A menos que, naturalmente, como había sugerido Paul, los constructores tuvieran que meterse dentro.
Era una idea tonta; probablemente tenía más que ver con sus recuerdos de aquel Concorde hecho con el bidón de la basura que con el objeto que tenía delante. O tal vez era el maldito freudianismo que aparecía de nuevo. Naturralmente, Mein Frrau, algo siemprre tiene que entrrarr dentrro del túnel.
Era una locura. ¿Cómo se podía entrar? De verdad, ¿por dónde se hacía? Había ocho cubos, después de todo.
En ese cubo de allí, pensó inmediatamente, señalando mentalmente al tercero del eje, el que tenía los cuatro cubos adicionales pegados. Era el único cubo especiaclass="underline" el único que no tenía ninguna cara expuesta.
Ese de allí.
Podía soltar uno de los cubos que sobresalían (quitando los paneles que formaban la cara oculta) y meterse dentro. Naturalmente, si las lámparas se apagaban, muy pronto todo el artefacto se desmoronaría y ella acabaría sentada de culo.
Una locura.
Además, ¿qué esperaba? ¿Que el trasto despegara, como hacía el Concorde en su imaginación? ¿Que cruzaría los años-luz que la separaban de Alfa Centauri? Una locura.
En cualquier caso, probablemente no podría quitar ninguno de los cubos mientras el campo de integridad estructural continuara activo. Y si lo apagaba, todo el artefacto se vendría abajo en el momento en que le pusiera algún peso encima.
Se acercó al aparato y agarró el cubo que sobresalía del lado derecho. Salió limpiamente cuando tiró, mientras las abrazaderas que lo habían estado sosteniendo caían al suelo. Al mirar, vio que los dos paneles que componían la superficie interna se habían desprendido, como si ya estuvieran unidos de algún modo, revelando el hueco del cubo central.
Heather volvió a colocar el cubo que había quitado, y éste encajó en su sitio. Trató de retirarlo una vez más y descubrió que a menos que tirara en línea recta, sin ningún movimiento lateral, no se desmontaba. Era difícil, pero consiguió retirarlo una vez más. Repitió el proceso un par de veces, y lo intentó también con otros cubos. Volvían a conectarse fácilmente, no importaba el ángulo en el que estuvieran sujetos, pero todos requerían un poco de habilidad para soltarse; había tenido suerte la primera vez.
Volvió a quitar el cubo lateral y miró el hueco interior. En realidad, tendría que haberlo hecho un poco más grande: parecía que no iba a caber en su interior. Y no es que fuera a meterse, claro.
Heather miró la mesa, se encaminó hacia ella, se detuvo, entonces se quedó mirando otra vez. Al alcanzarla, sacó una libreta y un boli y empezó a escribir, sintiéndose como una tonta: “Estoy dentro del tercer cubo del centro. Apaguen las luces y retiren el artefacto del sol y se desmoronará, liberándome”.
Cogió un trozo de cinta adhesiva del cajoncito de la mesa y pegó la nota a la pared.
Y entonces volvió a acercarse al cubo. Supuso que no le haría daño entrar, siempre que no volviera a colocar el cubo que había quitado para acceder al interior. Se quitó los zapatos, apoyó el trasero en el hueco central, levantó las piernas, y se metió dentro, en una especie de posición fetal sentada.
Nada. Por supuesto.
Excepto… Era extraño.
Excepto que entraba aire por las paredes. Colocó la palma cerca de una de las superficies planas y pudo sentir una suave brisa. La pintura piezoeléctrica hacía algo más que procurar integridad estructuraclass="underline" estaba fabricando aire o reciclándolo desde el exterior.
Increíble.
Tenía que estar reciclando aire… era la única respuesta razonable. Sin duda, los extraterrestres no podían saber qué tipo de atmósfera requerían los humanos.
Heather se internó todo lo que permitía el hueco. Era realmente la única respuesta razonable, pero también la más deprimente. Se rió de sí misma. De verdad se había creído que tal vez, sólo tal vez, los alienígenas le habían dicho cómo construir una nave espacial. Una nave que la llevaría lejos de la Tierra, de todos sus problemas, y la transportaría a Alfa Centauri.
Pero aunque bombeara aire desde el exterior, no era gran cosa como nave espacial. Heather se retorció dentro del cubo hueco para poder colocar la nariz dentro de la pared verde. Podía sentir la suave brisa, pero el aire no tenía ningún olor.
Pero si no era una nave espacial, ¿qué era entonces? ¿Y para qué el campo de integridad estructural?
Sabía lo que tenía que hacer. Tenía que colocar el cubo que había quitado mientras continuaba dentro del hueco central. Pero tendría que decírselo primero a alguien. Incluso con la nota “Estoy dentro del tercer cubo”, podrían pasar horas, o días, antes de que alguien entrara en su despacho. ¿Y si se quedaba atrapada dentro?
Pensó en telefonear a Kyle. Pero eso no serviría de nada.
No tenía ningún estudiante de postgraduado durante el verano, pero siempre había alguno cerca. Podía coger a uno… aunque entonces tendría que compartir el crédito con el estudiante cuando publicara los resultados.
Y luego, por supuesto, estaba el nombre más lógico: el nombre que, lo sabía, había estado reprimiendo deliberadamente.
Paul.
Podía llamarlo. Sin duda recibiría su crédito; después de todo, había fabricado los componentes con los que habían hecho el aparato, y la había ayudado a montarlo.
Tal vez, a su propio estilo, ésta fuera una excusa perfectamente razonable para llamarlo. No es que lo de anoche hubiera sido una cita o algo por el estilo, ni que hicieran falta nuevos contactos.
Salió del cubo vacío y se acercó a su mesa, desperezándose mientras lo hacía, tratando de librarse de un tirón en el cuello.
Cogió el teléfono.
—Directorio interno: Komensky, Paul.
Sonaron unos cuantos pitidos electrónicos, y luego la voz del correo de Paul.
—Hola, aquí el profesor Paul Komensky, Ingeniería Mecánica. No puedo ponerme al teléfono ahora mismo. Mis horas de atención a los estudiantes son…
Heather colgó. Se sentía un poco nerviosa: quería conectar con él, y sin embargo sintió un retortijón de alivio por no haberlo hecho.
Sentía calor, quizás más de lo que las brillantes luces tendrían que haberle hecho sentir. Miró de nuevo el aparato y luego al monitor de su ordenador. La página web del Centro de Señales Alienígenas no había cambiado. Tenía que haber miles de investigadores trabajando en el problema del significado de los mensajes extraterrestres ahora que al parecer habían terminado. Estaba segura de que se había adelantado a todos los demás: la afortunada coincidencia de que Kyle tuviera un cuadro de Dalí en la pared la había ayudado a dar el salto. ¿Pero cuánto tiempo pasaría antes de que alguien construyera un aparato similar?
Vaciló durante otro minuto, luchando consigo misma.
Y entonces…
Y entonces cruzó la habitación, sopesó el cubo que había quitado antes y lo acercó al aparato. Luego cogió una de las pequeñas ventosas de succión que Paul le había dado y la colocó en el centro de una de las caras del cubo, la que estaba formada por dos paneles de la parte inferior unidos. Había una pequeña válvula en la parte de arriba de la ventosa negra de plástico; empujó y la unidad se fijó al cubo. Luego trató de levantar el cubo por la ventosa. Temía que fuera a caerse, pero permaneció bien sujeto.
Después de otro momento de vacilación, se metió de nuevo en el hueco y entonces, tirando de la ventosa de succión, colocó el cubo en su sitio. Se ajustó fácilmente en su lugar.
Heather sintió una oleada de pánico cuando la cubrió la oscuridad.
Pero no era una oscuridad total. La pintura piezoeléctrica resplandecía levemente con aquel mismo tonillo verdoso que desprenden los juguetes fosforescentes infantiles.
Inspiró profundamente. Había aire de sobra, aunque el espacio reducido hacía que pareciera cargado. De todas formas, aunque estaba claro que no iba a asfixiarse aquí dentro, quiso asegurarse de que podía salir del artefacto cuando quisiera. Extendió las manos y las usó para empujar el mismo cubo que había soltado antes.