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– Sí, claro -dijo Larry alcanzando su cerveza-. Mientras haya una mesa de billar, televisión por satélite y no haya mujeres.

– Molly… Fuera. -Kevin señaló la puerta con la cabeza. Eddie rió al ver cómo ponían en su sitio a aquella mujer. Molly apretó los dientes y dibujó una sonrisa rígida en sus labios.

– Ya me voy, cariño. Y sobre todo, límpialo todo bien cuando termines con tus amigos. Y no te olvides de ponerte el delantal, recuerda que la última vez que lavaste los platos te salpicaste.

¡Eso sí que era dar el coñazo!

Después de cenar, Molly alegó dolor de barriga ante sus sobrinos y les dijo que tendrían que dormir en su casita. Se sintió culpable porque era su última noche en el campamento, pero no tenía otra opción. Se puso unos vaqueros, apagó la luz y se acurrucó en la silla junto a la ventana abierta. Y esperó.

No había que temer que pudiera aparecer Kevin. Se había ido al pueblo con los hermanos Dillard, donde, si existía la justicia, se emborracharía y terminaría con una resaca de campeonato mundial. Tampoco habían hablado en toda la tarde.

Durante el té había notado claramente que Kevin estaba enfadado con ella, pero no le importó, porque el enfado era mutuo. «Estás hecho un machote…» Estaba hecho un tonto de capirote. Vender el campamento ya era malo de por sí, pero vendérselo a alguien que tenía la intención de destruirlo era demasiado, y Molly nunca se lo habría perdonado si no hubiera intentado al menos evitarlo.

Lirios del campo estaba demasiado aislada como para poder verles llegar cuando regresaran del pueblo, pero el campamento era lo bastante silencioso como para oírles. Como era de esperar, poco después de la una de la madrugada llegó hasta su ventana el sonido de un motor. Se irguió en la silla, y deseó que no hubiera demasiadas lagunas en su plan, porque era el único que tenía.

Se puso las zapatillas deportivas, cogió la linterna que había cogido de la casa de huéspedes y, después de dejar a Roo en la casita, se puso manos a la obra. Cuarenta y cinco minutos más tarde ya se había colado en el interior de Cordero de Dios, donde Eddie y Larry pasaban la noche. Justo después de que se hubieran ido al pueblo, había comprobado cuál era el dormitorio de Eddie. Cuando entró, la habitación olía a licor rancio.

Mientras se iba acercando, Molly contempló al zoquete grandullón y borracho que dormía bajo las sábanas.

– ¿Eddie?

El zoquete no se movió.

– Eddie -volvió a susurrar Molly con la esperanza de no despertar también a Larry y poder tratar así con sólo uno de ellos-. Eddie, despierta.

Eddie se agitó y se le escapó una ventosidad. A alguien tan asqueroso no se le debería permitir la entrada en el Bosque del Ruiseñor.

– Sí… ¿sí? -dijo abriendo lentamente los ojos-. ¿Qué pasa…?

– Soy Molly -susurró-. La esposa separada de Kevin. Tengo que hablar contigo.

– ¿Qué…? ¿De qué se trata?

– Se trata del campamento de pesca. Es muy importante.

Eddie intentó incorporarse, pero cayó de nuevo sobre la almohada.

– No te molestaría si no fuera importante. Te esperaré fuera mientras te vistes. Ah, y no hace falta que despiertes a Larry.

– ¿Tiene que ser ahora?

– Me temo que sí. A menos que quieras cometer una terrible equivocación. -Molly salió corriendo de la habitación, con la esperanza de que él se levantaría.

Pocos minutos después, Eddie apareció por la puerta Principal arrastrando los pies. Molly se llevó un dedo a los labios y le hizo un gesto para que la siguiera. Iluminando el terreno con la linterna, Molly cruzó el espacio comunitario por un extremo y emprendió el camino de vuelta hacia Lirios del campo. Sin embargo, antes de llegar allí torció hacia el bosque y se dirigió al lago.

El viento había cobrado fuerza. Molly notó que se preparaba una tormenta y rezó para que no cayera antes de finalizar el plan. Eddie apareció junto a ella, como la sombra de una mole.

– ¿Qué pasa?

– Hay algo que tienes que ver.

– ¿Y no podría ser mañana por la mañana?

– Ya será demasiado tarde.

Eddie se enredó con una rama.

– ¡Mierda! ¿Kev está enterado de esto?

– Kevin no quiere enterarse.

Eddie se paró.

– ¿Qué quieres decir con eso?

Molly mantuvo la linterna apuntando hacia el suelo.

– Quiero decir que no te está engañando deliberadamente. Sólo ha pasado por alto algunos detalles.

– ¿Engañarme? ¿De qué coño estás hablando?

– Ya sé que me tomabas por tonta a la hora de comer, pero tenía la esperanza de que me escucharas. Si lo hubieras hecho podríamos habernos evitado todo esto -dijo reemprendiendo la marcha.

– ¿Evitarnos el qué? Será mejor que me digas de qué va todo esto.

– Enseguida lo verás.

Eddie tropezó unas cuantas veces más antes de llegar finalmente junto al lago. Los árboles se agitaban con el viento, y Molly reunió tanto valor como pudo.

– No me gusta tener que ser yo quien te enseñe esto, pero hay un… problema con el lago.

– ¿Qué clase de problema?

Molly barrió lentamente con la luz de la linterna la zona donde las olas del lago lamían la orilla, hasta que encontró lo que andaba buscando.

Peces muertos flotando en el agua.

– ¿Qué rayos…?

Molly iluminó los vientres plateados de los peces y devolvió el rayo de luz hacia la orilla.

– Eddie, lo siento mucho. Ya sé que tienes puesto el corazón en un campamento de pesca, pero los peces de este lago se están muriendo.

– ¿Muriendo?

– Estamos ante una catástrofe ecológica. Se están filtrando toxinas en las aguas desde un vertedero subterráneo secreto de residuos químicos. Costaría millones solucionar el problema, y el ayuntamiento no dispone del dinero. Como la economía local depende de los turistas, lo están encubriendo y nadie admitirá públicamente que hay un problema.

– Joder-dijo arrebatándole la linterna y enfocando de nuevo hacia los peces muertos-. ¡Es increíble que Kev pueda hacerme algo así!

Aquélla era la laguna más evidente de su plan, e intentó superarla con una presentación dramática.

– Es un caso de negación, Eddie. Un caso terrible, terrible Kevin creció aquí, éste es el último lazo que le une a sus padres, y es incapaz de aceptar que el lago se está muriendo, por lo que se ha convencido a sí mismo de que no pasa nada.

– ¿Y cómo se explica los putos peces muertos?

Muy buena pregunta. Molly replicó lo mejor que pudo.

– No se acerca al lago. Es tan triste… Su negación es tan profunda que… -Lo asió del brazo e imitó a la actriz Susan Lucci-: Oh, Eddie, ya sé que no es justo que te lo pida, pero ¿crees…? ¿Podrías decirle simplemente que has cambiado de idea y no confrontarle con la realidad? Te juro que no ha intentado engañarte deliberadamente, y le destrozaría el corazón pensar que ha destruido vuestra amistad.

– Sí, bueno, yo diría que lo ha hecho.

– Kevin no está bien, Eddie. Es un problema mental. En cuanto regresemos a Chicago, me aseguraré de que le vea un psicoterapeuta.

– Mierda -dijo Eddie conteniendo la respiración-. Eso podría mandar a tomar por saco su juego de pases.

– Buscaré un psicoterapeuta deportivo.

Eddie no era un completo idiota, y le hizo preguntas sobre el vertedero subterráneo. Molly se extendió en su historia incluyendo todos los clichés de Erin Brockovich que pudo recordar e inventándose el resto. Cuando hubo acabado, cerró con fuerza las manos en un puño y esperó.

– ¿Estás segura de todo esto? -dijo Eddie por fin.

– Ojalá no lo estuviera.

Eddie arrastró los pies y suspiró.

– Gracias, Maggie, te lo agradezco. Eres muy enrollada.

Molly dejó escapar todo el aire que había estado conteniendo.

– Tú también, Eddie. Tú también.