Hartman les dio la más cordial de las bienvenidas y les presentó a su esposa, Jennifer, que era bioquímica. La mujer les estrechó la mano mientras un pequeño le tiraba de la falda y otros tres niños, en distintos grados de desnudez, corrían y brincaban por el recibidor. El aire estaba impregnado del fuerte aroma de la carne asada. Hartman les puso bebidas en las manos -margaritas en copas altas, con sal en el borde- y los condujo hacia el patio trasero, donde había seis personas sentadas en sillas plegables. Hartman presentó a los recién llegados.
– Estábamos hablando de vuestro tema favorito… ¿de qué si no? -dijo Hartman-. Aquí, Bailey -explicó señalando con un movimiento de cabeza a un joven flaco y con gafas- se acaba de ganar la repulsa general por hacer una pregunta tonta. Quería saber si los clones humanos tendrían alma. Yo le he explicado que serían exactamente como gemelos idénticos, sólo que no de la misma edad.
– En realidad, serían menos idénticos que una pareja de gemelos.
La que había hablado era una microbióloga llamada Ellen. Jude la reconoció porque la había visto en el laboratorio a primera hora de aquella tarde.
– Los gemelos idénticos -continuó la mujer- tienen algo en común que no existiría en el caso de los clones: han compartido un mismo seno materno. Es durante esos nueve meses cuando comienzan las influencias externas. Y éstas son numerosas y tienen gran peso. La dieta materna, los estimulantes, las hormonas, la edad de la madre… Infinidad de cosas. Y apenas sabemos nada acerca de cómo influyen esos factores en el desarrollo del feto. Aun en el caso de que los clones nacieran de la misma madre, lo harían en épocas diferentes, así que, para todos los efectos, procederían de úteros distintos.
»Y, como es natural, tras el nacimiento entran en acción el resto de las variables de época, lugar y cultura. Aunque permanecieran en la misma familia, su evolución sería diferente. El orden de nacimiento carece de importancia entre los gemelos idénticos. Es absurdo decir que uno es ocho minutos mayor que el otro. Pero si en vez de ocho minutos son ocho años, nos enfrentamos a una nueva dinámica de la relación entre hermanos. Imagínate tener un hermano menor que posee exactamente la misma estructura genética que tú. ¿Cómo te sentirías si él sacase mejores notas que tú, o si fuera el tonto de la clase? O imagínate que fueras el menor. Sería inevitable que crecieras con un inmenso complejo de inferioridad.
Skyler y Jude se miraron.
– Supongo que vosotros dos sois hermanos y que por eso, como ha dicho Hartman, estáis interesados en el tema.
Jude asintió con la cabeza y Hartman volvió a tomar la palabra:
– La importancia de las influencias ambientales es incalculable. Por eso me desespero cada vez que me preguntan si algún día clonaremos a un futuro Adolf Hitler o a un futuro Albert Einstein. Podéis creerme, se necesita mucho más que unos genes erráticos para crear a un monstruo como Hitler. Estoy seguro de que alguien con la misma estructura genética pero con una educación distinta podría haber sido un agradable y pacífico pintor vienes. En cuanto a Einstein, podríamos comenzar a clonarlo ahora y terminar el día del juicio final, y dudo de que uno solo de sus clones lograra entender la teoría de la relatividad.
– A eso me refería cuando mencioné lo del alma -dijo Bailey, que era psicólogo-. Imaginaos a Einstein sin su genialidad, o a Hitler sin su maldad. Imaginaos a un hermano menor tan desesperado por ser como su hermano mayor que lo imita en todo, o a un hermano mayor que intenta desesperadamente vivir de nuevo por medio de su hermano menor. ¿No se perderá algo en el proceso? Si allanamos las montañas y rellenamos los valles, ¿no acabaremos encontrándonos con que tenemos entre las manos algo inocuo, homogéneo y anónimo?
– Tonterías -dijo Hartman-. El mero hecho de que hayas utilizado la palabra desesperado en los ejemplos que acabas de poner demuestra lo humanos que serán los clones. No se tratará de autómatas. Serán capaces de sentir las emociones más extremas, buenas y malas, como el resto de los mortales. Y en cuanto a los Einstein y a los Hitler, en el futuro también los tendremos, pero no porque los cultivemos, sino simplemente porque las variables inherentes a la herencia y al ambiente son tan inmensas que es inevitable que sigan naciendo seres excepcionales para lo bueno y para lo malo.
– No te olvides del ADN mitocondrial -dijo Ellen. -¿Qué es eso? -preguntó un hombre de cierta edad cuyo nombre se le había escapado a Jude.
– Es un ADN que procede únicamente de la madre. Se encuentra en el citoplasma de la célula, no en el interior del núcleo. Eso significa que la transferencia nuclear no lo afecta. No estamos hablando de muchos genes, sino de unos sesenta entre cien mil; pero desempeñan un papel en la producción de enzimoproteínas, que son importantes para el desarrollo del feto. De modo que los gemelos idénticos tendrían el mismo ADN mitocondrial, pero los clones no. Pensándolo bien, lo que de veras constituye una aberración de la naturaleza son los gemelos idénticos. Si los gemelos no existieran y los científicos los hubiéramos producido, un populacho armado de antorchas nos habría expulsado de la ciudad, como en las películas de Frankenstein.
En aquel momento avisaron de que la cena estaba lista. El grupo se desplazó al interior de la casa y todos se sentaron en torno a una alargada mesa de roble sobre la que había fuentes con patatas, ensalada y otros acompañamientos. Hartman comenzó a cortar grandes pedazos de carne.
El hombre que se sentaba a la derecha de Skyler, Harry Schwartzbaum, aún no había dicho ni palabra, y Jennifer Hartman se volvió hacia él.
– Está usted muy callado, profesor -le dijo.
Todos eran profesores, pero ella parecía llamar a Schwartzbaum por tal título en deferencia a su especialidad, la filosofía, que lo elevaba al rango de los graves y profundos pensadores.
– Pensaba en un libro que leí hace dos semanas -contestó Schwartzbaum-, el diario de un conde español del siglo XVI, don José Antonio Martínez de Solar. Martínez escribió acerca de absolutamente todo lo que interesaba en su mundo, que era el de la Sevilla del año 1501. Escribió incisivos comentarios acerca de la moda en el vestir, la alta sociedad y la iglesia española.
»Pero sobre lo que no escribió, y es a eso a lo que voy, es sobre un suceso que ocurrió apenas diez años atrás. Colón zarpó de un puerto próximo a Sevilla y descubrió el Nuevo Mundo. Ése fue un viaje que dobló la extensión del mundo conocido, pero Martínez ni siquiera lo mencionó porque no alcanzó a ver su importancia. Creo que los hombres podemos vivir sucesos y descubrimientos trascendentales sin darnos cuenta de su importancia.
»De igual modo, creo que la clonación, y al decir clonación incluyo todo lo que va desde el proyecto Genoma Humano hasta la ingeniería genética, es el avance científico más trascendental de la era moderna. Sobrepasa con mucho el descubrimiento de la física atómica. El átomo nos permitió manipular el mundo externo. Al concentrarnos en los isótopos, fuimos capaces de obtener la fisión nuclear y alterar ciertos compuestos inestables. Los genes nos permiten manipular el mundo interno, a nosotros mismos, y es imposible calcular a qué nos puede llevar eso.
Varios de los presentes manifestaron su conformidad asintiendo con la cabeza.
– Imaginad, por ejemplo, el salto cualitativo que supondría conseguir cuadruplicar la inteligencia humana. Sabemos que sólo utilizamos una ínfima parte de nuestro cerebro. Habéis mencionado a Einstein. ¿Y si él hubiera sido capaz de sacar el máximo partido posible de su intelecto? ¿O qué ocurriría si aumentásemos la longevidad humana, de modo que la vida útil de una mente creativa fuese tres veces lo que es ahora? Imaginad que el propio Einstein pudiese haber trabajado productivamente durante cien años en vez de cuarenta. Sería posible que un mismo hombre pudiera dominar varias disciplinas distintas, como por ejemplo la astronomía, la biología molecular y la neurología. Ese hombre sería capaz de aunar las distintas facetas del conocimiento humano. Desde los tiempos de Samuel Johnson, en el Londres del siglo XVIII, no ha habido una persona que pudiera afirmar que conocía cuanto era digno de conocerse.