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De pronto, Jude respingó. Se oía un estruendo, una especie de rugido lejano que parecía hacer vibrar incluso las paredes de la habitación. El sonido se hizo más y más fuerte. Al principio pensó que se trataba de un corrimiento de tierra que iba a sepultarlo vivo, pero luego se dio cuenta de que era el ruido de unos motores. Corrió al dormitorio principal y se asomó a la ventana cuando el rugido alcanzaba ya niveles ensordecedores. Un grupo de motoristas estaba atravesando el pueblo entre una nube de polvo. Los motoristas eran cinco o seis, hombres corpulentos cuyos protuberantes abdómenes reposaban sobre los depósitos de gasolina. El grupo desapareció camino adelante tan rápidamente como había aparecido.

Mientras los seguía con la mirada, Jude reparó en el camino que seguía ascendiendo hacia la montaña. Y, súbitamente, supo que tenía que seguir por allí. Le era imposible explicar cómo lo sabía; pero lo sabía. Bajó la escalera, salió a la calle y miró en torno. Y se dio cuenta de que, desde su llegada a esos parajes, algo lo tenía desconcertado o, mejor dicho, lo que lo tenía desconcertado era la ausencia de algo; la ausencia de aquella inefable sensación de familiaridad que experimentó la primera vez que enfiló la Ruta 260. Si había crecido en aquella zona y había pasado allí su infancia, ¿por qué no recordaba nada de todo aquello? ¿Y por qué de pronto sabía con toda certeza que el lugar al que deseaba llegar se encontraba siguiendo el camino de montaña?

Fue hasta su coche y vio que un poco más abajo se hallaba estacionado otro vehículo, un Cámaro azul. ¿Sería el coche que había visto por el retrovisor? Le echó un buen vistazo: matrícula de Arizona, nada fuera de lo normal. Y ni rastro de su propietario.

Montó en el coche, lo puso en marcha y al cabo de cinco minutos llegó a una desviación a la derecha, un angosto sendero de tierra lleno de agujeros y surcado por rodadas. Un maltrecho cartel señalaba el camino hacia la mina Gold King. Jude supo, incluso antes de fijarse en el polvo que levantaban los motoristas, que por allí debía desviarse. Todo lo que lo rodeaba le era familiar: los árboles, la inclinación del terreno, el aspecto del cielo. Era como si de pronto hubiera vuelto a su pasado a través de una puerta mágica. La sensación resultó al mismo tiempo estremecedora y tonificante.

El camino era corto. Tras una breve cuesta, llegaba a la cima de una colina. Cuando Jude bajó la vista desde el interior del coche fue como si mirase hacia el cráter de un volcán. Allá abajo había una mina a cielo abierto y un grupo de edificios de madera compuesto por viejos almacenes, dormitorios, despensas y una docena de cobertizos. También se veían grandes montones de piedras y un tendido ferroviario. Y en el centro un gran horno de fundición gris provisto de una gigantesca chimenea de ladrillo rojo. Jude la recordó inmediatamente. La había visto desde todos los ángulos posibles. Se conocía al dedillo todo aquel paisaje, sólo que ahora, comparándolo con las imágenes que durante tantos años habían dormitado en su memoria, todo le parecía mucho más pequeño, casi liliputiense.

Condujo lentamente por la vía de acceso que corría paralela al borde de la mina. En la ladera, un poco más arriba, había una pequeña cabaña frente a la cual se hallaban las motos, apoyadas en sus soportes. Sobre una de ellas, un hombre que llevaba una camiseta negra fumaba un cigarrillo sin quitarle ojo a Jude. El periodista detuvo el coche antes de llegar al sendero de descenso hacia la mina, y estacionó en un pequeño istmo que separaba la mina de la alta escarpadura desde cuya cima se dominaba todo el valle Verde.

Jude cogió una linterna de la guantera y echó a andar camino abajo. En algunos tramos, la bajada era tan pronunciada que tenía que clavar los talones en la tierra. Al llegar abajo, el instinto le dijo que debía seguir derecho. Entró en un gran edificio que en tiempos había albergado las oficinas de la explotación minera. Muchas generaciones de botas habían dejado su cóncava huella en los peldaños de madera. Creo que he estado aquí cientos de veces, se dijo Jude. Volvió sobre sus pasos y, desde el umbral de la entrada, examinó el paisaje. Qué extraño hallarse allí, como un gigante de regreso en el hogar, contemplando aquellos minúsculos edificios y la chimenea, que era lo único que no parecía misteriosamente empequeñecido.

De pronto, y con la misma certidumbre que lo había conducido hasta allí, supo adonde debía dirigirse a continuación. Salió del edificio y dejó que sus pies lo llevaran a través del campamento y por un sendero quebrado que conducía hacia la cumbre de la colina. Siguió caminando y al fin se detuvo frente a un enorme orificio abierto en el costado de la montaña. Era la entrada de la mina subterránea. Se metió por ella y tocó las ásperas paredes de roca con la palma de la mano derecha. Luego se dio media vuelta y contempló el paisaje: los tejados de los edificios, la fundición, la chimenea… Todo encajaba a la perfección con el molde de sus recuerdos. Sin saber por qué, sintió una extraña inquietud.

Giró sobre sus talones y se adentró veinte pasos en el túnel, hasta que las sombras lo envolvieron. Encendió la linterna y la apuntó arriba y abajo; su haz iluminó el techo de la galería, que estaba formado por una masa compacta de tierra y rocas. De algún remoto lugar de su recuerdo surgieron prudentes advertencias acerca del peligro que suponían los derrumbes y los corrimientos de tierra, y Jude volvió a sentir el terror infantil a ser enterrado vivo. Pese a ello, siguió adelante y, según se adentraba en el oscuro pasadizo, se fue sintiendo más y más tranquilo. Llegó a una intersección; a la izquierda había una gran galería surcada por los raíles que utilizaban las vagonetas de mineral, y en el barro endurecido se veían nítidamente las huellas de los cascos de las muías. Pero Jude sabía que debía desviarse por el túnel de la derecha, que era de menor tamaño.

Unos treinta metros más adelante, el túnel descendía y pasaba bajo unos pandeados soportes de madera. Después se estrechaba hasta el extremo de que a Jude le era posible tocar ambas paredes a la vez. Y fue entonces cuando volvieron, redoblados, sus miedos infantiles. Una oleada de claustrofobia lo envolvió pro(luciéndole tal impacto que decidió sentarse y permanecer sin moverse un buen rato. Transcurridos diez minutos completos, se levantó, siguió caminando y llegó a otra bifurcación. Esta vez torció a la izquierda y se dio cuenta de que había seguido una gran flecha blanca pintada en la superficie de la roca. Recordaba de algo aquella flecha. Treinta metros más adelante tuvo que detenerse ante los restos de un antiguo derrumbamiento. Una viga se había partido y una de sus mitades se hallaba atravesada en el túnel; la tierra y los cascotes habían formado una barrera que impedía totalmente el paso. Jude sintió una complicada mezcla de emociones: por un lado, no iba a poder llegar a un destino que lo atraía con fuerza inexplicable; y por otro, casi le alegraba tener que dar media vuelta y volver al exterior.

Pero entonces se dio cuenta de que bajo la media viga no había nada, sólo una oscura oquedad. Apuntó el haz de la linterna hacia el hueco. Lo que se había desplomado no era sólo una viga, sino todo un techo, bajo el cual había quedado una especie de pasadizo de poco más de cincuenta centímetros de altura. Quizá podría atravesarlo gateando. Lo inspeccionó detenidamente con la linterna; se estrechaba hacia el fondo, lo cual quería decir que correría el riesgo de quedarse atascado… o quizá algo peor. Podía alterar el precario equilibrio de las maderas y los cascotes y provocar un nuevo derrumbamiento. Miró de nuevo el angosto pasadizo tratando de dominar el pánico que le oprimía el pecho. Se puso a gatas y se tumbó de bruces. Bajó la cabeza y comenzó a reptar, con la linterna por delante, impulsándose con los pies en el suelo de roca. Cerró los ojos y siguió avanzando. Notaba la humedad de la roca que lo rodeaba, la inmensidad de la pétrea crisálida en cuyo interior se hallaba, y percibía lo viciado que estaba el aire que le entraba en los pulmones. A mitad del pasadizo se detuvo y abrió los ojos. Fue un error, pues la madera de arriba y la roca de debajo parecían converger formando una especie de cuña. Las paredes del pequeño túnel se hallaban a menos de un palmo de su nariz. Cerró de nuevo los ojos y siguió reptando: otros quince centímetros, otro palmo… Notó el roce de un madero en la espalda y oyó un sonido. Algo se había movido y vio que del bajo techo caía un reguero de polvo que formó rápidamente un pequeño montículo sobre el suelo.