Se puso en pie y reanudó la caminata, ahora con la vista al frente y confiando en el oído para cubrir la retaguardia. El miedo se volvió a disparar y no tardó en convertirse en pánico. Skyler apretó primero el paso y luego echó a correr a toda velocidad, aunque resultaba difícil hacerlo por el terreno desigual. Cuanto más corría, más asustado se sentía y más se esforzaba por olvidarse de todo lo que lo rodeaba y concentrarse exclusivamente en el camino que tenía por delante.
De repente, a su derecha, una sombra surgió de entre la hierba. Un ligero movimiento y luego un ruido, un ronco gruñido. Sin dejar de correr, Skyler se volvió justo a tiempo de ver un cuerpo peludo que se lanzaba hacia él y unos dientes blancos que relucían bajo la luz de la luna. Era un perro que se abalanzaba furioso hacia su garganta. El gruñido se hizo más intenso y Skyler notó un desgarrón en el brazo. Sin darse cuenta de lo que hacía, levantó la mano armada con el cuchillo, la subió en el aire y la hoja fue a hundirse profundamente en el peludo cuello. Su filo rebanó la yugular del animal. Cuando éste cayó al suelo ya estaba muerto. Las patas traseras se estremecieron, los pulmones se vaciaron y un postrer gemido escapó de su garganta. La sangre manaba a borbotones sobre el suelo.
Skyler retrocedió un paso y se quedó mirando atónito el cadáver del animal. Se tocó el hombro. Tenía la camisa desgarrada y el brazo le sangraba, pero la mordedura era superficial. Había tenido una suerte increíble. Miró a su alrededor y dio media vuelta. Luego echó a correr de nuevo, llegó al extremo de la pradera y se adentró en el bosque.
Siguió corriendo hasta que los pulmones le dolieron. Había reconocido al perro. Lo había visto con otros de su raza tras la alambrada de la perrera que había cerca del alojamiento de los ordenanzas. Probablemente, el animal que lo había atacado llevaba rato siguiendo su rastro. Ahora Skyler se preguntaba si no habría otros perros buscándolo. De ser así, él les había facilitado la tarea al dejar un claro rastro tras de sí. Llegó a un sendero y, ya a paso normal, tomó dirección norte, hacia el bosque.
Al cabo de un cuarto de hora llegó a un terreno despejado, largo y estrecho, en el que la hierba crecía corta. En un extremo se alzaba un gran cobertizo metálico. Skyler reconoció inmediatamente el lugar, era la pista de aterrizaje. Pero… ¿cómo había llegado hasta allí? Debía de haberse extraviado. Estaba hecho un lío, y demasiado exhausto para orientarse, corregir su error y volver a poner distancia entre él y sus perseguidores. Caminó hacia la pequeña puerta lateral del hangar. Hizo girar el tirador y le sorprendió que la puerta se abriera.
El interior estaba en tinieblas, pero Skyler encontró a tientas el interruptor y lo accionó. Incluso en reposo, la larga y esbelta avioneta daba sensación de poder y de ansias de volar. Las ruedas del tren de aterrizaje estaban inmovilizadas con calzos. Skyler abrió la portezuela metálica situada en un costado del aparato, volvió junto al interruptor para apagar la luz y, ya a oscuras, regresó a la avioneta. Una vez dentro, cerró la portezuela a su espalda y comenzó a gatear. Al fondo del aparato encontró una pequeña recámara metálica en la que había dos pequeñas maletas. Se metió en ella, encontró a tientas una lona y se la echó por encima.
Se quedó inmóvil escuchando su agitada respiración entre las sombras. De cuando en cuando, le vencía el sueño, pero a los pocos momentos respingaba y abría los ojos porque le parecía haber oído unos ladridos. Pero no podía estar seguro. ¿Eran realmente ladridos? Y, de serlo, ¿se acercaban o se alejaban? O tal vez el cansancio estaba alterando sus percepciones y lo que oía eran los ecos de lo que sus oídos habían percibido hacía unas horas.
CAPÍTULO 8
– Bueno, ¿dónde estábamos? -preguntó Tizzie sujetando la copa de chardonnay por el pie y mirando a Jude a los ojos.
– Bueno, vamos a ver -dijo Jude tras dar un sorbo a su whisky-. Me estabas hablando de los estudios hechos en Minnesota. Ayer, después de charlar contigo, me fui a la biblioteca y me informé más acerca de algunos de ellos.
– ¿Y…?
– Tenías razón. Crean adicción. Comprendo por qué los científicos se sienten atraídos por ellos.
– No sólo los científicos. Los escritores y poetas también. Shakespeare y Dostoievski, sin ir más lejos.
– Lo comprendo. Son historias apasionantes, que parecen salidas de Las mil y una noches. Lo de los dos gemelos japoneses separados que contrajeron tuberculosis en las mismas fechas. Y los dos eran también tartamudos…
– Kazuo y Takua.
– Exacto. Y uno llegó ser sacerdote cristiano y el otro se dedicó a robar y terminó en prisión.
– Y pese a ello, en el fondo, los dos eran idénticos. Ambos eran hombres inseguros y sin apenas voluntad que necesitaban someterse a algo que les impusiera su disciplina. Los dos se entregaron a actividades que les arrebataron sus vidas.
– Y Tony y Roger, los dos gemelos que, al encontrarse tras veinticuatro años de separación, se pusieron a vivir juntos y comenzaron a vestir y a actuar de modo igual, así que, para todos los efectos, se convirtieron en una única persona.
– Eso se debió a la debilidad de carácter. Ninguno de los dos se sentía completo sin el otro, y cada uno de ellos trataba de convertirse en el otro.
Ahora Jude no estaba utilizando el magnetófono, sólo el cuaderno de notas. Había escogido un sitio de ambiente más informal -preferible para aquel tipo de entrevista- y había sugerido que, después de trabajar, tomaran una copa. Por lo que, aquella cálida tarde de junio, se hallaban sentados a una mesa de la terraza de Lumi, un café restaurante situado en la avenida Lexington. La brisa agitaba las hojas del árbol que crecía en un cercano parterre de la acera. El perro salchicha de un hombre de traje azul y pajarita roja estaba olisqueando el tronco.
Tizzie vestía un traje de chaqueta azul oscuro. Al parecer, la joven no llevaba blusa, lo cual le permitía a Jude verle las clavículas y el collar de perlas. No pudo por menos de decirse que Tizzie tenía un excelente aspecto, y tuvo que recordarse que estaban allí para trabajar.
– ¿Cómo explicas las similitudes en lo referido a la personalidad? -preguntó-. El hecho de que los gemelos separados al nacer terminen teniendo caracteres tan parecidos.
– Es complicado. La bibliografía resulta confusa. En 1998, Bouchard publicó un trascendental artículo que sentó las bases para futuras investigaciones. Básicamente, en él se hacía un estudio comparativo de gemelos separados al nacer y de gemelos que se habían criado juntos. Bouchard llegó a la conclusión de que entre ellos no existían diferencias sustanciales: unos y otros comparten más o menos la misma cantidad de rasgos personales.
– Lo cual vuelve a ir en contra del sentido común.
– La cosa empeora. Según ciertos estudios, los gemelos separados al nacer se parecen más entre sí que los que crecen juntos.
– ¿Más? ¿Cómo es posible?
Ella sonrió, bebió un largo sorbo de vino y dejó la copa en la mesa.
– La teoría más convincente es que a veces los gemelos que se crían juntos hacen grandes esfuerzos por distinguirse el uno del otro. Quieren desarrollar sus propias identidades, lo cual es comprensible. La dinámica emocional existente entre los gemelos que crecen juntos es más complicada de lo que alcanzamos a imaginar.
– Pero resulta paradójico. ¿Cómo es posible que unos gemelos que se ven por primera vez alcanzada ya la mediana edad puedan ser más parecidos que unos gemelos que han crecido en la misma casa? Eso va en contra de lo que el sentido común nos dice, que el carácter lo forman las vivencias, la familia y la educación.