Tizzie lo miró a los ojos y Jude percibió que, por primera vez en mucho tiempo, la mirada de la joven era franca y sincera. -No sé por dónde empezar -dijo Tizzie. -¿Qué tal si empiezas por el principio? -propuso Jude, no sin cierta sequedad.
– Recientemente he comenzado a recordar un montón de cosas, aunque hay otras muchas que aún se me escapan. Pero supongo que recuerdo más que tú. Algunos de mis primeros recuerdos son de esta sala, de estar aquí contigo. Veníamos mucho, a jugar y a charlar. Recuerdo lo a gusto y seguros que nos sentíamos, o al menos yo me sentía así, sabiendo que cerca de nosotros, en la cámara de al lado, había adultos trabajando, haciendo experimentos en el laboratorio…
– ¿Todo eso lo recordabas ya cuando nos conocimos? ¿Sabías entonces quién era yo?
– No. En absoluto. Por favor, Jude. Comprendo cómo te sientes, lo sospechoso que te puede resultar todo esto. Te juro que estoy de tu lado. Pero déjame que te cuente la historia completa. Si me interrumpes, no llegaremos a ninguna parte.
– Muy bien. Adelante.
– Vivíamos ahí fuera, en el edificio que albergaba las oficinas de la mina. ¿No te acuerdas? Yo lo reconocí nada más verlo. Los recuerdos están regresando en tropel a mi memoria. Cuando vivíamos aquí, la mina llevaba ya varios años cerrada. Supongo que, de algún modo, el grupo consiguió hacerse con la propiedad de estos terrenos. Cuando éramos pequeños, a nosotros no nos contaban nada. Recuerdo que sabíamos vagamente que nuestros padres eran científicos, que estaban haciendo grandes cosas y se trataba de algo muy secreto. El resto del mundo no lo comprendería y trataría de impedirles a nuestros padres seguir con lo que fuera que estuvieran haciendo.
»Mis padres estaban implicados en el secreto, y los tuyos también. Había otros, pero no sé ni quiénes ni cuántos eran. Lo cierto es que no logro acordarme de los detalles importantes, aunque bien sabe Dios que llevo una semana intentándolo, desde la visita a mi familia. Siempre había pensado que yo era por entonces demasiado pequeña para recordar lo que ocurrió antes de que mi familia se instalase en White Fish Bay, pero me equivocaba. Simplemente, había bloqueado los recuerdos. Hasta hace una semana.
«Creo que me acuerdo de tu padre. De tu madre, no. Ella, como tú mismo dijiste, murió unos años antes. Pero ahora, cerrando los ojos, recuerdo el día en que tu padre se fue contigo, y casi puedo ver el coche alejándose por el camino. Yo tenía la sensación de que había ocurrido algo terrible y vergonzoso. Cuando tú, al reencontrarnos, me contaste el incidente, éste me resultó familiar, como si yo hubiera soñado algo parecido. Después de hablar con mis padres, lo recordé todo nítidamente. Rememorar aquella sensación de que algo terrible había ocurrido fue lo que desencadenó el resto de los recuerdos.
»Mis padres me contaron que nos habían ordenado a todos que jamás volviéramos a hablar de tu padre. Así que su nombre y el tuyo simplemente desaparecieron. Hubo una gran discusión, una pelea entre los padres, y ése fue el motivo de que tu padre y tú os fuerais. No conozco todos los detalles porque a mis padres sigue desagradándoles hablar del tema. No obstante sospecho que la ruptura se produjo debido a que tu padre se opuso a algo relacionado con los trabajos de investigación. Creo saber de qué se trató, pero a eso ya llegaremos más tarde.
»E1 grupo se llamaba el Laboratorio. Y sus componentes estaban convencidos de que las investigaciones sobre la prolongación de la vida que estaban realizando llegarían a cambiar el mundo. Y la figura central era un científico apellidado Rincón. Cuando oí ese nombre en labios de Skyler no me sonó de nada. No recuerdo a Rincón. Pero lo que sí recuerdo es que había alguien que era muy importante. Ya sabes que los niños tienen una percepción casi instintiva del orden jerárquico existente entre los adultos. Saben quién es el que manda y quién es el que obedece. Yo sabía que había una persona a la que todas las demás veneraban. Alguien que, para ellos, era como el sol. Creo que Rincón vivía en aquella mansión de una población por la que pasamos, la mansión Palmer. Recuerdo que los adultos peregrinaban hasta allí para entrevistarse con él.
»Por algún motivo que ignoro, Rincón tenía un enorme poder sobre ellos. De todas maneras, los niños nunca lo veíamos, y no tengo ni idea de cuál era su aspecto. Sin embargo, nosotros sabíamos que él estaba allí. Y, supuestamente, Rincón era bueno, honrado y extraordinariamente brillante. Por eso era el jefe.
Jude sentía ganas de formular infinidad de preguntas. De momento, no se había enterado de casi nada nuevo, aunque las piezas del rompecabezas comenzaban a encajar con mayor precisión.
Sacó un cigarrillo y lo prendió. Vio media vela tirada en el suelo, la colocó en la pequeña repisa cubierta de manchas de cera y la encendió. Su llama llenó la cueva de sombras, haciendo que ésta pareciera aún más pequeña.
– Continúa -dijo.
– Había otros dirigentes, médicos mayores, como los llama Skyler. Cuando, la semana pasada, mis padres emplearon ese mismo término, estuve a punto de lanzar un grito de sorpresa. En cuanto a Baptiste, no sé quién es. Hay otras personas que tienen gran importancia en ese grupo, como mi tío Henry. Ignoro dónde encaja mi tío, pero desempeña el papel de emisario del Laboratorio. Creo que hace de puente entre el grupo y el mundo exterior. Viéndolo en retrospectiva, imagino que él y los demás, tus padres y los míos incluidos, eran los miembros fundadores del grupo.
Tizzie hizo una pausa y contempló cómo un lagrimón de cera resbalaba vela abajo.
– No sé si tú lo recordarás, yo no lo recordé hasta que mi padre me habló de ello, pero a nosotros comenzaron a educarnos ya de pequeños. Creo que sobre todo nos impartían enseñanzas científicas, y todos los niños nos sentíamos unos auténticos privilegiados, pues íbamos a ser pequeños pioneros. Un día, algún tiempo después de tu marcha, nos obligaron a ir a un colegio normal del valle. Creo que fue por imposición de las autoridades del estado. Recuerdo que un gran autobús amarillo subía a la montaña a buscarnos y nos devolvía a casa después de las clases. Era divertido. Pero un buen día nos encontramos con que teníamos nuestra propia escuela allí mismo, instalada en una especie de viejo hotel. Recuerdo que a mí me supo mal, porque me gustaba bajar al valle y mezclarme con todos los demás niños. Ellos me parecían normales, y me gustaba lo de recitar el juramento de la bandera y lo de recortar en cartulina la flor oficial del estado. Todo aquello hacía que me sintiera unida al mundo exterior.
«Las cosas cambiaron en cuanto tuvimos nuestra propia escuela, lo recuerdo muy bien. El día que vinieron los representantes del Departamento de Educación hicimos una comedia ante ellos. En previsión de la llegada de los inspectores, habíamos preparado unas lecciones y habíamos arreglado el aula de clase. Hicimos recortes de papel en forma de hojas, o de copos de nieve o algo así, y los pegamos en la ventana, como si la nuestra fuera una escuela normal y corriente. Lo hicimos para engañarlos. No fue más que una farsa para que los inspectores creyeran que estábamos recibiendo el mismo tipo de educación que el resto de los niños. Naturalmente, no era así.
»Lo que más vivamente recuerdo fue la vergüenza que sentí al tener que mentir y el hecho de que mi padre me dijera que en aquel caso mentir estaba justificado. Este fin de semana, cuando mi padre me dijo que se estaba muriendo y que a mi madre le ocurría lo mismo, me pidió que no le dijera nada a ella. Me dijo que en aquel caso la mentira estaba justificada. Y fue entonces cuando recuperé la memoria de golpe. Recordé la escuela, y mis juegos en la mina contigo. Todo me vino bruscamente a la cabeza. Fue asombroso.