– O sea que estás convencido de que tú y yo somos clones -dijo Skyler con un deje de agresividad en la voz.
Estaban en el reservado de un bar llamado Subway Inn, en la calle Sexta. Tizzie y Skyler se sentaban el uno junto al otro, y Jude frente a ellos. El local estaba escasamente iluminado y en la máquina de discos sonaba una vieja pieza de Dave Brubeck, Take Five. Tizzie bebía bourbon y Jude una cerveza Beck's. Skyler había probado la bebida de Jude y había pedido lo mismo.
– No estoy seguro al ciento por ciento -dijo Jude-. Admito que la idea resulta descabellada, pero es la única que aclara todo lo que está ocurriendo. ¿Cómo, si no, explicas que tú y yo nos parezcamos tanto, que tengamos incluso el mismo ADN, y que sin embargo no seamos de la misma edad?
– Quizá sí lo seamos. Quizá ese tipo… ¿cómo se llama?
– McNichol.
– McNichol. Quizá se equivocó al realizar la prueba. -Es posible, pero esa prueba no es lo único. -¿Qué más hay?
Antes de continuar, Jude dio un largo trago de cerveza. -El reconocimiento médico que te hicieron. Hoy telefoneé y me dieron los resultados.
– ¿Y…?
– Hablé con mi médico de cabecera, que ya había regresado. El hombre estaba absolutamente hecho un lío, creía que debía de tratarse de un error.
– ¿Por qué? -preguntó Tizzie.
– En primer lugar… -empezó a decir Jude mirando a Skyler-. Esto te gustará. El doctor dijo que me hallaba en una espléndida forma física, que llevaba años sin estar tan bien. Delgado y en forma, y añadió que mi organismo parecía el de alguien bastante más joven que yo. Te paso los cumplidos a ti, ya que a ti te corresponden.
Los labios de Skyler esbozaron una sonrisa.
– Pero los análisis de sangre lo dejaron atónito. Dijo que las células inmunes que yo había desarrollado a causa de la hepatitis que padecí hace tres años habían desaparecido por completo. Esto le pareció absurdo. Dijo que lo primero que se le ocurrió fue que habían cambiado accidentalmente las muestras de sangre, pero desechó esta posibilidad debido a que en todos los demás aspectos la sangre era idéntica a la mía. El doctor, como te digo, estaba auténticamente perplejo.
– Sí, bueno, la explicación de eso ya la conocemos. Yo nunca tuve hepatitis. No creo que nadie de la isla la haya tenido. ¿Y qué?
– Las similitudes con mi verdadera sangre eran tan grandes que el doctor excluyó totalmente la posibilidad de un error. O sea que ahí tenemos una prueba más de que nuestros organismos y nuestros genes son idénticos.
– Lo mismo ocurriría si fuéramos gemelos. -Sí, pero el médico también encontró algo que indicaba una diferencia de edad. Vio en mi radiografía que… -Querrás decir mi radiografía.
– Sí, claro, tu radiografía. El médico la comparó con una que me habían sacado a mí en una consulta anterior. Dijo que se había producido una reversión en la densidad ósea, que el adelgazamiento natural se había invertido y los huesos eran ligeramente más gruesos. Como ocurriría si yo fuese cinco o seis años más joven. El doctor estaba tan confuso que consultó con un radiólogo y éste le confirmó el fenómeno. No es extraño que esté perplejo ni que comience creer que mi caso merece figurar en los libros de récords.
Skyler asimiló la información en silencio, acabó su cerveza y clavó la mirada en Jude.
– Coges una muestra de mi cabello y la mandas analizar a mi espaldas -dijo-. Me envías a tu propio médico. ¿A cuántas pruebas más piensas someterme? ¿Qué otras sorpresas te sacarás de la manga?
Se puso en pie y fue a la barra a por otra cerveza.
– La verdad es que tiene razón -opinó Tizzie-. No le faltan motivos para estar molesto. Debe de sentirse como un conejillo de Indias. Esta situación no puede resultarle nada cómoda.
– Tampoco es cómoda para mí -respondió Jude-. Hace una semana, yo me consideraba una persona normal y corriente. Y ahora me encuentro con que soy una especie de fenómeno de feria.
– El que se siente como un fenómeno de feria no eres tú, sino él.
Skyler regresó y comenzó a hablar antes incluso de sentarse.
– Muy bien, digamos que es cierto. ¿Por qué iba alguien a hacer algo así? ¿Por qué iba alguien a ponerse a fabricar clones?
– No lo sé. Pero lo que sí sé es que tanto tu niñez como la mía fueron sumamente anómalas. A mí me criaron en Arizona, en una extraña secta, y perdí a mis padres sin siquiera llegar a conocerlos. Tú creciste en esa absurda isla en la que prácticamente todos tus movimientos y pensamientos estaban controlados. Ninguno de nosotros conoció a nuestros padres. Nos parecemos. Actuamos de manera similar. Pero yo soy más viejo que tú. ¡Por el amor de Dios, dame otra explicación!
– No puedo -dijo Skyler en voz baja-. Y si las cosas sucedieron como dices, todas las explicaciones que se me ocurren son a cuál más odiosa.
La expresión de Tizzie cambió al oír aquello.
– Así que, de momento -siguió Skyler-, no hablemos de las posibles explicaciones.
– De acuerdo.
Tizzie le mostró su vaso vacío a Jude.
– ¿Qué tal si vas a buscarme otro whisky? -le pidió.
– Claro.
Cuando Jude se alejó de la mesa, Tizzie le puso a Skyler una mano sobre el brazo y le dirigió una sonrisa. Él, sin poderse contener y casi temblando, alzó una mano y la colocó sobre la de ella.
– Ya sé que no es fácil -dijo Tizzie.
Skyler no se atrevió a decir nada, pero la miró fijamente a los ojos.
Cuando Jude regresó, los tres permanecieron callados durante un buen rato. Al fin Skyler rompió el silencio.
– Dime algo -le dijo a Jude-. ¿Tú qué opinas? ¿Que yo soy tu clon o que tú eres mi clon?
– Que tú eres mi clon.
– ¿Por qué?
– Porque yo soy mayor.
– Ya.
– ¿No estás de acuerdo?
– Digamos que yo no lo veo así.
– Pues ¿cómo lo ves?
– Los dos procedemos del mismo óvulo. Tú, simplemente, fuiste el primero en usarlo.
Cuando salían del bar, Jude se volvió hacia Skyler y sonrió.
– Por cierto -dijo-. Hay otra cosa.
– ¿Qué?
– Sé de buena fuente que durante el próximo año te van a salir las muelas del juicio. Y probablemente sufrirás de lo que los dentistas llaman alvéolo seco. Y, puedes creerme, te va a doler endemoniadamente.
Jude fue en el metro hasta South Ferry y, mientras subía las escaleras que conducían a la terminal del ferry de Staten Island, decidió dar un rodeo. Había tomado una decisión pero no estaba orgulloso de ella.
Se acercó a un quiosco de prensa y pidió un paquete de Camel. Rompió el celofán, golpeó la cajetilla contra el índice izquierdo y sacó un cigarrillo. Era asombroso, pensó, las mañas y ritos del hábito de fumar no se olvidaban. ¿Cuánto tiempo llevaba sin probar un cigarrillo? Casi dos años.
Lo encendió con rápidos movimientos, no fuera a ser que su conciencia le creara dificultades y aspiró profundamente. Fue como si una mano invisible le estrujara los pulmones. Se mareó un poco y notó que la sangre le circulaba por las venas como si éstas se hubieran contraído. Luego llegó la incomparable sensación de calma.
Pero la calma no tardó en convertirse en furiosos remordimientos. ¿Cómo podía ser tan débil? Trató de apaciguar su conciencia buscando excusas para su debilidad. A fin de cuentas, su vida se estaba volviendo del revés debido a causas que escapaban totalmente a su control. ¿Quién podría contenerse en unos momentos como aquéllos? Catapultó el cigarrillo con el dedo medio -otro viejo hábito- y escuchó el siseo cuando la colilla cayó en el agua. Después subió a bordó del ferry.
No vio a Raymond por ninguna parte. Miró su reloj. Eran las diez en punto de la noche. Recorrió un par de veces las dos cubiertas, mirando a los pasajeros que permanecían sentados en los bancos de madera o apoyados en las barandillas exteriores: hombres de negocios y obreros que regresaban a casa, enamorados que habían salido a dar un paseo. Lo de quedar en el ferry había sido una tontería. Cuando Jude llamó a Raymond a su casa para concertar el encuentro y el federal propuso que se vieran en el ferry, a Jude le pareció algo teatral. Sin duda, su amigo había visto últimamente muchas viejas películas en televisión. Pero Raymond aseguró que, de todas maneras, tenía que tomar el ferry. ¿Adonde tendría que ir a aquellas horas? Jude se dijo que tal vez se había equivocado de barco y sería mejor que volviera a tierra a esperar el siguiente. Pero ya era tarde para eso, pues el ferry había soltado amarras y se estaba separando del muelle.