Por experiencia, C.J. sabía que no le iba a servir de nada mentir, pero aquello no significaba que no tratara de andarse por las ramas todo lo que le fuera posible.
– Es muy complicado, mamá.
– Te sientes responsable por ella -afirmó su madre, alcanzando, como siempre, sus propias conclusiones-. Por lo que le ocurrió.
– Bueno, sí -dijo C.J. No le quedó más remedio que reconocerlo-. Todo el mundo no hace más que decirme que no debería ser así, pero se equivocan. Sencillamente, ella me pidió que las ayudara y yo me negué. Las entregué a la policía. No me importa que fuera lo más adecuado en aquel momento. Si yo no lo hubiera hecho, no habría ocurrido nada de lo que ya ha pasado. No habría muerto una mujer y ella no estaría…
– Hijo -observó Betty con suavidad. Se sentó a su lado-. No puedes deshacer el pasado. Por mucho que lo intentes, no puedes.
– Ya lo sé. Precisamente por eso quiero hacer todo lo que pueda para compensarla. Para enmendar lo ocurrido.
– ¿Y cómo vas a hacerlo? No puedes devolverle la vista.
En aquel momento, C.J. se sintió demasiado furioso con su madre como para poder contestar. A pesar de todo, sabía que Betty tenía razón.
– Supongo, que con eso de compensarla, quieres decir hacer algo lo suficientemente importante como para hacerle olvidar el mal que crees que le has hecho -dijo su madre, tras estudiar el rostro de C.J. durante unos instantes-. Lo que deseas es convertirte en su héroe.
– Yo no soy ningún héroe -bufó C.J.
Efectivamente, su yo interior le decía que así era, pero reconocía que le gustaría serlo. Quería ser un superhéroe para poder corregir el mal del mundo, hacer que el tiempo volviera atrás y poder tener otra oportunidad de salvar a la mujer…
– No, no eres ningún superhéroe -afirmó su madre, como si al igual que ocurría en muchas ocasiones, le hubiera leído el pensamiento. Se levantó de la silla, tomó el plato y el vaso vacíos de C.J. y lo apuntó con el dedo índice-. Recuérdalo cuando ese… cuando ese Vasily venga a buscar a esa mujer, ¿me oyes, Calvin James? Tu cuerpo no es capaz de parar las balas.
Caitlyn se despertó para verse sumida en su oscuridad perpetua. Escuchó atentamente y trató de comprender qué era lo que tenía aquella mañana para ser diferente a las demás.
«Todo está tan tranquilo…».
Comprendió también que aquella tranquilidad era muy diferente del silencio. Tal y como había descubierto en el hospital, el silencio podía tener muchos matices. La tranquilidad, por otro lado, significaba paz.
Algo que hospitales y cárceles tenían en común es que no hay tranquilidad. Aquélla era la primera vez en muchas semanas que había tenido oportunidad de pensar de verdad en lo ocurrido y en lo que el futuro pudiera depararle, pensar sin pánico, sin el miedo acechándola… Era maravilloso poder despertarse sin sentirse aterrorizada. Era un misterio para ella, dado que seguía ciega, en peligro y en compañía de desconocidos, tal y como lo había estado el día anterior.
Como le resultaba imposible resolver aquel rompecabezas, lo apartó de la mente y se puso a pensar en el segundo detalle que le faltaba aquella mañana: el dolor. En realidad no había desaparecido del todo, pero al menos el terrible dolor de cabeza que había sido su compañero constante en los días posteriores al tiroteo se había convertido en una leve molestia.
Levantó las manos y empezó a tocarse las vendas, las cejas, la nariz, los pómulos, los labios… Estaba explorando la forma de su propio rostro. Aquello le resultó muy extraño, dado que jamás lo había hecho antes. ¿Seguiría hinchada y cubierta de hematomas? ¿Le habrían afeitado la cabeza? Se tocó la parte superior del cráneo y lanzó un suspiro cuando sintió el cabello entre los dedos.
Nunca había sido presumida, pero habría dado cualquier cosa por poder mirarse en el espejo y ver la imagen de su rostro. Jamás se le había ocurrido pensar lo vulnerable que podría sentirse una persona al no poder saber el aspecto que tenía antes de presentarse al mundo.
Apartó las sábanas y se sentó en el borde de la cama. Entonces, exploró su cuerpo de igual modo que lo había hecho con el rostro. Brazos, hombros, clavículas, senos… ¿Qué llevaba puesto? Oh, sí… Unas braguitas de algodón y una camisola que Jess le había dicho que era de Sammi June. Jess le había dicho que era rosa, color que parecía ser el favorito de su hija, con un pequeño borde de encaje. Al tocarse el cuerpo, notó que había perdido peso. No era de extrañar…
Se puso de pie con mucho cuidado y extendió las manos. A la izquierda, rozó algo. Era la pantalla de una lámpara. Estaba sobre la mesilla de noche, sí. Allí también estaban todos los frascos de plástico con su medicación, que Jess le había colocado allí antes de marcharse. Y un vaso de agua.
A tientas, empezó a recorrer la habitación. Localizó la puerta, una cómoda y otra puerta, que debía de pertenecer a un armario. También había una mecedora y un pequeño escritorio. Y una ventana. Tras examinarla con mucho cuidado, dedujo que era como la que había en la habitación que ella tenía en casa de sus padres, por lo que movió la palanca y trató de abrirla. Se deslizó suavemente e inmediatamente, Caitlyn notó en el rostro una fresca brisa. Lanzó una exclamación de alegría y los ojos se le llenaron de lágrimas. No había esperado volver a experimentar gozo alguno.
Se arrodilló y apoyó los brazos sobre el alféizar. Se preguntó cómo podría saber si era de noche o de día.
Dedujo inmediatamente que era de día por el cántico de los pájaros. Como confirmación, escuchó que se abría una mosquitera y que alguien, Jess, empezaba a hablar con los perros. ¡Deseaba tanto poder estar allí fuera! ¿Podría hacerlo? ¿Por qué no?
«¿Yo sola? ¿Me atreveré? ¡Claro que sí!», se dijo.
Lo que temía más que estar ciega era convertirse en un ser dependiente. Recordó el pánico que había sentido la noche anterior como si fuera un espectro que quisiera turbarla. Cerró los ojos y sintió la fuerza de los brazos de C.J., las sensaciones tan agradables que le habían transmitido, la soledad que sintió cuando él se marchó… Se echó a temblar. «Jamás. Prefiero estar muerta».
Se levantó y metódicamente, siguió explorando el dormitorio. Se encontró de nuevo a los pies de la cama y halló los pantalones que llevaba puestos el día anterior. Con cuidado de no ponérselos al revés, se vistió. A continuación, se sentó sobre la cama y se calzó. Se volvió a levantar muy satisfecha consigo misma.
«Ahora, lo que necesito es el cuarto de baño y algo de comer», pensó. La noche anterior, Jess le había mostrado dónde estaba el cuarto de baño. Allí, tenía su cepillo de dientes, colocado a las dos en punto. También había jabón y una toalla, éstos a las nueve en punto. Sería tan agradable poder asearse…
El estómago lanzó un gruñido. ¡Tenía tanta hambre!
«¡Sí! ¡Estás viva! Buenos días, Caitlyn Brown… Bienvenida al primer día del resto de tu vida».
Capítulo 8
Mientras bajaba las escaleras con mucho cuidado, Caitlyn escuchó voces y música. Siguió aquellos sonidos y el aroma del café, del beicon y del jarabe de arce para dirigirse a tientas a la cocina, tal y como Jess le había indicado la noche anterior. Tenía que hacer un cambio de sentido a los pies de la escalera y recorrer un largo pasillo, al que daban varias puertas, hasta el final.
La puerta de la cocina estaba abierta. Inmediatamente, notó el aire cálido y fragante. Mientras estaba allí, aspirando aquellos fantásticos aromas y vanagloriándose por su triunfo, oyó una voz. Era la de Jess.