Por fin, los dos llegaron al despacho.
—Ah —dijo Paul, mirando alrededor mientras entraban—. Compartes un despacho.
Heather asintió; incluso las universidades tenían sus órdenes.
—Sólo soy profesora asociada —dijo—. Tomé varios años libres para criar a mis hijas… supongo que tengo que ponerme al día. Mi compañero de despacho, Omar, está de vacaciones durante el verano.
Heather utilizó el pie para sacar la caja de la plataforma de la carretilla, y luego se desplomó en una silla para recuperar el aliento. Sacudió levemente la cabeza y contempló la habitación. Tendrían que retirar la mesa de Omar (oh, qué alegría) pero si la colocaban contra aquella estantería, habría suficiente espacio en el suelo para empezar a montar el rompecabezas extraterrestre.
Paul descansaba también, utilizando la silla de Omar. Sin embargo, después de un par de minutos, los dos se levantaron y movieron la mesa. Luego ella cogió una copia en papel del plan de programa del DAC para el primer panel, abrió la primera caja de placas, y se sentó en el suelo con las piernas cruzadas. Paul se sentó a un metro de distancia. Ella podía oler un poco a su sudor; había pasado mucho tiempo desde la última vez que olió el sudor de un hombre.
Empezaron a colocar las placas. Resultó gratificante ver cómo las pautas aparentemente aleatorias se conectaban unas con otras en los límites de las placas.
Mientras trabajaba, Heather pensaba en la clase de pegamento que Paul había dicho que empleaba en los bordes de las placas: lengua y saliva. Se le ocurrieron varios buenos chistes, pero se los guardó.
A eso de las ocho y media, Paul y Heather pidieron una pizza y cocacolas; para deleite de Heather, pudieron ponerse de acuerdo en los ingredientes de la pizza en cuestión de instantes: con Kyle siempre era cuestión de arduas negociaciones.
Paul ofreció su tarjeta SmartCash cuando apareció el repartidor, pero Heather insistió en que era él quien le estaba haciendo el favor, y por eso pagó. Le agradó que Paul claudicara con elegancia.
Dieron las diez antes de que terminaran de montar las cuarenta y ocho grandes placas. Cada una medía unos setenta centímetros de lado. Tras completarlas, habían apoyado cada una de ellas contra el borde de la mesa de Omar.
Ahora era cuestión de construir la maldita cosa. Usando los clips y abrazaderas que Paul había traído, conectaron los lados. Al final, montaron los ocho cubos.
En general, las marcas de pintura (que brillaban ligeramente, como si fueran de mica) seguían sin formar ninguna pauta reconocible, pero fluían sobre la superficie de las cajas de forma intrincada, recordando a circuitos impresos.
Usando el diagrama DAC como guía, continuaron montando los cubos en un conjunto mayor. No pudieron levantarlo (el techo no era lo suficientemente alto), así que lo colocaron en horizontal, con el eje de cuatro cubos paralelo al suelo:
La estructura descansaba sobre un cubo; apoyaron el lado del eje que sobresalía más sobre una pila de libros de textos. La estructura terminada se alzaba casi hasta el techo.
Cuando acabaron, Heather y Paul se sentaron a mirarla. ¿Era una obra de arte? ¿Un altar? ¿U otra cosa? Ciertamente, resultaba provocador que tuviera forma de cruficijo (incluso ahora, de lado, la imagen era inevitable), ¿pero cómo podían compartir los extraterrestres ese simbolismo? Aunque uno estuviera dispuesto a conceder que un Dios putativo pudiera haber tenido hijos mortales putativos en otros mundos, sin duda nadie más habría inventado la cruz como método de ejecución: después de todo, se adaptaba a la anatomía humana. No, no, el parecido tenía que ser una coincidencia.
Todo el artilugio parecía destartalado. De hecho, más que nada, le recordaba a Heather algo que le había sucedido en la guardería. Su clase acudió en 1979 a ver el primer aterrizaje de un Concorde en lo que entonces se llamaba Aeropuerto Internacional de Toronto. Después de regresar, para que los niños jugaran, un amable conserje hizo una figura de Concorde a partir de un cubo de basura y varias placas de aluminio. Este aparato era tan frágil como aquel.
Paul sacudió la cabeza, asombrado.
—¿Qué crees que es?
Heather se encogió de hombros.
—No tengo ni la menor idea.
Miró su reloj, y Paul miró el suyo.
Caminaron juntos hasta la estación de metro. Heather tenía que ir hasta Yonge, al este; Paul, que vivía en un condominio en Harbourfront, tenía que ir al sur, hasta Union. La acompañó hasta el andén, sólo para asegurarse de que Heather subía a su tren. La estación St. George seguía decorada con losas verde pálido, no muy diferentes a las placas que habían montado esa noche. Los túneles eran bastante rectos aquí; Heather pudo ver el tren que se acercaba.
—Gracias, Paul —dijo, sonriendo débilmente—. De verdad que aprecio tu ayuda.
Paul le tocó el brazo ligeramente; eso fue todo. Heather se preguntó qué habría hecho si él hubiera intentado besarla.
Y entonces su tren llegó a la estación, y ella regresó a una casa vacía.
Heather se pasó toda la noche dando vueltas, soñando alternativamente con el extraño artefacto extraterrestre y con Paul.
La mayor parte del trayecto hasta el trabajo era subterráneo, pero en dos tramos a lo largo del Yonge el metro se convertía en un tren normal y asomaba a la luz del día. En esos dos puntos (alrededor de las estaciones de Davisville y Rosedale), la luz del sol pareció dolorosamente intensa a los ojos privados de sueño de Heather.
Por fortuna, cuando por fin llegó a su despacho, las cortinas estaban todavía echadas. No podía trabajar bien con los ocho cubos del artefacto dominando la habitación. Pero se sentó en silencio en la oscuridad, sorbiendo una taza de café que había comprado en la cafetería del vestíbulo, esperando a que la cabeza dejara de martillearle.
Cosa que hizo por fin. Ella esperaba que una noche de sueño pudiera sugerir algún tipo de respuesta al rompecabezas representado por lo que habían construido, pero no se le había ocurrido nada. Y ahora, al observar aquella cosa, se sentía como una tonta… ¡qué locura había sido! Se alegraba de que Omar (y todos los demás) estuvieran de vacaciones.
Heather tomó otro sorbo de café y decidió que estaba preparada para enfrentarse con el día. Se levantó, se acercó a la ventana y descorrió las ajadas cortinas. La luz del sol entró a raudales.
Se sentó de nuevo, acunándose la cabeza con las manos, y…
¿Qué demonios?
Las marcas pintadas en los paneles centelleaban a la luz del sol. Eran una película cristalina, cosa que quizá no debería ser tan sorprendente, pero…
… parecían bailar, titilar.
Se levantó y cruzó la habitación para observarlas con más atención, y…
… y tropezó con un montón de impresos que había dejado en el suelo. Resbaló hacia adelante, y chocó contra la estructura que había construido.
Debería haberla reducido a pedazos. No sólo los grandes paneles cuadrados, sino también las múltiples conexiones entre los millares de plaquitas.
Tendría que haber hecho eso… pero no fue así.
La estructura aguantó. De hecho, Heather estuvo a punto de romperse el brazo cuando chocó con ella.