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Entrenar a los Stars.

Aunque aquella temporada habían pasado dos cosas que ponían en peligro sus sueños. Una era culpa suya: esa loca imprudencia que había cometido tras la pretemporada. Siempre había tenido tendencia a ser imprudente, pero, hasta entonces, se había limitado a serlo durante las vacaciones entre temporadas. La otra era la visita de Daphne Somerville a su dormitorio a medianoche. Eso hacía peligrar su carrera más que todos los saltos en caída libre y todas las carreras de motocross del mundo.

Kevin tenía un sueño profundo, y lo cierto es que ésa no había sido la primera vez que se despertaba a medio hacer el amor, pero hasta entonces siempre había elegido a sus compañeras. Irónicamente, si no hubiera sido por sus relaciones familiares, tal vez se habría planteado elegirla a ella. Tal vez era la atracción de la fruta prohibida, pero se lo había pasado muy bien con ella. Le había hecho tocar con los pies en el suelo y le había hecho reír. Aunque había procurado que ella no se diera cuenta, la había estado mirando. Se movía con una confianza de niña rica que a él le parecía muy sexy. Tal vez no tenía un cuerpo de relumbrón, pero todo estaba en su lugar y no podía negar que se había fijado en ella.

Aun así, había mantenido las distancias. Era la hermana de su jefa, y nunca confraternizaba con mujeres relacionadas con el equipo: ni las hijas de los entrenadores, ni las secretarias de las oficinas, ni siquiera las primas de sus compañeros de equipo. Y, a pesar de eso, mira qué había pasado.

Con sólo pensar en eso volvió a ponerse de mal humor. Ni siquiera un quarterback de aúpa era más importante para los Calebow que la familia, y si jamás descubrían lo sucedido, sería a él a quien pedirían explicaciones.

Su conciencia le iba a obligar a llamarla pronto. Sólo una vez, para asegurarse de que no hubiera habido consecuencias. No las habría, se dijo, y no se iba a preocupar por eso, especialmente en ese momento, en que no podía permitirse ninguna distracción. El domingo se jugaría el Campeonato AFC, y tenían que hacer un partido impecable. Entonces se haría realidad su mayor sueño. Llevaría a los Stars a la gran final, a la Super Bowl.

Pero seis días después, su sueño se había hecho añicos. Y no podía culpar a nadie más que a sí mismo.

Tras trabajar día y noche, Molly terminó Daphne se cae de bruces y lo envió la misma semana que los Stars perdieron el Campeonato AFC. Cuando quedaban quince segundos en el reloj, Kevin Tucker no había querido jugar conservadoramente y le había lanzado el balón a un compañero marcado por dos rivales. El pase había sido interceptado, y los Stars habían perdido por un gol de campo.

Molly se sirvió una taza de té para protegerse del frío de las tardes de enero y se la llevó a la mesa de trabajo. Tenía que escribir un artículo para Chik, pero en lugar de conectar su ordenador portátil, cogió unos papeles que había dejado en la butaca para tomar nota de algunas ideas para un nuevo libro, Daphne encuentra a un bebé conejo.

Justo cuando se disponía a sentarse sonó el teléfono.

– ¿Diga?

– ¿Daphne? Soy Kevin Tucker.

El té se le derramó y Molly se quedó sin aliento. Hasta hacía poco tiempo, había estado encaprichada por aquel hombre. En ese momento, el simple sonido de su voz la aterró.

Se obligó a respirar. Si todavía la llamaba Daphne significaba que no había hablado con nadie sobre ella. Eso era bueno. No quería que él hablara de ella, ni siquiera que pensara en ella.

– ¿De dónde has sacado mi número?

– Te pedí que me lo dieras.

Molly había logrado olvidarlo.

– Yo… ¿Qué quieres de mí?

– Ahora que ha terminado la temporada, estoy a punto de marcharme de la ciudad durante un tiempo. Y quería asegurarme de que no hubiera habido… ninguna consecuencia desafortunada de… lo ocurrido.

– ¡No! Ninguna consecuencia en absoluto. Por supuesto que no.

– Me alegro.

Más allá de la respuesta glacial, Molly percibió un suspiro de alivio. De pronto, se le ocurrió el modo de hacer las cosas más fáciles.

– ¡Ya voy, cariño! -le gritó a una persona imaginaria.

– Veo que no estás sola.

– Pues no. ¡Estoy al teléfono, Benny! -dijo, levantando de nuevo la voz-. Enseguida estoy contigo, cielo.

Molly sintió un escalofrío. ¿No se le podía haber ocurrido un nombre mejor?

Roo trotó desde la cocina para ver qué ocurría. Molly asió el teléfono aun más fuerte.

– Agradezco la llamada, Kevin, pero no hacía falta.

– Mientras todo vaya…

– Todo va de perlas, pero tengo que dejarte. Lo siento por el partido. Y gracias por llamar.

Cuando colgó el teléfono, la mano todavía le temblaba. Acababa de hablar con el padre del hijo que estaba esperando.

Se acarició el abdomen. Todavía lo tenía liso y no se había hecho del todo a la idea de estar embarazada. Cuando tuvo la primera falta, lo achacó al estrés. Pero con cada día que pasaba tenía los pechos cada vez más sensibles, y había empezado a sentir náuseas, así que finalmente decidió comprarse un test de embarazo. De eso hacía sólo dos días. El resultado la había dejado tan aterrorizada que salió corriendo a comprar otro.

No había error posible. Iba a tener un bebé y el padre era Kevin Tucker.

Sus primeros pensamientos, sin embargo, no habían sido para él. Habían sido para Phoebe y Dan: la familia era el centro de su existencia, y ninguno de los dos podía imaginarse educar a un hijo sin el otro. Eso les iba a sumir en la tristeza.

Cuando finalmente se puso a pensar en Kevin, llegó a la conclusión de que tenía que asegurarse de que él no lo supiera nunca. Él había sido su víctima inocente, de modo que cargaría con las consecuencias ella sola.

Tampoco sería tan difícil ocultárselo. Ahora que la temporada había acabado era poco probable que se topara con él, y bastaría con no acercarse a las oficinas de los Stars cuando se reanudaran los entrenamientos en verano. Excepto en algunas pocas fiestas del equipo que organizaban Dan y Phoebe, nunca socializaba demasiado con los jugadores. Finalmente, Kevin tal vez sabría que ella había tenido un bebé, pero tras la llamada de aquella mañana debía de pensar que había otro hombre en su vida.

A través de las ventanas de su loft observó el cielo invernal. Aunque no eran ni las seis, ya había oscurecido. Se echó en el sofá.

Hasta hacía dos días nunca se había planteado ser madre soltera. De hecho, nunca había pensado demasiado en la maternidad. Pero ya no podía pensar en otra cosa. El desasosiego, que siempre había aparecido como una maldición en su vida, había desaparecido, dejándola con la extraña sensación de que todo era exactamente como tenía que ser. Por fin tendría una familia propia.

Roo le lamió la mano, que colgaba a un lado del sofá. Molly cerró los ojos y se dejó llevar por la ensoñación que se había apoderado de su imaginación una vez pasado el susto inicial. ¿Un niño? ¿Una niña? No le importaba. Había pasado el tiempo suficiente con sus sobrinos para saber que en cualquiera de los casos sería una buena madre, y le daría al bebé tanto amor como dos padres.

Su bebé. Su familia.

Por fin.

Se estiró, satisfecha de pies a cabeza. Eso era lo que había estado buscando durante todos aquellos años, una familia realmente suya. No podía recordar haber sentido jamás tanta paz. Incluso su pelo estaba en paz: ya no lo llevaba tan exageradamente corto y había recuperado de nuevo su color castaño oscuro natural. Volvía a quedarle bien.