—Ah —dijo Heather, imitando a su marido—. El famoso ANR.
Él sonrió.
—Un ANR es un acuerdo de no revelación. Probablemente me harán firmar un contrato con severas penalizaciones, prometiendo no divulgar el contenido del mensaje, ni siquiera su existencia.
—Hmmm. ¿Qué quieres hacer?
Kyle se encogió de hombros.
—Había un sketch de los Monty Python sobre un chiste tan gracioso que te morías literalmente de risa al escucharlo, y los aliados lo usaban como arma durante la Segunda Guerra Mundial. Tenían que traducirlo del inglés al alemán por equipos, y cada persona traducía sólo una palabra cada vez. Un tipo llegó a ver por accidente dos palabras y acabó en cuidados intensivos.
Hizo una pausa.
—No sé. Si alguien te entregara un chiste y te dijera que es gracioso, ¿no le echarías un vistazo para comprobarlo por ti misma? Aunque Huneker se suicidara después de leerlo, quiero saber qué decía el mensaje extraterrestre.
—Podría ser indescifrable, ya sabes… igual que los mensajes centauros. Aunque puedas descubrir los factores primos, eso no significa que el mensaje tenga sentido. Quiero decir, a pesar de lo que he dicho hace un momento, supongo que es plausible que Josh se quitara la vida por motivos personales, y el mensaje no tuviera nada que ver con ello.
—Tal vez —dijo Kyle—. O quizás el mensaje compusiera un pictograma que por accidente significara algo sólo para Huneker —señaló con el pulgar el cuadro de Dalí—. Ya sabes, tal vez robaba dinero del cepillo de la iglesia y el pictograma tenía el aspecto de Jesús en la cruz, y una cosa así. Eso lo pudo volver loco.
—En ese caso tú serías inmune, por ser ateo.
Kyle se encogió de hombros.
—Tal vez deberías hacerlo —dijo Heather. Bajó la voz—. Después de todo, si Becky…
Kyle asintió.
—Si Becky me demanda y pierdo todo lo que el mundo sabe que tengo, sería agradable tener una fuente lucrativa de ingresos.
Heather guardó silencio durante un momento, y luego añadió:
—Tengo que marcharme.
Kyle se levantó.
—Gracias por venir —dijo.
Heather sonrió débilmente y se fue.
Kyle volvió a sentarse y se puso a pensar. ¿Había algo que alguien pudiera revelarle y le impulsara al suicidio? No. No, por supuesto que no. Excepto… Se estremeció.
Sí, había una cosa que, de ser revelada, podría causar que se quitara la vida, igual que había hecho el pobre Josh Huneker hacía tantos años en mitad de ninguna parte.
La prueba de que era él, y no Becky, quien tenía recuerdos falsos de lo que había pasado realmente durante la infancia de su hija.
Capítulo 16
La tarde siguiente, Heather regresó al laboratorio de Paul Komensky. El pequeño robot seguía trabajando, pero había consumido la mayor parte de la tercera y última capa inferior.
—Sólo serán unos cuantos minutos más —dijo Paul, acercándose a saludarla.
Heather pensó en algo que había oído alguna vez: no había que fiarse de los cálculos de los ingenieros en cuestión de tiempos.
Como si sintiera la necesidad de demostrar que no estaba tan lejos, Paul indicó dos cajas grandes que estaban ya llenas de pequeñas placas rectangulares de sustratos pintados.
Heather se acercó a las cajas y cogió las dos primeras placas. Las unió. Encajaban bien.
El robot emitió un trino electrónico. Heather se dio la vuelta. Le estaba bloqueando el camino. Se quitó de enmedio, y el robot se acercó a la segunda caja, dejó caer una placa, y luego emitió una serie distinta de pitiditos y se detuvo.
—Terminado —dijo Paul.
Heather cogió una de las cajas. Debía pesar unos veinte kilos.
—Necesitarás ayuda para llevarte eso a tu despacho —dijo Paul.
Desde luego, Heather habría agradecido que le echaran una mano, pero se impuso. O, pensó más sinceramente, ya tenía más obligaciones de las necesarias. Había disfrutado de la compañía de Paul ayer, pero le pareció un error después… y ahora era casi la hora de cenar; sabía que las cosas no terminarían ayudándola simplemente a cruzar el campus.
—No, no hará falta —dijo ella.
Heather pensó que Paul parecía decepcionado, pero sin duda podía leer las señales: no se sobrevive en un entorno universitario si no sabes hacerlo, descontando a aquel tipo de Antropología. Bentley, Bailey, como se llamara.
Pero entonces Heather se volvió hacia las otras dos cajas. Se mataría intentando llevarlas a Sid Smith con este calor. Desde luego, le vendría bien un poco de ayuda.
—Por otro lado… —dijo.
Paul sonrió.
—Claro —dijo Heather—. Claro, me vendrá bien un poco de ayuda.
Paul alzó un dedo, indicando que volvería en un minuto. Salió del laboratorio y regresó poco después, empujando dos carretillas, una con cada mano. Era un poco difíciclass="underline" parecían querer ir en direcciones separadas. Heather se acercó a él. Sus manos se tocaron brevemente cuando ella cogió los asideros de una.
—Gracias.
Paul sonrió.
—Es un placer.
Hizo girar su carretilla delante, metió la palanca bajo una de las cajas, y luego echó atrás la herramienta para que la caja entera descansara contra el entramado de metal rojo. Heather duplicó el procedimiento con su carretilla y la segunda caja.
Paul volvió a alzar un dedo.
—Necesitarás un suministro de tornillos y sujetadores si quieres convertir los cuadrados en cubos.
Cogió una tercera caja (al parecer la tenía ya preparada) y la colocó encima de la que llevaba en la carretilla.
—También hay un par de agarraderas de cristal ahí dentro — abrió la caja y sacó una. Era una herramienta de succión con un asa negra—. ¿Las has visto antes? Se usan para manejar hojas de cristal, pero pueden resultarte útiles para manipular tus placas grandes cuando las hayas montado.
—Gracias —repitió Heather.
—Naturalmente, sabes que un teseracto auténtico sólo tiene veinticuatro caras.
—¿Qué? —dijo Heather. No podía haber metido la pata de una forma tan fundamental—. Pero Kyle dijo…
—Oh, cuando está desplegado, parece tener cuarenta y ocho caras, pero cuando se pliega, cada una de las caras toca otra, dejando solo veinticuatro. La del fondo se pliega para tocar la de arriba, los cubos laterales se pliegan hacia adentro, y así sucesivamente. Aunque no se puede decir que haya forma de plegarlo, por supuesto —hizo una pausa—. ¿Nos vamos?
Heather asintió, y se pusieron en marcha, empujando las carretillas.
Naturiamente, una vez que llegaran al despacho de ella, podría darle las gracias y dejarlo marchar, pero…
¡Pero dos mil ochocientas placas! Tardaría una eternidad en montarlas ella sola.
Paul podría estar dispuesto a ayudar, y…
No. No. No podía pedírselo, no podía pasar más tiempo con él. Primero había que resolver las cosas con Kyle.
Pero…
¿Pero cómo podría hacerlo? ¿Cómo podría saberlo con seguridad? ¿Y si no lo supiera, se tensaría siempre cada vez que la mano de Kyle tocara su cuerpo?
Miró a Paul mientras subían por St. George.
Sus manos sujetaban las agarraderas cubiertas de goma. Manos bonitas, manos fuertes. Dedos largos.
—Sabes —dijo Heather, vacilante—, si no tuvieras nada que hacer, seguro que me vendría bien una mano para montar todas esas placas.
Él la miró y sonrió. Era en efecto una bonita sonrisa.
—Claro —dijo—. Me encantaría.
Paul y Heather consiguieron cruzar el campus con las cajas, después de detenerse a descansar un par de veces en los bancos del parque por el camino. Subieron la rampa para minusválidos hasta la entrada de Sidney Smith Hall. Había un estudiante melenudo delante de ellos, vestido con una camisa de cuero Varsity Blues con el nombre «Kolmex» en la espalda. Heather pensó que el estatus de aquel tipo como jugador de fútbol debía haber sido muy importante para su auto-imagen y por eso llevaba una chaqueta de cuero en mitad de agosto. Esperaba que al menos le mantuviera la puerta abierta, pero la dejó cerrar de golpe tras él, con un castañeo de cristales. Paul alzó las cejas, compartiendo una expresión con Heather, de un profesor a otro… la medida de los chicos de hoy. Luego manipuló su carretilla para poder liberar una mano lo suficiente para abrir la puerta.