Lilly se echó atrás en la tumbona a escuchar el tilín de las campanillas que colgaban del árbol de judas que crecía junto al patio. A Lilly le encantaba el sonido de esas campanillas, pero Craig no las soportaba, de modo que nunca le dejó colgar ninguna en el jardín. Cerró los ojos, contenta de que los clientes de la casa de huéspedes no tuvieran costumbre de visitar aquel tranquilo rincón de la parte trasera de la casa.
Lilly había dejado ya de preguntarse cuánto tiempo iba a quedarse allí. Cuando llegara el momento de marcharse, ya lo sabría. Y aquel día se lo había pasado en grande… Cuando subió a batear, Kevin parecía casi orgulloso de ella, y en el picnic no la había evitado deliberadamente, como en cambio sí había hecho Liam.
– ¿Te escondes del público que te adora?
Lilly abrió los ojos de golpe, y su corazón se aceleró un poco cuando aquel hombre en el que pensaba demasiado apareció en la puerta de atrás de la casa de huéspedes. Iba despeinado, con el mismo pantalón caqui arrugado y la misma camiseta de la marina que llevaba en el picnic. Como ella, todavía no se había cambiado después del partido de béisbol.
Lilly clavó su mirada en aquellos ojos oscuros que veían demasiado y dijo:
– Me estoy recuperando de esta tarde.
Liam se sentó en los cojines de la silla de madera que había junto a ella.
– Juegas muy bien al béisbol para ser una chica.
– Y tú juegas muy bien al béisbol para ser un artista engreído.
Liam bostezó.
– ¿Me estás llamando engreído?
Lilly se contuvo para no sonreír: lo hacía demasiado cuando estaban juntos, y eso animaba a Liam. Todas las mañanas se decía que se quedaría en su habitación hasta que él se hubiera marchado, pero acababa bajando de todos modos. Lilly todavía no podía creerse lo que había hecho con Liam. Era como si la hubieran hechizado, como si aquel estudio de cristal hubiera formado parte de otro mundo. Pero ahora ya había vuelto a Kansas.
También estaba ligeramente irritada por lo bien que se lo había pasado él sin ella. Cuando no había estado riendo con Molly, había estado flirteando con Phoebe Calebow o bromeando con alguno de los niños. Era un hombre brusco e intimidante, y en cierto modo le fastidiaba que no le hubieran tenido miedo.
– Ve a cambiarte -dijo Liam-. Yo también lo haré y te pasaré a recoger para ir a cenar.
– Gracias, pero no tengo hambre.
Liam suspiró hastiado y apoyó la cabeza en el respaldo de la silla.
– Estás empeñada en tirarlo por la borda, ¿verdad? No me darás ninguna oportunidad.
Lilly dejó caer las piernas a un lado de la tumbona y se sentó, erguida.
– Liam, lo que pasó entre nosotros fue una aberración. He estado demasiado sola últimamente y cedí a un impulso de locura.
– Fue sólo el momento y las circunstancias, ¿es eso?
– Sí.
– ¿Podría haber pasado con cualquiera?
Lilly estuvo a punto de asentir, pero no pudo.
– No, no con cualquiera. Puedes resultar atractivo si te empeñas en ello.
– Igual que muchos hombres. Tú sabes que hay algo entre nosotros, pero no tienes el valor de reconocerlo.
– Ni falta que me hace. Sé muy bien lo que me atrae de ti. Es una vieja costumbre.
– ¿Qué quieres decir con eso?
Lilly jugueteó unos instantes con sus anillos y respondió:
– Quiero decir que ya he pasado por esto. El macho dominante. El semental que guía a la manada. El príncipe sobreprotector que acaba con todos los problemas de Cenicienta. Los hombres como tú son mi debilidad fatal. Pero ya no soy aquella adolescente sin un centavo que necesitaba a alguien que se ocupara de ella.
– Gracias a Dios. No me gustan las adolescentes. Y soy demasiado egocéntrico como para ocuparme de nadie.
– Estás minimizando deliberadamente lo que intento decirte.
– Eso es porque me hastías.
No podía dejar que su grosería la distrajera: sabía perfectamente que era ése su cometido.
– Liam, soy demasiado mayor y demasiado inteligente para volver a cometer el mismo error. Sí, me atraes. Me atraen instintivamente los hombres agresivos, aunque tengan la tendencia a tratar sin miramientos a quienes se preocupan por ellos.
– Y yo que ya creía que esta conversación ya no podía ser más infantil.
– Lo estás haciendo ahora mismo. No quieres hablar sobre este tema y por eso me desprecias con la intención de que me calle.
– Lástima que no funcione.
– Creía que por fin me había vuelto inteligente, pero es evidente que no es así, de lo contrario no te permitiría hacer esto. -Lilly se levantó de la silla y prosiguió-: Escúchame, Liam. Cometí el error de enamorarme de un hombre controlador una vez en mi vida, y no pienso volver a cometerlo jamás. Amaba a mi marido. Pero a veces todavía le odiaba más.
Lilly se felicitó, asombrada de haberle revelado algo que apenas había sido capaz de decirse a sí misma.
– Probablemente se lo merecía. Por lo que dices, debía ser un miserable.
– Era igual que tú.
– Lo dudo mucho.
– ¿No me crees? -dijo señalando hacia el árbol de Judas-. ¡No me dejaba colgar campanillas! A mí me encantan, pero él las aborrecía, así que no se me permitía colgarlas en mi propio jardín.
– Buen criterio. Esos trastos son un agobio.
A Lilly se le hizo un nudo en el estómago.
– Enamorarme de ti sería como volver a enamorarme de nuevo de Craig.
– Eso sí que no.
– Un mes después de su muerte, colgué un montón de campanillas junto a la ventana de mi dormitorio.
– ¡Pues no vas a colgarlas junto a la ventana del nuestro!
– ¡Nosotros no tenemos ninguna ventana de dormitorio! ¡Y si la tuviéramos, colgaría tantas como me diera la gana!
– ¿Incluso si yo te pidiera expresamente que no lo hicieras?
Lilly levantó las manos, frustrada.
– ¡No se trata de las campanillas! ¡Sólo te estaba poniendo un ejemplo!
– No creas que vas a pasar página tan fácilmente. Eres tú la que ha sacado el tema-dijo, después de ponerse en pie-.Te he dicho que no me gustan esos trastos, pero tú has dicho que los colgarías de todas formas, ¿me equivoco?
– Te has vuelto loco.
– ¿Me equivoco o no?
– ¡No!
– Vale -dijo soltando un suspiro de mártir-. Si es tan importante para ti, adelante, cuelga esos malditos chismes. Pero no esperes que no me queje. Es pura contaminación acústica. Y espero que tú cedas en algo que sea importante para mí.
Lilly se llevó las manos a la cabeza.
– ¿Ésta es tu idea de seducción?
– Intento aclarar algo. Algo que tú pareces incapaz de entender.
– Adelante, ilumíname.
– Tú ya no piensas permitir que ningún hombre te trate sin miramientos. Yo lo he intentado, pero tú no me has dejado, y si yo no puedo hacerlo, nadie puede. ¿Lo ves? ¡No hay ningún problema!
– ¡No es tan sencillo!
– ¿Y qué me dices de mí? -preguntó golpeándose el pecho, y por primera vez pareció vulnerable-. ¿Qué hay de mi debilidad fatal?
– No sé a qué te refieres.
– ¡Tal vez lo sabrías si dejaras de concentrarte en ti misma y pensaras un poco más en los demás!
Sus palabras no eran tan cortantes como solían serlo las de Craig. Las de Liam tenían la intención de irritarla, no de herirla.
– ¡Eres imposible!
– ¿Qué se supone que tiene que hacer un hombre como yo? ¡Dime! No sé cómo contener mi energía y soy demasiado viejo para aprender, por tanto, ¿dónde me deja a mí eso?
– No lo sé.
– Las mujeres fuertes son mi debilidad. Mujeres duras que no se desmoronan sólo porque un hombre no dice siempre lo que quieren oír. Excepto que la mujer fuerte de la que me estoy enamorando no quiere aguantarme. Dime, ¿dónde me deja eso, Lilly?
– Vamos, Liam. No te estás enamorando de mí. Estás…
– Ten un poco de fe en ti misma -dijo con aspereza-. En la mujer en la que te has convertido.