Cerró los ojos y lanzó un suspiro. Estaba exhausto. Lo único que deseaba era dormir durante una semana. En su ebriedad, deseó que Tizzie se sentara a su lado, le acunara la cabeza en el regazo y le acariciase el cabello al tiempo que le murmuraba que no se preocupase, porque todo saldría bien. El sueño no se hizo realidad, ni tampoco Jude lo esperaba.
Tizzie condujo lenta y cuidadosamente. Los faros del coche que iba detrás en ningún momento dejaron de molestarla. La joven advirtió que el vehículo tomaba por los mismos desvíos que ella en todos los cruces de la Ruta 17 hasta llegar al Best Western. Recordó su pelea con Jude de aquella tarde. El mero temor a que ese coche los estuviera siguiendo demostraba bien claramente que Jude tenía razón.
Jude se levantó temprano y combatió la resaca con dos tazas de café solo y un desayuno de huevos revueltos y beicon. En recepción pidió una llave maestra que luego utilizó para entrar en la habitación de Tizzie y recoger las llaves del coche. Las encontró en la cómoda, sobre un montón de billetes arrugados. La joven dormía boca arriba, con un brazo sobre la frente.
En el exterior, el cielo era entre rosado y azul, y estaba salpicado de pequeñas nubes. El calor aún no había empezado.
Avanzó por la Ruta 17 en dirección sur, tomó el mismo desvío por la 260 Oeste y pasó ante la gran roca con forma de puño de gigante, pero esta vez, al llegar al desvío de la reserva india, siguió recto. La carretera se hizo cada vez más estrecha y empinada. Cruzó la pequeña población de Cottonwood y al llegar a la 89 dobló a la izquierda en dirección a Jerome. La carretera seguía subiendo y en la distancia se divisaban las cumbres de la cordillera Black Hills.
Esperaba volver a experimentar la misma sensación de familiaridad, de cosa ya vista, pero no fue así. El agreste y quebrado paisaje no evocaba en él recuerdo alguno. En la ladera de uno de los montes divisó las instalaciones de una vieja mina, y más adelante volvió a ver otras similares. Las curvas de la carretera se hicieron cada vez más cerradas, y el coche coleó varias veces al tomarlas. Llegó a un barranco cuyo cauce estaba teñido de rojo, indicación de que había en las proximidades una vieja mina de cobre. Más tarde, tras pasar ante una quebrada sobre la que se alzaban las esqueléticas estructuras de unas viejas casas, vio un letrero que anunciaba: Jerome. Y, bajo el nombre: «Altura, 1600 metros.» Y, más abajo: «Fundada en 1876.»
Recordó lo que había leído acerca del lugar. Jerome fue en tiempos un lugar próspero debido a las minas de cobre, plata y oro que había en los alrededores. En su momento de mayor auge, allá por los años treinta, alcanzó los quince mil habitantes. Luego el precio del cobre se hundió y el número de habitantes descendió igualmente, hasta que quedaron sólo cinco mil, en su mayoría mineros, borrachos, tahúres, rufianes y prostitutas. Los mineros siguieron trabajando en la vieja United Verde, a las órdenes de Phelps Dodge, hasta que, en 1953, la mina se agotó por completo, todos se fueron y el lugar se convirtió en un pueblo fantasma. Recientemente había recuperado una parte de su vitalidad debido a la llegada de los hippies, que se habían instalado en las viejas casas y vivían de vender baratijas a los turistas.
El camino descendió durante un trecho y volvió a ascender en una cuesta tan larga y pronunciada que Jude notó que la espalda presionaba con fuerza contra el respaldo. A mitad de la ascensión, el camino comenzó a deteriorarse. Había largos tramos sin barrera de protección y la calzada estaba llena de piedras y tierra que se habían desprendido. Jude conducía despacio y en zigzag para sortear los obstáculos. En determinado momento, cuando el coche pasó por encima de un montón de tierra y las ruedas delanteras se elevaron, creyó percibir un movimiento en el retrovisor. Parecía como si más atrás, en el mismo camino, hubiera un coche ascendiendo por una pronunciada cuesta. A partir de entonces no le quitó ojo al retrovisor, pero el otro coche no tardó en desaparecer tras un promontorio. Al fin, su automóvil coronó la cumbre y Jude vio aparecer ante sí la pequeña altiplanicie sobre la que se alzaban las casas y las calles de Jerome.
La calle mayor estaba llena de grietas y socavones, pero no se hallaba del todo desierta. Vio varios coches y a media docena de personas caminando por las calles. Una de las aceras estaba llena de escaparates de tiendas. Muchas de éstas se hallaban cerradas y sumamente deterioradas, pero otros locales estaban abiertos: una pizzería, un bar, una cafetería y un museo. La calle describía una curva y volvía sobre sí misma a un segundo nivel, donde las estructuras de madera se alzaban formando extraños ángulos. En el centro estaba el viejo edificio de tres pisos del hotel Central. Las barandillas de sus triples balcones parecían en perfecto estado de conservación. El camino continuaba más allá.
Jude, haciendo caso a su instinto, siguió hacia adelante montaña arriba. Junto al camino había postes telefónicos inclinados o caídos, casas a medio terminar y viejas y renegridas cabañas abandonadas hacía décadas.
Tres minutos más tarde, llegó a un camino lateral de tierra. Se metió por él y, kilómetro y medio más adelante, encontró una pequeña población. Estacionó el coche, lo cerró y echó a andar por el centro de la única calle. En los alrededores no había nadie. Vio una antigua barbería, con el escaparate roto y las hierbas trepando por los viejos asientos de cuero. Toda una sección de las fachadas se había derrumbado hacia atrás y, por encima de los restos de las casas, se veía un espectacular panorama de valles verdes y rojas colinas que se prolongaba hasta perderse de vista.
Entró en una destartalada y polvorienta tienda. Mientras caminaba sobre las crujientes tablas vio, en la penumbra, hileras de cubos de madera vacíos y largas filas de estantes no más llenos. En un rincón descansaba una vieja caja registradora de complicados adornos. El polvo lo cubría todo y en su superficie se advertían los surcos que a su paso habían dejado los lagartos. Jude salió a la calle.
El local contiguo era un bar. Junto a la puerta, un viejo letrero anunciaba que el propietario del local había sido Thomas J. O'Toole. En el interior, la capa de polvo tenía dos dedos de grosor. La barra medía siete metros de largo y llegaba hasta la altura del pecho. Sobre ella, un gran espejo, típico de las tabernas del Oeste. En una mesa de madera había una botella sin destapar cuyo contenido parecía haberse solidificado.
Dos puertas más allá había una casa de tablas cuya pintura verde casi había desaparecido. Los ventanales delanteros estaban cubiertos con una lámina de hojalata oxidada sujeta a la pared por medio de unos alambres. Jude empujó la puerta. El recibidor estaba vacío, y se veían pisadas en el polvo que cubría los peldaños de la escalera. Entró en una salita, de cuyas ventanas aún pendían los restos de unos amarillentos visillos de encaje. En un rincón había una máquina de coser Singer de pedal y, junto a ella, una silla de madera. Bajo la silla, un par de viejos zapatos.
En la parte de atrás encontró un porche de madera salpicado de piedras y matojos; parecía en tan mal estado que Jude decidió no poner a prueba su resistencia. Volvió al recibidor y subió la escalera levantando pequeñas nubes de polvo. En el piso superior, el techo era bajo y el pasillo angosto y oscuro. Miró en el primer dormitorio, que estaba vacío salvo por una mecedora y una estantería que contenía una docena de libros viejos; empujó la mecedora y los balancines dejaron alargados surcos en la alfombra de polvo que cubría el suelo. De pronto le pareció oír un sonido en la planta baja y permaneció inmóvil durante casi un minuto. No volvió a oír nada. En el segundo dormitorio vio una escoba que alguien había utilizado para limpiar a la perfección uno de los rincones, donde habían dejado un colchón manchado y un plato con una vela. En el suelo había un morral, y sobre él un ejemplar abierto de la revista Penthouse. La fecha era de hacía tres meses.