Se derrumbó sobre las sábanas y se quedó adormilado. Pero su sueño no fue tranquilo y reparador, sino agitado y angustioso. Se despertó una vez, vio que en la habitación había menos luz y volvió a perder el sentido. Tuvo una pesadilla: volvía a estar en la isla y lo perseguían los ordenanzas y los perros. Él corría desesperadamente a través de las marismas, pero el agua le obstaculizaba los movimientos y sus perseguidores estaban cada vez más y más cerca. Llegó a un claro y los perros se abalanzaron sobre él. Lo rodearon, lo hicieron recular hasta un árbol. Los animales gruñían y mostraban los dientes… estaban a punto de lanzársele a la garganta… Se incorporó en la cama jadeante y sudoroso.
Miró en torno intentando orientarse. La luz del baño estaba encendida, iluminaba la moqueta del exterior y arrojaba sombras alargadas sobre la pared. Oyó el rumor de agua corriendo. Encendió la lámpara de la mesilla y vio que las sábanas, la pared y su propio pecho estaban manchados de sangre seca. Alzó la mano y examinó la herida, sobre la que se estaba formando una gruesa costra. Debía de haber perdido mucha sangre. Quizá por eso se sentía tan débil.
Trató de incorporarse, notó de nuevo el dolor en el pecho, se recostó y volvió a intentarlo minutos más tarde. Esta vez fue capaz de ponerse en pie y permaneció casi inmóvil unos segundos, inclinándose primero hacia un lado y luego hacia el contrario. A duras penas llegó a la silla en la que había dejado los pantalones. Trabajosamente, se apoyó en la pared y, no sin esfuerzo, consiguió sentarse y ponerse los pantalones. Descansó unos momentos intentando recordar lo que deseaba hacer. Estaba totalmente desorientado.
Se levantó de nuevo, siempre tembloroso, y caminó muy despacio hasta la puerta, que tenía echada la cadena. Trató de soltarla, pero la mano le temblaba de tal modo que le resultó imposible hacerlo. Hizo girar el pomo; la puerta se abrió diez centímetros y quedó bloqueada. A través del resquicio, Skyler divisó parte del estacionamiento y notó que el aire era cálido y seco. Ya estaba anocheciendo.
Cerró la puerta y apoyó un hombro en ella. Luego, con la otra mano y concentrándose al máximo, logró descorrer la cadena. Agarró de nuevo el tirador y lo hizo girar lentamente. Al retroceder un paso estuvo a punto de perder el equilibrio. Abrió del todo la puerta. El aire, caliente y pesado, lo abofeteó. Salió a la galería, se agarró a la barandilla con ambas manos y se dobló sobre ella. Utilizándola como apoyo, echó a andar como si estuviera borracho y comenzó a descender posando cada vez los dos pies en el mismo peldaño.
Tardó largo rato en bajar la escalera. Hizo tres o cuatro paradas para descansar, siempre agarrando el pasamanos con todas sus fuerzas, consciente de que si se sentaba, si cedía al abrumador deseo de descansar, no volvería a levantarse. Cuando logró llegar al final del tramo tuvo que enfrentarse a un nuevo dilema. Estaba en terreno abierto, sin nada a lo que agarrarse. No se veía a nadie en las inmediaciones. ¿Cómo iba a cruzar el estacionamiento?
Se llenó los pulmones de aire y se lanzó hacia adelante, obligándose a adelantar los pies para evitar desplomarse. Terminó casi corriendo, echado hacia adelante como un árbol a punto de caer. De este peculiar modo, descalzo, con el pecho al aire y cubierto de sangre, logró cruzar el estacionamiento. Se abrió paso entre las ramas de un seto e irrumpió en la oficina del motel. Alzó la vista justo a tiempo para ver cómo la boca de la recepcionista formaba un óvalo perfecto. El grito no salió inmediatamente de la garganta de la mujer, pero cuando lo hizo fue ensordecedor, y rompió la calma del crepúsculo como un hachazo.
CAPÍTULO 22
– ¿Estás segura de que has mirado bien? ¿En cada grieta, en cada orificio?
Jude preguntaba por preguntar, por hacer algo, para tener la sensación de que se estaban enfrentando juntos al problema en vez de sumirse cada cual en su desesperación.
La joven, que estaba sentada sobre la mesa metálica, en vez de responder se limitó a negar con la cabeza con aire ausente. Jude no dejaba de ir de un lado a otro, mirando con ojos nuevos cada uno de los objetos de la caverna, tratando de discurrir alguna forma de usarlos para escapar del encierro.
Por encima de todo, intentaba apartar la obsesión de que respirar le resultaba cada vez más difícil, de que el oxígeno se estaba agotando. No era capaz de calcular ni el cubicaje métrico de la caverna ni el tiempo de vida que les quedaba. Estaba convencido de que antes los mataría la asfixia que el hambre. Le espeluznaba pensar en que ambos terminarían dando boqueadas, tratando de respirar aire e inhalando en su lugar mortíferas bocanadas de dióxido de carbono.
Miró a Tizzie, sentada en la mesa, con el cabello revuelto y las piernas colgando. La joven alzó la vista y sus ojos se encontraron. Le sonrió, débil pero animosamente. Él le devolvió la sonrisa, se aproximó a la mesa, se sentó junto a la joven y la abrazó, tanto para tranquilizarla como para tranquilizarse él mismo.
– Debo admitir que elegiste un lugar endemoniado para que hiciéramos las paces -dijo.
Ella le dirigió una cálida sonrisa.
– No quería que nada te distrajera.
– Pues lo conseguiste.
– ¿Cuánto tiempo crees que nos queda? -preguntó ella con súbita seriedad.
– ¿Quieres decir si no logramos salir de aquí?
– Sí.
– No lo sé -respondió, y fingió que efectuaba el cálculo por primera vez-. Un par de días, más o menos, -añadió consciente de que sería menos.
– Qué raro -dijo ella-. Por lo que respecta al mundo exterior, hemos desaparecido como por ensalmo. Supongo que terminarán encontrando tu coche, y quizá lleguen a deducir lo que fue de nosotros.
– Es posible.
– Me quedan tantas cosas por hacer. Mis padres… No sé cómo se las arreglarán. Me necesitan. Y Skyler, sin nosotros, estará perdido. Pensándolo bien, es casi gracioso. Se suponía que yo iba a vivir hasta los ciento cuarenta años y apenas he logrado cumplir los treinta.
– Lo mismo que yo. Sólo que yo nunca pensé pasar de los sesenta.
– Yo no dejaré nada atrás. No quedará ningún vestigio de mi paso por este mundo. Tú, al menos, dejas a Skyler. En cierto modo, es como si siguiera existiendo una parte de ti.
– Puede, pero yo no tengo esa sensación.
– Pero él lleva tus mismos genes. Quizá logre pasarlos a la próxima generación.
– Eso es algo de lo que preferiría ocuparme yo mismo.
– Pero al menos tendrás descendencia. Tu estirpe continuará.
– Bonito consuelo.
El comentario resultó áspero, cosa que él no había pretendido, pues entendía que Tizzie trataba de consolarle de algún modo, y él lo agradecía.
Siguieron sentados en la mesa, el uno junto al otro, enlazados, mirando hacia las rocas de arriba.
– Espero que la mesa pueda con los dos -dijo la joven. Y luego añadió-: ¡Se me ocurre una idea! ¡No sé si dará resultado, pero merece la pena probar!
Saltó de la mesa y Jude la imitó. La joven agarró con ambas manos el borde de la mesa y la levantó un par de centímetros del suelo.
– Recuerdo haber leído que a veces, en las viejas minas, construían un sistema de soportes secundario. Es como un segundo techo, con sus vigas y puntales, situado bajo el primero. Podríamos utilizar esta mesa del mismo modo, para aguantar la tierra mientras cavamos bajo ella.
Jude alzó también la mesa.
– No sé si resistirá lo suficiente -dijo, y soltó la mesa, que cayó con un fuerte golpe-. Si quieres, lo podemos intentar. Cualquier cosa es mejor que quedarnos cruzados de brazos.
La mesa era de acero macizo, más pesada de lo que Jude había esperado, lo cual era muy conveniente. La llevaron hasta el otro lado de la caverna y se metieron por el túnel, haciendo un par de paradas para descansar. La mesa tenía casi el mismo ancho que el pasadizo y no sería mucha la tierra que cayese por los laterales. Jude, que iba delante, continuó caminando, con la linterna sujeta bajo el brazo izquierdo. Cuando llegaron al comienzo del derrumbe, posaron cuidadosamente las patas de la mesa en el suelo. Después se metieron bajo la mesa y arquearon las espaldas para elevarla. Lograron hacerla avanzar unos quince centímetros, hasta que quedó justo al pie de la pirámide de tierra y cascotes. Después regresaron a la caverna.