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Subió al coche e inició el regreso a Camp Verde.

Para cuando Jude regresó, Skyler estaba más animado y tenía mejor aspecto. Permanecía sentado en la cama viendo reposiciones de viejas telecomedias. Tizzie paseaba de arriba abajo y no dejaba de quejarse de que se estaba volviendo loca de aburrimiento. Así que decidieron irse a pasar la noche en Phoenix para «tomarse un descanso», como dijo ella.

Mientras iban por la Ruta 17 en dirección sur, en paralelo al barranco de Agua Fría y perdiendo altitud a tal rapidez que notaban el efecto de la presión en los oídos, Tizzie y Jude tuvieron una discusión. Empezó en el estacionamiento del Best Western, cuando Tizzie se ofreció a llevarlos en su coche.

– ¿Tu coche? -preguntó Jude-. ¿De qué coche hablas?

– Del que alquilé. No creerías que iba a pasarme todo el día cruzada de brazos.

– ¿Y cómo pagaste?

– Con tarjeta de crédito.

– Pueden localizarnos por ella -le dijo furioso-. ¿Por qué crees que he tenido tan buen cuidado de pagar en todas partes con dinero en efectivo?

– No creo que localizarnos sea tan fácil -respondió ella-. Y, aunque lo sea, para cuando lo hagan, nosotros ya no estaremos aquí.

– Cometiste una estupidez. En Nueva York me estaban vigilando, y a Skyler y a mí deben de andar buscándonos por todas partes. Y tú, con tu imprudencia, probablemente les has indicado por dónde deben iniciar la búsqueda. Si van detrás de mí, también van detrás de ti, recuérdalo -le espetó mientras ella le escuchaba en silencio-. Ayer mismo te preocupaba que los ordenanzas nos siguieran. ¿Ya lo has olvidado?

– No.

Pasaron una rampa de frenado para camiones, un desvío que iba a parar a una larga cuesta arriba que parecía una pista para saltos de esquí. Luego llegaron al letrero que marcaba la desviación a la Ruta 260 que Jude había tomado anteriormente.

– De todas maneras, ¿dónde demonios estuviste? -preguntó Tizzie-. Nos dejaste solos durante un montón de horas.

Jude no prestó atención a la pregunta. Tenía que conseguir que a Tizzie se le metiera en la cabeza lo grave que era la situación. Le habló del e-mail de Hartman.

– ¿El FBI? -preguntó ella-. ¿Por qué iban a buscarnos los federales? ¿Qué motivo pueden tener para meterse en un asunto como éste?

– Ojalá yo lo supiera, porque entonces también sabría en qué clase de lío estamos metidos. Lo único que tengo claro en estos momentos es que no podemos confiar en nadie. En nadie en absoluto. Y también sé que no debemos facilitar el trabajo a nuestros perseguidores dejando pistas por todas partes. Las tarjetas de crédito son lo primero que investigan.

Tizzie se quedó en silencio y Jude creyó que la había convencido. Cuarenta minutos más tarde, tras cruzar el desierto, llegaron a Phoenix. La transición del desierto y los cactus a las autopistas y los centros comerciales resultó tan brusca que les dio la sensación de que faltaba una zona intermedia. Pasaron ante un Economy Inn, un Souper Salad y una sucesión de gasolineras, bancos y clínicas. Todas las calles tenían el mismo aspecto. No se veía a nadie en las aceras y las paradas de autobús estaban igualmente desiertas.

Al fin llegaron a Mr. Lucky, un bar especializado en música country situado en la calle Grand que tenía un gran letrero luminoso en la fachada con la figura de un comodín. Estacionaron en un aparcamiento lleno de camionetas. Cuando abrieron las puertas del coche, el calor los golpeó como un ardiente manotazo. En el camino hacia la entrada pasaron junto a una pareja que se besaba a la sombra del edificio.

– Bueno, Skyler, ahora vas a conocer la auténtica Norteamérica -dijo Jude.

Entraron en el local. El gemido de los violines de una banda country ahogaba el sonido de las voces. El aire de la sala estaba lleno de humo de cigarrillos. Sobre una pista de baile de madera, hombres con sombreros vaqueros, pantalones ceñidos y botas, y mujeres en blusa y shorts bailaban formando fila. Por el sistema de megafonía anunciaron una oferta especiaclass="underline" botellas de cerveza a cincuenta centavos.

Jude encendió un cigarrillo y, sonriendo de oreja a oreja, declaró:

– Éste es un sitio de los que a mí me gustan.

Se abrió paso hasta la barra y momentos después reapareció con tres jarras de cerveza en las manos. Luego los tres se dirigieron a la parte posterior del local y salieron a un corral de rodeo circundado por una barrera de madera con la inscripción: Aquí termina el asfalto y comienza el oeste. Se encaramaron a la tribuna de espectadores, encontraron tres puestos libres y se sentaron a beber sus cervezas bajo el sol.

En una cercana torre de madera mostraron un letrero con un nombre y por el sistema de megafonía anunciaron la identidad del próximo desbravador. En el otro lado del ruedo, una puerta de madera se abrió de pronto y por el toril salió un vaquero, con un número en la espalda, montado en un novillo. Se sujetaba con una mano entre las piernas mientras agitaba en el aire el otro brazo tratando de evitar que el encabritado animal lo derribase. Cinco segundos más tarde, el desbravador cayó al suelo entre las patas del novillo. Salieron al ruedo dos hombres agitando banderas para distraer al animal, y el vaquero aprovechó para ponerse en pie y echar a correr hacia la barrera cojeando perceptiblemente.

Cuando se terminaron las cervezas, Tizzie fue a por más. Por el toril apareció otro vaquero a lomos de otro novillo. Jude observó a Skyler, que no perdía detalle del espectáculo.

– Ya sé lo que estás pensando -dijo-. Que te gustaría probar.

Skyler lo miró sonriendo, y Jude comprendió que había acertado.

– A mí me ocurre lo mismo -dijo.

– Ten en cuenta que yo no soy exacto a ti -respondió Skyler.

Acabaron sus cervezas y en la siguiente ronda Jude se pasó al whisky. Después de beberse tres o cuatro vasitos comenzó a tener dificultad para enfocar la mirada. Mientras por el toril salía el siguiente desbravador, a Jude comenzó a darle vueltas la cabeza. Contemplando el espectáculo se preguntaba ociosamente de parte de quién debía ponerse: ¿del vaquero que trataba desesperadamente de no caer, o del animal que trataba con no menor desesperación de librarse de su jinete? Le pidió un cigarrillo a un hombre sentado tras él y, al encenderlo, casi se quemó los dedos con la cerilla.

Tizzie no le quitaba ojo.

– Tómatelo con calma, Jude -aconsejó.

– La verdad es que este paseo por el callejón de los recuerdos resulta un poco difícil de asimilar. ¿Tú nunca has sentido la comezón de la nostalgia? -le preguntó Jude con evidente doble intención.

– Estás borracho.

Él interpretó el comentario como la invitación a otra ronda. Como sus compañeros no se apuntaron, se dirigió al bar y se sentó en una banqueta. Se bebió otro whisky de un trago y pidió más.

– Tranquilo, amigo -le dijo la camarera-. Creo que por esta noche ya has bebido bastante.

Él la miró con ojos turbios.

– Se terminó la celebración -siguió la mujer en tono amable.

– No es una celebración, sino todo lo contrario -murmuró Jude.

En aquel momento Tizzie y Skyler aparecieron en la barra diciendo que ya era hora de irse. Lo ayudaron a ponerse en pie y lo condujeron a través del bar, del bullicio y de la música hasta el exterior. Jude sintió la bofetada del calor y notó que alguien le registraba los bolsillos en busca de las llaves del coche. Oyó que Tizzie le decía a Skyler:

– Yo conduzco.

Y lo depositaron en el asiento trasero.

– No te puedes fiar de nadie -murmuró-. De nadie en absoluto.

El coche se puso en marcha y salió del estacionamiento. Jude trató de enfocar la mirada en la cabeza de Tizzie, cuyos cabellos se recortaban contra los faros de un coche que llegaba de frente.