Jude habló del hombre que lo siguió en el metro y explicó lo del asesinato de New Paltz y lo de la extraña identificación por la prueba del ADN. Pero omitió que la víctima tenía una herida redonda en un muslo, y que creía que un coche lo había seguido en el trayecto de regreso a casa. Jude se dijo que Tizzie y Skyler ya estaban bastante inquietos. Los pobres aún no se habían repuesto de sus recientes sobresaltos.
– Todo es tan extraño… tan absurdo -murmuró la joven.
– ¿El qué? ¿A qué te refieres concretamente? -preguntó Jude.
– A todo. Pero pensar que se puede montar un amplio experimento científico jugando con vidas humanas… Sinceramente, me cuesta creerlo. Y, sin embargo, maldita sea, Skyler y tú sois idénticos.
»Además… Los dos hacéis los mismos gestos y ademanes. ¿Os dais cuenta de cómo os habéis colocado? Inconscientemente, os habéis puesto el uno frente al otro, y parecéis dos imágenes en espejo. Es verdaderamente asombroso… en el caso de que realmente seáis gemelos, claro. Yo he entrevistado a muchos gemelos separados, pero nunca he presenciado el momento del reencuentro.
– No estamos seguros de que lo que está sucediendo sea eso -dijo Jude.
El periodista percibía la dicotomía que se estaba produciendo en Tizzie. La científica parecía fascinada por la posibilidad de que fueran gemelos idénticos, mientras que la mujer enamorada parecía preocupada, angustiada.
Y Skyler parecía angustiado por la angustia de Tizzie.
Jude consideró que había llegado el momento de tomar las riendas de la situación.
– Escucha -dijo mirando a Skyler-. Lo primero que tenemos que hacer es encontrar un sitio en el que estés seguro. Aquí no lo estás, porque probablemente ellos, quienes demonios sean, saben que estás aquí. Mañana tendremos que buscarte un sitio para vivir. Y creo que también deberíamos cambiar tu apariencia. No estoy seguro de si es una ventaja o un inconveniente que te parezcas a mí y que todos te confundan conmigo, pero, teniendo en cuenta todo lo sucedido, tiendo a creer que es un inconveniente.
»Tizzie, deberías quedarte esta noche aquí. Así, mañana a primera hora podremos comenzar temprano a hacer las diligencias necesarias.
Jude quería que se quedase por la propia seguridad de la joven, y también le confortaba que le afectase tanto el hecho de que tuviera un gemelo. Sin duda, los sentimientos que Tizzie albergaba hacia él eran muy profundos. Quizá se había equivocado al pensar que la joven no estaba segura de seguir adelante con la relación.
Pero Tizzie insistió en marcharse. Dijo que llevaba varios días ausente y le apetecía dormir en su casa.
– Por cierto, ¿adonde fuiste? -preguntó Jude mientras bajaba las escaleras con ella.
– A Milwaukee -respondió ella-. Estuve en casa de mis padres.
– ¿Cómo se encuentran?
– Nada bien. Sólo tienen los achaques propios de la edad, pero… Están envejeciendo tan de prisa…
Jude paró un taxi y se inclinó para besarla en la mejilla. Tizzie le sonrió falsa y valerosamente.
Poco rato más tarde, mientras se desnudaba para acostarse -esta vez sería Skyler el que durmiera en el sofá-, volvió a sentirse impresionado por lo absurdo que era cuanto había sucedido en los dos últimos días. Cada vez estaba más seguro de que Skyler era su hermano y quizá su gemelo. Nadie habría supuesto que algo así podía suceder, y sin embargo había sucedido. Y, para colmo, todo ocurría entre un cúmulo de coincidencias. Había conocido a Tizzie mientras investigaba para un reportaje sobre los gemelos idénticos, y luego resultaba que tenía un gemelo idéntico. Fue a cubrir la historia de un asesinato, y luego resultó que la víctima del asesinato tenía alguna relación con Skyler. ¿Qué posibilidades había de que cosas como aquéllas sucedieran por casualidad?
Hacía unos minutos, mientras los tres se hallaban reunidos en la sala, Jude había tenido una extrañísima sensación. En torno a ellos estaban sucediendo tantas cosas inexplicables, y entre ellos mismos estaban quedando tantas cosas por decir… Era como si los tres estuvieran encerrados en un fantasmal laberinto, como si el destino los hubiera escogido para algún inescrutable cometido.
Jude se levantó temprano, se preparó un café bien cargado y buscó una habitación barata en la sección de alquileres del periódico. Tres o cuatro de los anuncios le parecieron prometedores y trazó un círculo alrededor de cada uno. El de una habitación situada en los alrededores de Astor Place parecía especialmente prometedor: un dormitorio parcialmente amueblado, disponibilidad inmediata, ni fumadores ni animales de compañía, ochocientos dólares al mes.
Tras dejarle una nota a Skyler, se puso la chaqueta y salió del edificio. Antes de montar en su coche, miró cuidadosamente hacia ambos extremos de la calle. No vio nada sospechoso. Era un hermoso día de junio. El cielo estaba casi despejado, salpicado sólo por pequeñísimas nubes, y en las calles laterales la luz del sol se filtraba entre las copas de los árboles.
Como aún faltaba para la hora punta, no tardó en llegar a Astor Place. Un fornido individuo en camiseta estaba sentado junto a la entrada de un ruinoso edificio de apartamentos. Apoyaba la silla en la fachada de estuco, cubierta de graffiti, y las inscripciones parecían fundirse con los tatuajes que el individuo tenía en los hombros.
– ¿Es usted el conserje? -preguntó Jude.
El hombre, impertérrito, gruñó algo ininteligible y lo miró de arriba abajo. Al fin, se puso en pie y entró en el edificio indicando a Jude que lo siguiera.
El apartamento se hallaba en la parte posterior del tercer piso. Sobre la puerta se acumulaban tal cantidad de capas de pintura color gris plomo que sólo era posible abrirla dándole una patada; el suelo, cubierto de linóleo, era desigual y estaba lleno de grietas. La primera habitación era la cocina, provista de un viejo fogón de gas y una nevera no menos vetusta. A un lado había un angosto baño con una media bañera rodeada por una cortina de plástico floreada. La habitación del fondo era un dormitorio que contenía una mesa cuadrada, un gran baúl vertical con cajones y un amplio sofá cama de dos plazas. La ventana daba a una salida de incendios que a su vez daba a un callejón.
El lugar estaba limpio y Jude decidió alquilarlo.
– Supongo que querrá usted referencias -dijo Jude mirando las grietas del techo de escayola-. Puedo traérselas.
El conserje se encogió de hombros.
– No.
– ¿Le importa que el contrato de alquiler se haga a nombre de otra persona?
– Mientras no fume, me da lo mismo quien sea -gruñó de nuevo el hombre.
– No, por eso no se preocupe.
Jude extendió un cheque por el primer mes de alquiler y luego otro por la misma cantidad para cubrir la fianza.
– El nombre es Smith -dijo-. Jim Smith.
– Qué original -comentó el conserje con indiferencia.
Dos horas más tarde, Jude se hallaba sentado a su escritorio de la redacción del Mirror, tratando de esquivar a Judy Gottman, la encargada de asignar los trabajos, que merodeaba por los pasillos con un papel en la mano, como en busca de una presa. Cuando Jude la vio acercarse a su cubículo, descolgó el teléfono y se lanzó a una encendida e imaginaria conversación. Hizo ver que estaba sacándole los detalles más truculentos de un caso a un ayudante del fiscal de distrito que no tenía demasiadas ganas de hablar. Judy se detuvo junto a su escritorio, mascando chicle con evidente impaciencia.
– Quiero la exclusiva de esto, ¿entendido? -ladró Jude al teléfono en tono amenazador. Luego miró a Judy, enarcó las cejas como si no la hubiera visto hasta aquel momento y, tapando el micro con una mano, dijo en un susurro-: Lo siento, no puedo hablar. Esto podría ser importante.
Judy siguió su camino para acorralar a otro reportero.