiendo su parálisis, estrellando una y otra vez sus carnosos brazos sobre el escritorio. Estaba bañado en la sangre del Albatros. Se estremeció, se agitó, volvió a estremecerse. El grito que abandonó sus labios no era más que un delgado y débil gemido pronunciado por unas fauces desencajadas. Ahora todo su cuerpo estaba tenso, latía con los ritmos de la destrucción…

Y entonces llegó la flaccidez. Los globos oculares giraron sobre sí mismos. Los labios se abrieron. Los inmensos hombros se encorvaron. Las mejillas se aflojaron.

Consummatum est; la deuda está pagada.

Las tres figuras se hallaban inmóviles: quienes habían lanzado sus almas y quien las había recibido. Una de esas tres figuras nunca volvería a moverse.

Burris fue el primero en recobrarse. Incluso aspirar el aire suponía un esfuerzo. Darle energía a sus labios y su lengua era una tarea colosal. Se dio la vuelta, recuperando el conocimiento de sus miembros, y puso sus manos sobre el cuerpo de Lona. Estaba pálida como una muerta, paralizada. Cuando la tocó, la fortaleza pareció volver rápidamente a ella.

—No podemos quedarnos más tiempo aquí —dijo él con dulzura.

Se fueron, despacio, viviendo ahora en la más extrema ancianidad pero haciéndose más jóvenes a medida que bajaban los peldaños de cristal. La vitalidad regresó. Pasarían muchos días antes de que hubieran logrado recuperarse del todo, pero al menos ya no habría más pérdidas.

Nadie les molestó al salir del edificio. Mientras, había oscurecido. El invierno ya había pasado, y la calina gris de una noche de primavera cubría la ciudad. Las estrellas apenas si eran visibles. Seguía haciendo un poco de frío, pero ninguno de los dos se estremeció al notar el frescor de la atmósfera.

—Este mundo no tiene sitio para nosotros —dijo Burris.

—No haría más que intentar devorarnos. Como lo intentó él.

—Le derrotamos. Pero no podemos derrotar a todo un mundo.

—¿Adonde iremos? Burris miró hacia arriba.

—Ven conmigo a Manipool. Visitaremos a los demonios para tomar el té del domingo.

—¿Hablas en serio?

—Sí.

Fueron andando hacia el coche.

—¿Cómo te sientes? —preguntó Burris.

—Muy cansada. Tan cansada que apenas si puedo moverme. Pero me siento viva. Más viva a cada paso. Minner, por primera vez me siento realmente viva.

—Igual que yo.

—Tu cuerpo…, ¿te duele ahora?

—Amo mi cuerpo —dijo él.

—¿Pese al dolor?

—A causa del dolor. Demuestra que vivo. Que siento. —Se volvió hacia ella y le quitó el cactus de las manos. Las nubes se abrieron. Las espinas brillaron bajo la luz de las estrellas—. Estar vivo…, sentir, incluso sentir dolor…, ¡qué importante es, Lona!

Arrancó un trocito de la planta y lo apretó contra la carne de la mano de Lona. Las espinas se hundieron profundamente. Lona se encogió, pero fue sólo por un instante. Gotitas de sangre aparecieron sobre la carne. Lona cogió otro pedacito de cactus y lo apretó contra la piel de Burris. Era difícil penetrar aquella superficie tan resistente que le servía de piel, pero las espinas acabaron abriéndose paso. Burris sonrió mientras la sangre empezaba a fluir. Alzó la mano que Lona se había herido, se la llevó a los labios, y ella hizo lo mismo con la suya.

—Sangramos —dijo ella—. Sentimos. Vivimos.

—El dolor es instructivo —dijo Burris, y caminaron más deprisa.

FIN

Título originaclass="underline" Thorns.

Traducción: Alberto Solé.

© 1967 by Robert Silverberg

© 1990 Ultramar Editores

Mallorca 49 — Barcelona

ISBN: 84-7386-551-0

Edición digitaclass="underline" Electronic_sapiens

Revisión: Letyquagliaro R6 07/02