—Suicidio, dijo mi esposa.
Chikamatsu asintió.
—¿Tiene aquí una terminal web?
—Naturalmente.
—¿Puedo?
Kyle indicó la unidad con un gesto.
Chimakatsu se sentó delante y le habló al micrófono.
—The Toronto Star —dijo. Y a continuación—. Busca números atrasados. Palabras en texto de artículo: Huneker y Algonquino. H-U-N-E-K-E-R y A-L-G-O-N-Q-U-I-N-O.
—Buscando —dijo el terminal con voz andrógina, y poco después—. Encontrado.
Sólo había un artículo. Apareció en la pantalla del monitor.
Chikamatsu se levantó.
—Eche un vistazo —dijo.
Kyle ocupó el lugar que ella había dejado vacante. El artículo estaba fechado el 28 de febrero de 1994. Las palabras «Huneker» y «Algonquino» estaban marcadas por todas partes, en rojo y verde respectivamente. Leyó el artículo entero, y le dijo a la pantalla que avanzara una vez mientras lo hacía:
SUICIDIO DE ASTRÓNOMO
Joshua Huneker, de 24 años, fue encontrado muerto ayer en el radiotelescopio del Consejo de Investigación Nacional de Canadá en el Parque Algonquino, al norte de Ontario. Se suicidó comiendo una manzana rociada de arsénico.
Huneker, que estudiaba el doctorado en la Universidad de Toronto, llevaba seis dias aislado por la nieve en el radiotelescopio.
Estaba trabajando en Parque Algonquino en el proyecto internacional de búsqueda de vida extraterrestre (SETI), escaneando el cielo en busca de mensajes de radio de mundos alienígenas. Como Parque Algonquino está alejado de cualquier ciudad, recibe poca interferencia radiofónica y es por tanto un lugar ideal para esas escuchas.
El cadáver de Huneker fue encontrado por Donald Cheung, de 39 años, otro radioastrónomo, que llegaba a las instalaciones para relevar a Huneker.
“Es una gran tragedia”, dijo la portavoz del CIN Allison Northcott, en Ottawa. “Josh era uno de nuestros investigadores jóvenes más prometedores, y también era muy humanitario, activo colaborador de Green Peace y otras causas. Sin embargo, a juzgar por su nota de suicidio, al parecer tenía problemas personales debido a su relación romántica con otro hombre. Todos lo echaremos de menos”.
Cuando terminó, Kyle hizo girar su silla para mirar a la mujer. No conocía los detalles de la muerte de Josh; todo el asunto parecía triste.
—¿Le recuerda a alguien esa historia? —preguntó Chikamatsu.
—Claro. A Alan Turing.
Turing, el padre de la informática moderna, se había suicidado en 1954 de la misma forma, y por el mismo motivo.
Ella asintió, sombría.
—Exactamente. Turing era el ídolo de Huneker. Pero lo que la portavoz no mencionó fue que Josh dejó dos notas, no una. La primera trataba en efecto de sus problemas personales, pero la segunda…
—¿Sí?
—La segunda tenía que ver con lo que había detectado.
—¿Cómo dice?
—Con el radiotelescopio —Chikamatsu cerró los ojos, como pugnando un último instante por continuar o no. Luego los abrió y dijo en voz baja—. Los centauros no fueron los primeros extraterrestres que entraron en contacto con nosotros. Fueron los segundos.
Kyle arrugó el ceño, escéptico.
—¡Oh, vamos!
—Es cierto —dijo Chikamatsu—. En 1994, Algonquino detectó una señal. Naturalmente no era de Alfa Centauri… no se puede ver esa estrella desde Canadá. Huneker detectó una señal de algún otro sitio, al parecer no tuvo problemas para decodificarla, y se quedó anonadado por lo que decía. Quemó todas las cintas originales, codificó el único registro superviviente del mensaje, y luego se mató. Hasta hoy día, nadie sabe qué decía el mensaje extraterrestre. Clausuraron el Observatorio Algonquino inmediatamente después, aduciendo recortes presupuestarios. Lo que realmente querían hacer era desmontarlo todo para ver si podían determinar de qué estrella procedía la señal; Huneker tenía que escrutar más de cuarenta estrellas distintas durante la semana que pasó allí solo. Desmontaron todo el lugar, pero no descubrieron nada.
Kyle digirió todo esto.
—¿Y qué empleó Huneker? ¿Una codificación RSA?
—Exactamente.
Kyle frunció el ceño. El RSA es un método de codificación de datos de dos claves: la clave pública es un número muy grande, y la clave privada consiste en dos números primos que son factores de la clave pública.
Chikamatsu se encogió de hombros, como si el problema fuera sencillo.
—Sin la clave privada —dijo—, el mensaje no puede ser decodificado.
—¿Y había quinientos doce dígitos en la clave pública de Huneker?
—Sí.
Kyle frunció el ceño.
—Entonces los ordenadores convencionales tardarían trillones de años en encontrar sus factores siguiendo el método de prueba y error.
—Exactamente. Nuestros ordenadores están trabajando a tiempo completo en eso desde que Huneker se mató. Sin suerte, hasta ahora. Pero, como dice usted, son ordenadores convencionales. Un ordenador cuántico…
—Un ordenador cuántico podría hacerlo en cuestión de segundos.
—Exactamente.
Kyle asintió.
—Puedo ver por qué dejar un mensaje codificado podría parecer atractivo a un fan de Turing.
Turing había sido esencial para derrotar a Enigma, la máquina codificadora de los nazis en la Segunda Guerra Mundial.
—¿Pero por qué tendría yo que estar de acuerdo en hacer esto para ustedes?
—Tenemos una copia del disco de Huneker… algo muy difícil de conseguir, créame. Mis asociados y yo creemos que el disco contiene información que podría ser de gran valor comercial… y si podemos decodificarlo primero, todos ganaremos un montón de dinero.
—¿Todos?
—Cuando hablé con ellos por teléfono, mis asociados me dieron plenos poderes para ofrecerle un dos por ciento de todos los beneficios.
—¿Y si no hay ninguno?
—Lo siento, tendría que haber sido más explícita: estoy dispuesta a ofrecerle cuatro millones de dólares por adelantado, a descontar del dos por ciento de todos los beneficios. Y usted se queda con todos los derechos de su tecnología de ordenadores cuánticos: nosotros sólo queremos decodificar ese mensaje.
—¿Qué les hace pensar que hay algo de valor comercial en el mensaje?
—La segunda nota escrita a mano por Huneker decía simplemente: “Mensaje de radio extraterrestre… descubrimiento de nueva tecnología”. El disco con la transmisión codificada… uno de tres pulgadas y media, si recuerda usted esas cosas… se encontró encima de esa nota. Huneker había entendido claramente ese mensaje y consideró que describía una tecnología innovadora.
Kyle vaciló y se arrellanó en su asiento.
—Me he pasado media vida tratando de descifrar lo que quieren decir los estudiantes cuando escriben algo. Podría haber dicho que necesitábamos una tecnología nueva, como los ordenadores cuánticos, para decodificar ese mensaje.
Chikamatsu pareció indebidamente optimista.
—No, debe describir alguna gran innovación… y nosotros la queremos.
Kyle decidió no discutir con ella; estaba claro que dedicaba demasiado tiempo y dinero a este tema para considerar que podía ser algo inútil.
—¿Cómo han sabido de mí?
—Llevamos años siguiendo el progreso de los ordenadores cuánticos, profesor Graves. Sabemos exactamente quién hace qué… y lo cerca que están de hacer un hallazgo. Usted y Saperstein, en Technion, están a punto de resolver las dificultades técnicas.
Kyle suspiró. Odiaba a muerte a Saperstein, desde hacía años. ¿Lo sabía Chikamatsu? Probablemente. Lo que significaba que podría estar tentándolo. Sin embargo, cuatro millones de dólares…