Cuando regresan al salón se le acerca Salva con la botella, presto a rellenar su copa.
– ¿Pesado? -inquiere.
– Atento -replica ella, secamente.
– ¿Qué quería? -insiste.
– A mí.
Se desembaraza de la mano de Salva, que aferra su brazo con demasiada fuerza. No son celos. ¿Qué es?
Regresa a su lugar en el sofá a tiempo de presenciar la representación. El discjockey, que lleva el pelo enhiesto como una llamarada de pinchos en gradaciones anaranjadas, ha puesto la consabida canción oriental marchosa, a solicitud de Carlos Cancio, como era previsible. El viejo corresponsal danza sentado, levantando los brazos a la manera libanesa pero sin gracia. Entre aclamaciones, Ali se pone en pie e inicia un insinuante movimiento de caderas. La danza del vientre, servida por un efebo. No es la primera vez que Diana asiste a semejante demostración, aunque sí en esta casa. A Carlos le brillan los ojos mientras el otro se abre la camisa, se desabrocha el inicio de la bragueta y muestra el vello de su bajo vientre, ceñido por unos calzoncillos Calvin Klein.
El ambiente se va amariconando por momentos, Dial se pregunta cómo acogerá su amigo lingüista esta demostración. Le busca, no le ve. Se da cuenta de que está detrás de ella, en pie. Gira el cuello y alza la cara para mirarle, y lo que ve le abre el esófago como si le hubieran clavado una estaca.
Salvador Matas tiene la boca abierta, un hilillo de saliva en la comisura izquierda y la mirada brillante. Diana gira la cabeza para hurtarle el desconcierto que aflora, irreprimible, en sus ojos.
Es una revelación que desata en Dial sensaciones contradictorias. Cuando se despide de todos, saludando con la mano y dejándoles entregados a sus bailes, Salva la acompaña a la calle, en donde la espera un taxi. Se despiden con dos besos en el aire, y él parece ausente, como si se estuviera perdiendo algo importante que sucede, o puede suceder, en su apartamento.
Camino de casa, Diana Dial reconoce que las mujeres tienen una extraña manera de sentir.
Porque si Matas es homosexual -¿por qué, después de todo, la idea no le sorprende?- eso le aleja tanto de Cora Asmar como de ella. Y, en el fondo, le gusta.
Sábado, 3 de octubre de 2009
– Menuda la liaste ayer con la Cobra -se ha quejado, burlón, el inspector Fattush, nada más verla.
Él y Diana se encuentran en el despacho del primero, en la sede de su comisaría, cerca de la Universidad Americana de Beirut. Son las once de la mañana del sábado y apenas se ven coches o gente en las calles, lo que ha permitido a Georges atravesar la ciudad como si llegara tarde a competir en las 24 Horas de Le Mans. Dial habría preferido que condujera más despacio, deleitarse con el trayecto. Atmósfera relativamente libre de la contaminación de los tubos de escape; las precarias y deformes aceras, desiertas; acacias y ficus gigantescos, mezclando sus hojas de terciopelo verde, aprovechando también ellos esa mañana de sábado.
A su insinuación de que fuera más lento el chófer ha fruncido el ceño. ¿Perderse una oportunidad de correr? Los ricos, para ser estupendos; y los coches, para ir rápidos, ha pensado Diana, completando su reflexión con el tercer mandamiento del macho medio libanes: las mujeres, para ser guapas, melosas, sumisas. Y putas, aunque lo último sólo cuando son propiedad ajena.
El despacho del inspector Fattush se halla al otro lado de un destartalado patio-zaguán-aparcamiento, en el que habitan media docena de gatos, mimados por los agentes que montan guardia -y más les vale, de lo contrario Fattush los enviaría a galeras-, y una palmera que tiene el tronco como si lo hubieran rapado al cero para una intervención quirúrgica y, en contraste, una abundante melena bohemia y grisácea que le cae a un lado, como si contemplara el mundo de abajo con escepticismo y algo de escándalo. Las comisarías no son un buen sitio para que crezcan dátiles.
– ¿Qué le dijiste exactamente? -inquiere el inspector.
– Lo que cualquier periodista hubiera preguntado en mi lugar.
Y pronuncia la frase, que tiene memorizada porque se la repitió muchas veces antes de espetársela a la Cobra: «¿Qué tal quedaría el prestigio de su familia si alguien difundiera que usted trabaja para los mismos que bombardearon su país hace sólo tres años?»
Fattush se repantiga en su viejo sillón -en la pared, a su espalda, figura un retrato oficial del presidente Michel Suleiman- y le sonríe apenas. Algo preocupa al inspector.
– Eso es lo que le plantearía un chantajista profesional a un prestigioso banquero, pilar de la comunidad y espejo de virtudes, que hubiera traicionado secretamente a su país. Eso, y la exigencia de una suma de seis ceros a cambio de guardar silencio.
– Reconozco que, a veces, periodistas y chantajistas nos parecemos bastante -concede Diana-. Lo nuestro es por un buen fin.
– Estás retirada.
– Ah, no lo entiendes -disiente la mujer-. Ya no soy reportera. Periodista, hasta la muerte. Se lleva en la sangre. Igual que tú, con lo tuyo. ¿Dejarás de ser un sabueso cuando te retires? Me pasa lo mismo. Ya no publico. Pero busco la verdad, como he hecho siempre.
– La Cobra -Fattush marca una pausa para magnificar lo que sigue-, es decir, el poderoso primogénito de los Asmar, en pleno duelo por la muerte del hermano menor y nuevo mártir de la patria, ha montado un número… En fin, quiere que te saquemos de en medio.
– ¿Te ha mandado a sus sicarios? -pregunta ella-. Eso sólo confirma la versión de la viuda. Culpable.
– No a mí. No soy lo bastante importante para él. -Levanta la mano y señala un techo imaginario situado muy arriba-. Se ha movido por las alturas. Y alguien que sabe que te conozco me ha enviado recado para que te avise. Van en serio, Diana.
Se levanta y da cuatro pasos hasta la ventana que da al patio. Retrocede con una mueca de repugnancia, toma un kleenex de la caja de marquetería que está sobre su mesa, entre un banderín de Líbano -cuyos pliegues suele acariciar con frecuencia, como si fuera un fetiche- y la foto de su mujer y sus hijas, y frota una mancha concreta en la suciedad gaseosa que empaña los cristales.
– Una mosca muerta -murmura-. No aguanto más cadáveres de los necesarios.
Se sienta al lado de Diana.
– Sea lo que sea que haya hecho, y estoy convencido de que es capaz de todo, esta rápida movilización por parte de Asmar tiene una lectura política de fondo. Lo que tú has descubierto, o pretendes descubrir y probar, pondría en peligro, de hacerse público, no sólo su imagen sino también su influencia con Ramal Ayub. El Anciano puede tener muchos defectos, y no te digo que en otro tiempo no haya cambalacheado hasta el crimen con los gobiernos judíos. Pero no es tonto. La última matanza israelí, la del verano de 2006, todavía nos pesa. El viejo no es tan imbécil como para no saber que, junto con la traición, el agravio y la burla debilitarían a su partido, precisamente en vísperas de la formación del maldito gabinete de Gobierno. ¿Qué haría Ayub? Sacarse de encima a Samir Asmar, y con él, a la familia. Muchos de sus rivales cristianos, y hasta algunos aliados, están deseando desplazar al clan de su puesto clave en el maronitismo.
– Y está el asesinato de Tony. Su propio hermano.
De nuevo el uso de las tres palabras -su, propio y hermano- hace que la detective se sienta como una intérprete de melodrama.
El policía asiente.
– Asmar te neutralizará como sea. Yo que tú me andaría con cuidado.
Diana inicia un gesto de protesta.
– Lo sé, amiga. No te arredran ni los tiros ni las bombas -corta él, sarcástico, pero menos de lo que podría esperarse.
Se levanta otra vez. La mujer se da cuenta de la seriedad de sus palabras porque le ve nervioso, inquieto.
– No hablamos de armas convencionales a la libanesa. -Hay amargura en sus palabras, junto con ironía-. Hablamos de veneno. Ponzoña. Llámalo como quieras. Ácido sulfúrico, sustancias corrosivas. Es decir, impunidad. Eso es lo que destilan los Asmar y sus cómplices, las Ghorayeb. El producto interior brutal de este país, por cuya elaboración rendimos pleitesía a nuestras más repugnantes y acrisoladas familias. Cualquier día puedes comerte unos salmonetes letales o encontrarte con la noticia de que traficas con drogas o utilizas a menores en un tinglado de prostitución. Lo que sea que se les ocurra para desprestigiarte y ponerte en la frontera. Al fin y al cabo, ya no perteneces a ese como se llame periódico que te protegía cuando eras periodista… Perdón, reportera.