– Todos habláis de las ventajas y beneficios -dijo Bailey-, y no queréis admitir que también existen graves riesgos. -¿Como cuáles? -preguntó Hartman. -Como la disminución de la diversidad. La naturaleza tiende a la diversidad y a la heterogeneidad. La clonación va en la dirección opuesta y, en ese sentido, atenta contra la naturaleza. ¿Qué me decís de las historias que se cuentan acerca de las variedades genéticamente alteradas de trigo y algodón? Son perfectas. Cada grano es supernutritivo, cada copo está repleto de fibra. Y, sin embargo, cuando aparece un nuevo hongo o un nuevo tipo de insecto, la cosecha íntegra desaparece de la noche a la mañana. Todas las plantas son idénticas y no existen variaciones mutantes que sobrevivan al ataque y puedan continuar reproduciéndose hasta la próxima generación.
– Pero supongo que no creerás que eso mismo puede ocurrirles a las personas -dijo Hartman-. Nadie propone que todos los habitantes del planeta sean iguales.
– No, claro que no. Pero si el proceso queda a merced de la selectividad humana, puedes apostar hasta tu último dólar a que no volverá a nacer gente interesante. Se acabaron los Franz Kafka, y los Vincent van Gogh, y los Stephen Hawking. Si el proceso está controlado por algo distinto al puro azar, el resultado será la disminución de la variedad genética mundial, tanto en las plantas, como en los animales, como en nosotros mismos.
Schwartzbaum terminó de comer y apartó su plato. -Aunque sea a riesgo de parecer presuntuoso, me gustaría dejar clara cuál es mi opinión -dijo-. En la naturaleza se produce una gran lucha entre la especie y el individuo. La especie sólo ansia reproducirse, mientras el individuo ansia la inmortalidad para sí. Una cosa implica cambio y mutación, la otra inmutabilidad y estancamiento. Se trata de un conflicto irresoluble.
– Hablas como uno de esos fanáticos de la biología evolucionista -dijo Jennifer-. Esos que afirman que nuestro único propósito en la vida es pasar nuestros genes a la siguiente generación y luego estirar la pata.
– Sí, Jennifer. El sexo y la muerte están relacionados. Entre los organismos menores, que tienen períodos de vida reducidos, la estrategia de supervivencia más común consiste en esparcir la semilla lo más ampliamente posible para luego desaparecer en la noche. Una vez has procreado, la naturaleza pierde todo interés por ti. Así que disfrutamos de los breves momentos que permanecemos sobre la escena y luego ya no se vuelve a tener noticia de nosotros. Hasta ahora, las especies son las que han salido ganadoras en ese juego. En el caso de que no seamos Shakespeare, ¿cómo podemos aspirar a alcanzar la inmortalidad si no es teniendo descendencia, y esperando que esa descendencia se parezca en algo a nosotros? Pero de pronto la ecuación se modifica. Ahora podemos tener descendientes idénticos a nosotros. Como individuos, podemos alcanzar una cierta inmortalidad. Lo conseguimos suprimiendo la mutación y sustituyéndola por la duplicación. Resulta muy significativo que la clonación sea la única forma de reproducción de la que el sexo está excluido. Al fin hemos roto la tradicional conexión entre el sexo y la muerte. Las mujeres serán capaces de concebir hijos sin la intervención de los hombres.
– No parece una perspectiva muy divertida -comentó Bailey.
– Pues no sé qué decirte -contestó Jennifer, y ella y Ellen se echaron a reír.
– ¿Conocéis los trabajos de los británicos Adam Eyre-Walker y Peter Keightley? -preguntó Hartman-. Han demostrado que los seres humanos conservamos en nuestro genoma más mutaciones negativas que otros animales. Experimentamos algo así como 4,2 mutaciones por cada generación, de las cuales 1,6 son perjudiciales.
– Resulta milagroso que aún sigamos en el mundo -dijo Bailey.
– En efecto, así es. Y eso nos aboca, al menos especulativamente, hacia una cierta teoría acerca de los propósitos del sexo. Lo cierto es que el sexo no es una forma eficaz de reproducción. Aceptémoslo, es demasiado complicado. Dos personas tienen que encontrarse, deben saltar chispas… Es una especie de lotería. ¿Para qué tanta molestia? Estamos aquí. ¿Por qué no dividirnos nosotros solitos, como las amebas? Eso simplificaría considerablemente la vida.
– Sí, ¿por qué no?
– Porque hay que evitar todas esas malas mutaciones. El sexo es el único modo de conseguir que dos series distintas de cromosomas se mezclen, cancelando así las mutaciones adversas. Es como si, con cada generación, se barajara de nuevo el mazo de naipes.
– Ya sabía yo que tenía que existir un motivo práctico -dijo Jennifer.
Las mujeres rieron de nuevo.
– En mi opinión -dijo Schwartzbaum-, la reproducción asexual es el narcisismo llevado a sus últimos extremos. Es el colmo del regodeo ególatra. Lo único que importa es la continuidad del yo. La dirección que seguimos está muy clara. El día de mañana, las personas se parirán a sí mismas.
– Adiós, Eros -dijo Hartman.
– Hola, Tánatos -dijo Bailey.
– Hablando del mañana… -comenzó Ellen mirando su reloj-. Yo tengo que madrugar.
Aquello marcó el final de la cena. Los invitados, charlando unos con otros, salieron a la noche plagada de insectos. Hartman les había pedido a Jude y a Skyler que se quedaran, y mientras Jennifer acostaba a los niños, los hizo pasar a una salita. La casa había quedado en un silencio casi total.
Hartman les ofreció una copa, que rechazaron, y comenzó a servirse una para sí.
Tras dirigir una mirada a Skyler, Jude decidió contarle a Hartman, al menos en parte, lo que les estaba ocurriendo. Le explicó que se habían encontrado hacía poco y que creían que eran hermanos, aunque de distintas edades. Y que, por absurdo que pareciera, estaban considerando la posibilidad de que fueran clones.
Al oír aquello, Hartman se echó a reír.
– Ya me parecía que tu interés por los detalles se debía a algo más que a la curiosidad profesional. No, no me digáis nada. ¿Por qué no me dejáis hablar a mí? -dijo riendo de nuevo-. Como si no hubiera hablado bastante.
»Ya me había dado cuenta de que, pese al cabello teñido de rubio, os parecéis muchísimo. Pero quiero tranquilizaros. Lo que os estáis preguntando, lo que probablemente teméis por poco sentido común que tengáis (al menos yo, en vuestro lugar, lo temería), es totalmente imposible. Repito, es imposible. Así que olvidaos de esa posibilidad, borradla de vuestras mentes.
– ¿Cómo lo sabes? -preguntó Skyler, sorprendido por la certeza con que había hablado Hartman-. ¿Cómo puedes estar tan seguro?
– Por una razón muy sencilla. ¿Cuántos años tienes? ¿Veinticinco? ¿Veintiocho?
Skyler se encogió de hombros.
– Yo tengo treinta -dijo Jude.
– O sea, más aún. Bueno, pues la tecnología necesaria para eso que estáis pensando existe en la actualidad, eso es indiscutible, pero hace treinta años no existía. A no ser, claro, que la clonación la hicieran seres de otro planeta, porque a los de éste les era imposible.
– ¿Estás seguro?
– Desde luego -respondió Hartman, y permaneció unos momentos en silencio mientras repasaba los nombres de una lista mental-. Todos los científicos que nos dedicamos a esta especialidad sabemos lo que hacen los demás. Eso se debe, en parte, al compañerismo y, en parte, a la rivalidad. Ya visteis las fotos y las postales que tengo en mi oficina. Podría recitaros los nombres de todos los que me las mandaron y, probablemente, deciros además dónde están en estos momentos.