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Los hexágonos no cubrían toda la superficie interna de la esfera: había grandes secciones donde no se veía ninguno. Con todo, aunque cubrieran una porción de la superficie, debía haber millones, miles de millones de ellos.

La visión cambió otra vez. Se convirtió en otra configuración: la que había visto ayer con dos esferas, una muy cerca, la otra muy lejana. Formándose al fondo estaba el remolino… que, lo advertía ahora, tenía la misma mezcla de colores que los hexágonos. Desenfocó la mirada y lo intentó otra vez. La imagen de la enorme pared de hexágonos volvió a aparecer.

Si los hexágonos y el remolino eran realmente lo mismo, sólo que visto en distintos marcos dimensionales, entonces, al parecer, había mucha energía dentro de los hexágonos. ¿Pero qué representaba cada uno de ellos?

Mientras miraba, uno de los hexágonos que tenía delante se oscureció de repente hasta adquirir un tono negro más fuerte que nada que ella hubiera visto antes. Ninguna luz parecía reflejarse en él. De hecho, al principio pensó que ya no existía, pero pronto sus ojos se acostumbraron a su perfecta superficie de ébano: seguía allí.

Heather miró a su alrededor para ver si podía encontrar algún otro hexágono perdido. No tardó mucho en encontrar otro, y luego otro más. Pero no pudo decidir si acababan de volverse negros, o lo eran desde hacía mucho tiempo.

De todas formas, el hecho de que los hexágonos cambiaran de color la indujo a pesar que podrían ser pixeles. Y sin embargo cuando sobrevoló este paisaje a gran altura no detectó ninguna imagen aparente. Heather frunció los labios, frustrada.

Continuó gravitando sobre el campo de hexágonos, pasando sobre zonas de vacío donde no había ningún hexágono de color o negro, sólo una nada plateada.

En los márgenes de una de esas zonas (un charco de mercurio, pensó), Heather vio un hexágono formándose. Empezó como un punto y luego se expandió rápidamente hacia afuera para llenar el espacio disponible, chocando en tres lados contra otros hexágonos, y contra el abismo plateado en sus otros lados.

¿Qué podrían ser los hexágonos?

Los había visto nacer.

Y los había visto morir.

¿Cuántas de aquellas malditas cosas había?

Nacer.

Morir.

Nacer.

Morir.

Se le ocurrió una idea descabellada, quizá el tipo de pensamiento que se le ocurriría con más probabilidad a un psicólogo jungiano que a un tipo medio, pero descabellada de todas formas.

No podía ser.

Y sin embargo…

Si tenía razón, sabía exactamente cuántos hexágonos activos había.

Su número no era infinito, de eso estaba segura. Esto no era uno de los problemas irresolubles de Kyle; no había recuadros infinitos, cubriendo un plano infinito.

No, su número era discernible.

Su corazón tronaba y aleteaba a la vez.

Fue un destello de intuición, pero sintió en los huesos que tenía razón. Tenía que haber como… se esforzó por recordar la cantidad. Siete mil cuatrocientos millones.

Más o menos.

Siete mil cuatrocientos millones.

Toda la población humana del planeta Tierra.

Jung convertido en algo concreto: realidad, no metáfora.

El inconsciente colectivo.

El consciente colectivo.

La supermente.

Sintió un arrebato de energía recorriendo su sistema. Encajaba a la perfección. Sí, lo que estaba viendo era biológico, pero de una clase de biología que nunca había visto antes, y a una escala mucho más enorme de lo que hubiese imaginado jamás.

Siempre había sabido, en lo más hondo, que el artilugio no la había llevado a ninguna parte. Estaba todavía en su despacho, en la segunda planta del Sid Smith.

Lo único que estaba haciendo era mirar a través de una lente distorsionada, un microscopio de Möbius, un telescopio topológico.

Un hiperescopio.

Y el hiperescopio le permitía ver la realidad tetradimensional que rodeaba su mundo cotidiano, una realidad de la que no era más consciente que A Cuadrado (el héroe de Tierra plana, de Abbott) respecto al mundo tridimensional que lo rodeaba.

La metáfora de Jung lo había sugerido hacía mucho tiempo, aunque el viejo Carl nunca había pensado en términos físicos. Pero si el inconsciente colectivo era más que una simple metáfora, tendría que parecerse a ésto: las partes aparentemente dispares de la humanidad conectadas a un nivel superior.

Increíble.

Si tenía razón…

Si tenía razón, los centauros no habían enviado información sobre su mundo alienígena. Más bien, le habían proporcionado a la humanidad un espejo para que los humanos pudieran verse por fin.

Y Heather estaba ahora contemplando una porción de ese espejo, un primer plano… unos cuantos miles de mentes colocadas ante ella.

Heather giró, observando la enorme superficie del cuenco. En la distancia no podía distinguir los hexágonos individuales, pero sí advertía que los puntos de colores componían sólo una diminuta fracción del total. Quizás un cinco o un diez por ciento.

Un cinco o un diez por ciento…

Había leído hacía años que el número total de seres humanos que habían existido a lo largo de la historia (ya fueran habilis, erectus, neanderthalensis o sapiens) era de unos cien mil millones.

Un cinco o un diez por ciento.

Siete mil millones de seres humanos vivían ahora.

Y noventa y tres mil millones, más o menos, que habían nacido y muerto antes.

La supermente no reducía, reutilizaba y reciclaba. En cambio, mantenía todos los hexágonos previos, oscuros y prístinos, intactos e inmutables.

Y entonces se le ocurrió. Sorprendente…

Y sin embargo tenía que ser así. Sintió calor, mareo.

Había encontrado lo que quería.

Desde que apareció por primera vez la consciencia sofisticada, hacía millones de años, unos cien mil millones de extensiones de ella (unos cien mil millones de humanos) habían nacido y muerto en el planeta Tierra.

Y todavía estaban representados aquí, cada uno un hexágono. ¿Y qué era el hombre sino la suma de sus recuerdos? ¿Qué otro valor podían almacenar los hexágonos? ¿Por qué conservar los antiguos, a menos que…?

La idea misma la hacía sentir vértigo.

¿A quién acceder primero? Si tan sólo pudiera tocar una mente, ¿cuál sería?

¿Cristo?

¿O Einstein?

¿Sócrates?

¿O Cleopatra?

¿Stephen Hawking?

¿O Marie Curie?

¿O… había estado reprimiendo el pensamiento… su hija muerta, Mary?

¿O incluso su padre muerto?

¿Quién? ¿Por dónde empezar?

Mientras Heather observaba, un arco de luz conectó uno de los hexágonos de colores con otro que estaba oscuro. Había un modo de usar este enorme tablero, de conectar una mente viviente con el archivo de una mente muerta.

¿Se producían esos arcos espontáneamente? ¿Explicaban cosas mientras la gente pensaba como había vivido antes? Heather nunca había creído en las regresiones a vidas pasadas, pero una fístula en… en… en el psicoespacio, haciendo de puente entre una mente muerta y otra aún activa, podría muy bien ser interpretada como una vida pasada por la mente activa, inconsciente de lo que estaba pasando.

Mientras observaba, el arco desapareció. El contacto establecido, fuera cual fuese su propósito, había sido fugaz, y ahora había terminado.

El hexágono pasivo no se había iluminado: continuó muerto durante el contacto. Heather estaba contemplando la mejor representación que su mente podía producir del reino tetradimensional donde habitaba la supermente, pero la cuarta dimensión, como decían los artículos que había leído en la red, no era el tiempo: no enlazaba interactivamente a los vivos y los muertos.