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Conectó el ordenador, marcó la contraseña que había escogido hacía años -«Ludita»- y entró en la red. Llegó a un motor de búsqueda y tecleó el nombre del Instituto para la Investigación sobre la Longevidad Humana. El ordenador tardó un buen rato en responder. Jude salió a por otro café y al regresar vio que la búsqueda había obtenido 984 resultados.

Desalentado, comenzó a leer la larguísima lista, en la que había de todo: investigación, remedios, anécdotas, casos clínicos, hechos históricos, mitos, supersticiones, hombres, mujeres, niños, antioxidantes genéticos, restricción calórica, sustitución de órganos, terapia de hormonas, esperanza de vida, gerontología. Casi al azar, hizo clic en uno de los documentos, que aparecía bajo el nombre de «drosophila», y leyó el contenido.

Michael R. Rose, un genetista que siente una pasión obsesiva por el proceso de envejecimiento, es hombre de grandes ideas y pequeñas acciones. Desde 1976, cuando era estudiante de postgrado en la Universidad de Sussex, viene trabajando en la radical idea conocida como teoría evolucionaría del envejecimiento. Para sus investigaciones ha utilizado la humilde mosca de la fruta. Comenzó con doscientas hembras de mosca metidas en botellas de leche. Luego, cada vez que se reproducían, Rose escogía únicamente los huevos de las más longevas. En sus desplazamientos profesionales de una universidad a otra, se llevaba consigo su colección de moscas. Hoy en día, en la Universidad de California, Ir-vine, Rose preside una población de más de un millón de moscas. Pero no es el número lo que ha llamado la atención del mundo científico, sino la edad de los insectos, que llegan a vivir hasta ciento cuarenta días. Esto no parece mucho en términos humanos, pero para una mosca de la fruta supone doblar su lapso de vida normal. ¿Qué le parecería al lector vivir ciento cincuenta años en vez de los setenta y cinco que las estadísticas le asignan?

Jude encontró documentos similares referidos a gusanos, pájaros, peces de acuario y monos. Modificó la búsqueda, añadió «Jerome» y también «W». Como resultado, fue a parar a una página web. En la pantalla se fue formando poco a poco la imagen de un lagarto encaramado a una roca, cuyo único ojo visible parecía no perder de vista al espectador. La web parecía antigua y no contenía demasiada información, aunque había al menos una referencia al IPILH, que Jude supuso era la sigla del Instituto para la Investigación sobre la Longevidad Humana.

En el ángulo inferior izquierdo vio un recuadro donde ponía Grupo de discusión, e hizo clic sobre él. En la sala de chat había cuatro personas conversando.

– Todas las noches le rezo a Dios pidiéndole que me permita sobrevivir a la noche y a un día más. Al día siguiente hago lo mismo, y siempre funciona. Ése es mi secreto.

– ¿Cómo se llamaba aquella mujer, la francesa que vivió hasta una edad increíble? Creo que conoció a alguien muy famoso.

– Se llamaba Jeanne Calment. Murió el año pasado a la edad de 122 años. De niña conoció a Vincent van Gogh, le vendió una caja de lápices de colores.

– Exacto. Y eso demuestra a qué edades es posible llegar, ¿no?

– Sí. Pero hay otros que han sido igual de longevos. Tendrán que cambiar los libros de récords, porque la gente vive cada vez más y más tiempo.

– Alguien se ha unido a nosotros. Hola, Ludita.

– Hola -respondió Jude.

– Estamos hablando, ¿de qué si no?, del envejecimiento. Y aquí «Matusalén» nos está diciendo que no nos preocupemos, que vamos a vivir para siempre ja ja ja.

– No, para siempre no. Pero es un hecho demostrado científicamente que la duración de la vida humana se está prolongando cada vez más. A finales del siglo pasado, la esperanza de vida en Estados Unidos era de 46 o 47 años. Ahora está en torno a los 76, aunque, naturalmente, mucha gente rebasa esa edad. La esperanza de vida seguirá aumentando.

– Pero existe un límite, ¿no?

– Ciertos hechos básicos son inevitables. Envejeces y mueres. Cuanto más viejo eres, más posibilidades tienes de morir.

– En realidad, eso no es cierto. Lo contrario es más cierto.

– ¿Qué quieres decir?

– Quiero decir que el índice de mortalidad humana no se acelera uniformemente durante todo el lapso vital.

– Explícate, por favor.

– Eso a mí me suena a disparate. ¿Por qué creéis que no dejo de pedirle a Dios que me conceda un día más?

– Tus posibilidades de morir comienzan a reducirse alrededor de la edad de 80 años.

– Querrás decir que comienzan a aumentar.

– No, justo lo contrario. Si llegas a los 80, tus posibilidades de alcanzar los 81 aumentan ligeramente. El índice de mortalidad humana se estabiliza a los 110. Así que si llegas hasta esa edad, puede ocurrirte lo que a Madame Calment: que sigas tirando hasta los 122.

– Pero eso es absurdo.

– Contradice la lógica humana, pero la ciencia suele hacerlo. Tu sorpresa sólo demuestra lo mal que entendemos el proceso de envejecimiento.

Jude decidió intervenir en el debate.

– ¿No crees que existe un límite para la cantidad de tiempo que podemos vivir?

– Sí, Ludita, claro que existe. Lo que digo es que ni siquiera nos hemos acercado a él. Durante este siglo hemos doblado nuestra esperanza de vida, y eso se ha conseguido utilizando únicamente remedios externos: dieta, ejercicio, vitaminas, etcétera. Todavía no hemos comenzado siquiera a manipular la duración de la vida desde dentro, por medio de la ingeniería genética.

– ¿Eso se puede hacer?

– Se está haciendo. Y cuando eso se consiga, no existirá motivo alguno para pensar que no podamos vivir 150, 170 o incluso 200 años. Imagina todo lo que podrías hacer en la vida si dispusieras de 200 años.

– No me extraña que te hagas llamar Matusalén.

– Los accidentes no existen. Dime una cosa, Ludita: ¿estás interesado en este tema?

– Desde luego.

– ¿Qué edad tienes?

– Treinta años.

– Aún eres joven. ¿A qué te dedicas?

Jude vaciló por medio segundo.

– Soy periodista.

– Vaya. Una honorable profesión.

– ¿Y qué me aconsejas?

– ¿Aconsejarte?

– Pensé que ibas a recomendarme algo.

– Sí. Ve a un buen gimnasio, come mucha fruta y verduras que contengan carotenoides, que sirven para eliminar los radicales libres. Corre ocho kilómetros diarios.

– ¿Eso es todo?

– Sí.

– Quisiera preguntarte otra cosa -escribió Jude-. ¿Qué significa Jerome?

– No tengo ni idea.

Otro participante intervino:

– ¿Podrías explicar otra vez lo de que después de los 80 las posibilidades de morir disminuyen?

– Lo siento. Tengo que dejaros. He de darle de comer al gato.

Jude tecleó rápidamente:

– Una última cosa: ¿qué significa W?

– Es curioso que lo preguntes.

– ¿Por qué?

– Hace mucho tiempo, yo hice esa misma pregunta en este mismo chat.

– ¿Y qué respuesta te dieron?

– No la entendí.

– Pero… ¿¿¿Cuál fue???

– Doble tú.

– ¿Doble tú? -Exacto. Bibi(1). -Bi.

Jude pulsó una tecla y el lagarto volvió a aparecer en la pantalla. Pulsó otra y se desconectó de la red.

(1) En inglés, la W se pronuncia «dabelyu», igual que «doble tú», y también recibe el nombre de double ve, y veve suena igual que bibi. (N. de la t.)

CAPÍTULO 16

Skyler se dijo que, si quería dejar de llamar la atención, debía dejar de correr, así que aflojó la marcha y siguió caminando a paso vivo. Pero sudaba a mares, estaba jadeando y no dejaba de mirar atrás para cerciorarse de que nadie lo seguía. Le daba la sensación de que todo el mundo lo miraba, de que todo el mundo se daba cuenta del terror que lo dominaba. Y, ciertamente, los transeúntes lo miraban con extrañeza. Todas las personas que circulaban por la acera parecían tener un motivo para estar allí y un lugar al que dirigirse. Él carecía de lo uno y de lo otro, y ni siquiera tenía claro qué debía hacer a continuación. Había corrido llevado por el instinto, escogiendo las calles que, por algún motivo, le parecían menos peligrosas, del mismo modo que un zorro perseguido por la jauría se refugia siempre en la espesura.