Y, de pronto, llegó al final del pasadizo. Sacó las piernas y se puso en pie jadeando. Pero no permaneció inmóvil mucho rato. Un somero vistazo a la luz de la linterna le bastó para darse cuenta de que ya casi había llegado a su destino. Caminó otros diez metros y el túnel se abrió bruscamente: estaba en la boca de una gran caverna. El suelo era de roca lisa y los costados se alzaban como muros. Del techo pendían cables eléctricos de los que colgaban casquillos de bombilla, había tuberías de agua y, cosa aún más sorprendente, también había mobiliario y equipo. Jude recodaba aquella sala. La había conocido de niño.
Movió lentamente el haz de la linterna en todas direcciones y vio los restos del equipo que en otro tiempo estuvo allí instalado: largas mesas blancas de superficie esmaltada, fregaderos dobles, estantes para almacenar matraces, probetas y microscopios, e incluso perchas para las batas y las mascarillas. Era el emplazamiento ideal para un laboratorio: aislado bajo tierra del mundo exterior, sin contaminantes, con una temperatura constante y unas condiciones casi herméticas. Jude se dijo que aquél también era el escondite perfecto.
Inspeccionó la sala. Daba la sensación de que nadie había pasado por allí en mucho tiempo. Abrió los cajones, examinó los estantes, miró en los cubos de basura. Se lo habían llevado todo menos el equipamiento más básico. En un rincón se veía un montón de basura. Entre los desperdicios había cajas de cartón vacías, un pequeño aparato esterilizador al que le faltaba el cable eléctrico, pilas usadas y varios pares de guantes de látex. Cerró los ojos y trató de imaginar el lugar plenamente equipado y funcionando, pero las imágenes parecían hallarse fuera de su alcance.
Entonces oyó un ruido.
Procedía del túnel por el que había llegado y era una especie de tenue rumor que muy bien podía ser el de unos pasos. Apagó la linterna y, cuando la caverna quedó totalmente a oscuras, distinguió un punto de luz al fondo del túnel cuya intensidad parecía fluctuar como si estuvieran manipulando la mecha de un quinqué. Jude no tardó en comprender que se trataba del haz de una linterna yendo y viniendo por el túnel. Sintió un escalofrío y notó un nudo en la boca del estómago. Se desplazó hacia un lado de la caverna. Tanteando, tocó la pulida superficie de una mesa, luego nada, luego la pared de roca y, siguiéndola, llegó hasta un gran armario. Se escondió sigilosamente tras él y esperó, siempre con la vista fija en el pequeño punto de luz.
El sonido aumentó de volumen. Jude comprendió que su perseguidor, quienquiera que fuese, estaba atravesando el mismo angosto túnel que él había usado. Por un instante se planteó la posibilidad de correr hasta el túnel para caer sobre el intruso en el momento en que éste saliera del pasadizo. Sin embargo, no se movió de su escondite. Los gruñidos de alguien haciendo esfuerzos sonaban tan cerca que Jude comprendió que ya era demasiado tarde para hacer nada contra su perseguidor.
La luz era más brillante y se movía de un lado a otro. Sin duda, el intruso ya se había puesto en pie. Jude se pegó a la pared y permaneció inmóvil, sin respirar apenas. Los segundos discurrieron lentos, hasta que la luz inundó la sala como una explosión. El haz de la linterna del intruso iluminó el otro extremo de la sala y Jude, medio cegado, alcanzó a distinguir el redondo borde metálico de la linterna, el fuerte haz abriéndose en V y la tenue forma de la mano que la empuñaba.
El desconocido se desplazó hacia el muro contra el que estaba Jude y, lentamente, comenzó a rodear la sala sosteniendo la linterna ante sí como si fuera un escudo protector. Jude contuvo el aliento mientras el intruso seguía acercándose. Cuando estuvo prácticamente a su lado, lo agarró con ambas manos. La linterna rodó sobre el suelo de roca, y su haz iluminó el techo y las paredes de la caverna. Un breve grito de sorpresa y un movimiento de resistencia. Jude sintió el golpe de un brazo bajo la barbilla, pero no soltó al intruso y logró derribarlo. Cayó al suelo sobre él, lo agarró por un brazo y se lo retorció cruelmente a la espalda. El desconocido quedó inmóvil y dijo:
– Jude ¿eres tú?
La voz era débil, sonaba asustada.
Jude tanteó con la otra mano y encontró su linterna. La encendió y la apuntó hacia abajo.
– ¡Tizzie! -exclamó-. ¿Qué demonios haces tú aquí?
CAPITULO 21
Jude dejó que Tizzie se pusiera en pie. La chica se inspeccionó el cuerpo en busca de magulladuras y se inclinó para remangarse la pernera izquierda del pantalón. En la rodilla tenía un corte. Dos regueros de sangre le corrían por la pantorrilla hacia el tobillo. Se los secó con la mano y volvió a bajarse el pantalón.
Tizzie aún no había respondido a la pregunta de Jude, por lo que éste le hizo otra más sencilla:
– ¿Estás bien?
Ella asintió con la cabeza.
– Lo peor ha sido el susto -dijo.
– Lo siento. No sabía que eras tú.
– Eso espero.
Y, encima, se dijo Jude, aún tendría que ser él quien se disculpase.
– ¿Me has seguido? -preguntó con una nota de dureza en la voz, pues no sabía a ciencia cierta cuál era el juego de Tizzie.
– Sí. Al menos hasta Jerome.
– ¿Y luego me seguiste hasta aquí?
– No exactamente -respondió ella tras una vacilación-. Sabía que vendrías a este lugar.
– Y conocías el camino, ¿verdad?
– Sí.
– ¿Por qué me seguiste?
– Pensé que podía… ocurrirte algo. Pensé que tal vez ellos estuvieran aquí. O que vinieran a por ti.
– Comprendo.
Jude miró distraídamente alrededor y de pronto se dio cuenta de que buscaba algo en lo que sentarse, pues Tizzie y él iban a pasar allí un buen rato.
– Creo que ha llegado el momento de tener una larga charla -dijo.
– ¿Quieres que vayamos a nuestro escondite especial? La pregunta lo dejó atónito. Llevaba casi un cuarto de siglo sin pensar en aquello, pero cuando Tizzie lo dijo, el recuerdo regresó como un relámpago. Una cueva que frecuentaban en la infancia, apenas mayor que un armario. A ellos les gustaba ir allí porque la entrada era pequeña, inadecuada para los adultos.
– ¿Recuerdas el camino?
Jude notó sus dedos menudos y fríos cuando ella le cogió la mano, y comprendió lo asustada que se sentía la muchacha. Tizzie lo condujo hacia un pasadizo en cuya entrada Jude no se había fijado antes. El túnel era angosto, así que soltó la mano de su compañera y la siguió dirigiendo el haz de la linterna hacia sus pies. La joven pasó bajo una viga de sujeción y continuó con sorprendente rapidez, por lo que Jude casi tuvo que correr para no quedarse rezagado. Al pasar bajo la viga rozó con el hombro uno de los postes, que se movió ligeramente y provocó un pequeño desprendimiento de tierra y piedras.
Tizzie volvió la linterna hacia atrás, y a su luz Jude advirtió la expresión preocupada de la joven.
– Procuraré tener más cuidado -prometió. -Ya casi estamos.
Y así era. Tizzie se inclinó bajo una roca que sobresalía y Jude hizo lo mismo. Nada más entrar en la pequeña cámara, la reconoció. Había una especie de estrechas repisas de roca y se sentaron en dos de ellas sintiéndose como adultos de visita en un parvulario. Una de las paredes estaba manchada de regueros de cera, y Jude recordó las velas que de niño había visto arder allí, desprendiendo lagrimones de cera mientras Tizzie y él se hallaban sentados en aquellas mismas rocas planas.