»Se están realizando otros muchos trabajos para eliminar enfermedades, producir proteínas farmacéuticas y posibilitar el trasplante de órganos entre especies distintas. En muchos aspectos, los cerdos son donantes ideales, pero el cuerpo humano rechaza sus órganos. Si pudiéramos modificar las células porcinas, tendríamos un suministro ilimitado de órganos para trasplantes. ¿Sabían ustedes que en Estados Unidos todos los años mueren tres mil personas que se hallan en la lista de espera para conseguir un trasplante, y que otras cien mil mueren antes de entrar siquiera en esa lista?
»Los ganaderos siempre tratan de producir animales campeones. Una vaca perfecta. Imaginen lo que supondría poder producir cientos de vacas como ésa. O quizá se podría invertir el proceso. Producir millares de embriones en el laboratorio y escoger luego los que se deseen, modificándolos aquí y allá añadiendo o quitando un gen. Y luego, cuando se haya conseguido la vaca auténticamente perfecta, por medio de la clonación se podrían producir infinitas copias.
»E1 factor clave es el número. La modificación genética es un proceso difícil. No se sabe dónde hay que insertar el gen, ni tampoco se sabe dónde va a terminar. Pero si pudiéramos cultivar en el laboratorio miles de millones de células, no sería necesario insertarlas con precisión. Ni siquiera nos hace falta saber exactamente cómo funciona el proceso. Sólo es preciso identificar la célula indicada. Luego se seleccionarían únicamente las células portadoras de la modificación que necesitamos. Cuando se dispone de millones de células, se pueden modificar todas en bloque, y buscar luego las que se necesitan.
– O sea que, básicamente -dijo Jude-, es como imitar el proceso de evolución, sólo que haciéndolo todo a la vez.
– En efecto -dijo Hartman con una resplandeciente sonrisa.
– Y el que efectúa la selección es usted, y no la naturaleza, ni Dios, ni el medio ambiente, ni las circunstancias.
– Así es.
– ¿Y esos experimentos nunca salen mal?
Hartman sonrió.
– Mire, no voy a decir que no existan problemas. El asunto es complicado. Lo cierto es que sometemos a una pequeña célula a un montón de manipulaciones. La violentamos y la hacemos pasar por una importante operación quirúrgica. Implantamos un conjunto de cromosomas extraños y quizá los cromosomas no se encuentren en estado de reposo, quizá se dividan de forma asincrónica con las células embrionarias. Es inevitable que muchos embriones mueran. Los doctores Wilmut y Campbell produjeron a Dolly pero, antes de conseguirlo, en distintas etapas del proceso murieron doscientos setenta y seis embriones.
– ¿Y no se producen ejemplares que viven pero con anomalías?
– Desde luego. De ellos no se oye hablar, como es natural. Circulan todo tipo de informes y rumores acerca del gigantismo.
– ¿Gigantismo? ¿En qué consiste?
– Simplemente, en que los animales crecen demasiado. A veces son excesivamente grandes para que la madre sustituía pueda alumbrarlos. La mayor parte de los clones de reses producidos por la compañía Grenada de Texas padecieron esa anomalía. Aún no sabemos qué la causa.
»Compréndanlo, la vida no es perfecta. Los errores se dan incluso en la naturaleza. O especialmente en la naturaleza. Llega un momento en que uno tiene que inclinarse ante ese hecho. Se sabe que el cuerpo cambia con la edad. ¿Qué supone eso para las células individuales? Ellas también cambian. Se reproducen una y otra vez, y en el proceso aparecen pequeños errores. Las proteínas interpretan o copian mal todos esos kilómetros de ADN. Es como una fotocopiadora que está constantemente en funcionamiento y cuyas copias no sólo se hacen crecientemente difusas, sino que pierden letras en algunos lugares o las ganan en otros. Cuando ya se han efectuado millones de copias, el documento resulta poco menos que ilegible.
«Entonces, ¿qué ocurre si le quitamos el núcleo a una vieja célula y lo ponemos en el interior de un óvulo nuevo? ¿Conseguimos realmente un óvulo fertilizado nuevecito dispuesto a enfrentarse a los retos de la vida? ¿O lo que conseguimos es un viejo y fatigado núcleo en el interior de un óvulo joven? La respuesta a esa pregunta no la conoce nadie. ¿Y sabe usted cuándo la conoceremos?
Jude negó con la cabeza.
– La conoceremos si comienzan a aparecer muchos seres humanos de extraño aspecto.
Concluida la visita guiada por el laboratorio, Hartman se sentó a una mesa de madera próxima a su escritorio.
– Dígame una cosa, doctor Hartman, ¿es posible clonar seres humanos? -preguntó Skyler, que había permanecido casi todo el rato en silencio.
La sonrisa de Hartman sugería que al hombre le habían hecho la misma pregunta infinidad de veces.
– Lo cierto es que las condiciones necesarias están dadas. La fertilización in vitro, que es con mucho lo más esencial, es un hecho desde 1971. La técnica de enucleación del ADN no hace sino avanzar. La congelación de células espermáticas y ovulares se efectúa desde hace años. O sea que disponemos ya de todas las herramientas esenciales. Si podemos hacerlo con mamíferos menores, podemos hacerlo con seres humanos. En realidad, sólo existe un obstáculo.
– ¿Cuál?
– La oposición del público. La ética. Muchas personas consideran que ese tipo de cosas van contra la naturaleza o contra los designios de la naturaleza.
– Pero… Si hubiera un grupo que hiciera caso omiso de las consideraciones éticas, ¿le sería posible, por ejemplo, producir un niño, clonarlo, congelar el clon y luego, años más tarde, reactivarlo?
– Desde luego. Ya se dispone de la tecnología necesaria. A lo que usted se refiere es a combinar dos procedimientos que ya existen y que se conocen perfectamente: la clonación y la criopreservación. En marzo de 1988 en Los Ángeles nació un niño de un embrión que había permanecido congelado siete años y medio. Creyeron que habían batido un récord hasta que se enteraron de que un niño nacido en Filadelfia procedía de un embrión que había permanecido congelado cuatro meses más.
«Naturalmente, para efectuar una clonación retardada haría falta tener razones de peso. ¿Quién iba a querer tener un niño para luego, años más tarde, producir un duplicado exacto? Para una cosa así, sólo se me ocurre una razón aceptable.
– ¿Cuál? -preguntó Jude.
– El dolor. Si quisiera usted muchísimo a un hijo, y ese hijo muriese, y la pérdida se le hiciera insoportablemente dolorosa, tal vez tratara usted de recrearlo. Naturalmente, conseguirlo al ciento por ciento sería imposible, ya que el proceso de clonación desatiende los factores psicológicos y los demás elementos fisiológicos que forman una personalidad. Y, de todas maneras, tal posibilidad presupone que el progenitor piensa ya en la sustitución del niño antes de que éste nazca, lo cual es llevar las cosas demasiado lejos hasta para un pesimista rematado.
– Ha dicho que sólo se le ocurre una razón aceptable -dijo Skyler-. ¿Cuál sería una razón inaceptable?
– Resulta demasiado absurda. Pertenece al ámbito de la ciencia ficción y nunca podría plasmarse en la realidad.
– Pero, aunque sea hablar por hablar, ¿cuál sería esa razón?
– Crear un banco de órganos de repuesto. Antes hablábamos de los trasplantes de órganos. Pese a todos nuestros progresos, a ese respecto todavía estamos en la prehistoria. Aún tenemos que atiborrar al paciente de drogas inmunodepresoras que unas veces producen el efecto deseado y otras no. Creamos grandes bancos de datos informáticos para buscar esa médula ósea que necesitamos entre mil. Ponemos a la gente en listas, esperando que otra gente sufra accidentes fatales. Imaginen lo que supondría poder efectuar un trasplante sin el temor de que el sistema inmune del organismo lo rechace. El órgano trasplantado no sería ajeno, ya que tendría una constitución genética idéntica a la del órgano al que debía sustituir. Todos esos millares de maravillosos centinelas que están adiestrados para combatir a los intrusos, los leucocitos antígenos y los linfocitos T, se quedarían tranquilos y el cuerpo daría la bienvenida con los brazos abiertos al nuevo órgano. Ése ha sido el sueño de los cirujanos durante treinta años, desde el momento en que Christian Barnard introdujo el corazón de una mujer de veinticuatro años muerta en un accidente automovilístico en el pecho de un hombre de cincuenta y cinco años, Louis Washkansky, concediéndole con ello dieciocho años más de vida.