O era como sufrir una amputación… otra vez aquella metáfora que reflejaba su ansiedad sobre la inminente separación. Una amputada, dotada de un brazo protésico. Al principio sólo sería metal y plástico muerto, colgando del muñón. La mente tenía que aprender a controlarlo, a activarlo. Había que establecer un nuevo acuerdo: este pensamiento causaba ese movimiento.
Si el cerebro de carne y hueso podía aprender a interpretar la luz, a mover acero, a contraer tendones de nailon a través de poleas de teflón, sin duda podría aprender a funcionar en este reino. La mente humana era, sobre todo, adaptable. La resistencia era su marca de fábrica.
Y así Heather luchó por calmarse, por pensar racional, sistemáticamente.
Visualizó lo que quería hacer… lo mejor que pudo, al menos. Su cerebro estaba conectado al de Ideko; visualizó el corte de esa conexión.
Pero seguía allí, dentro de él, su visión parpadeante a través de las ventanillas del metro ganando y perdiendo importancia a medida que su imaginación (siempre lujurioso, nuestro Ideko) salía a primer plano y luego desaparecía.
Probó con una imagen diferente: una solución en un matraz. La mente de Ideko con la suya disuelta dentro, una clara diferencia en la refracción de la luz marcaba corrientes en la transparencia de él. Se imaginó a sí misma precipitándose, filtrando blancos cristales (hexagonales como la pared de mentes) al fondo del matraz.
¡Eso funcionó!
El túnel del metro de Tokio se desvaneció.
El murmullo de los pensamientos de Ideko se desvaneció.
La charla de voces japonesas se desvaneció.
Pero no…
¡No!
Nada las reemplazó; todo era oscuridad. Había dejado a Ideko, pero no había regresado a sí misma.
Tal vez debería escapar del aparato. Todavía tenía cierto control sobre su cuerpo, o eso pensaba. Deseó que su mano se dirigiera al lugar donde estaba el botón de parada.
¿Pero se movía su mano de verdad? Sintió que el pánico volvía a crecer en su interior. Tal vez se estaba imaginando su mano, como los amputados imaginan miembros fantasmas, o como quienes sufren de dolores crónicos imaginan que existe un interruptor dentro de sus cabezas, un interruptor que pueden tocar con un esfuerzo de voluntad, para suprimir la agonía durante al menos unos momentos.
Continuar el proceso, salir del psicoespacio, confirmaría o negaría si tenía control de su cuerpo físico.
Pero primero (¡maldición!) tenía que contener el dolor, combatirlo. Se había desconectado de Ideko, estaba a medio camino de casa.
Un soluto precipitando en una disolución.
Cristales en el fondo del matraz…
… en un montón casual; sin orden, ni estructura.
Necesitaba imponer un orden en su yo rescatado.
Los cristales danzaban, formando una matriz de diamantes blancos.
No funcionaba, no servía de nada, no…
De repente, gloriosamente, estaba en casa, dentro de sus propias percepciones.
La Heather física lanzó un gran suspiro de alivio.
Todavía se hallaba en el psicoespacio, ante la gran pared de hexágonos.
Naturalmente, todo era conceptualización, todo interpretación. Sin duda no había ninguna tecla real de Ideko; sin duda el psicoespacio, fuera lo que fuese, tenía otra forma. Pero ella conocía ahora la gimnasia mental que la liberaba de otra mente. Sabía cómo salir, y cómo reintegrarse.
Y quiso desesperadamente intentarlo de nuevo.
Pero en su construcción mental del índice de las mentes, ¿cómo estaban dispuestas las cosas? Ese de allí era el botón de Ideko. ¿Y los seis que lo rodeaban? ¿Sus padres? ¿Sus hijos? Su esposa… o tal vez no, pues no compartiría material genético con él.
Pero no podía ser tan simple, o tan limitado. No podía ordenarse a los humanos simplemente por relaciones sanguíneas: había demasiadas permutaciones, demasiadas variantes en composición y tamaño de familias.
De todas formas, tal vez se encontraba en la zona japonesa de la pared; quizás todos los hexágonos representaban a gente de esa cultura. O tal vez eran personas que habían nacido el mismo día, dispersos por las cuatro esquinas del globo.
O quizá había sido atraída instintivamente hacia este punto. Tal vez el hexágono de Kyle era el que estaba allí: casi lo había tocado en vez del de Ideko, pero cambió de opinión en el último instante, igual que en el colegio siempre se retractaba de su primera y mejor respuesta, para tomar en cambio la decisión equivocada, y murmurar siempre, cuando alguien daba la respuesta correcta, “Iba a decirlo”.
Siete mil millones de teclas.
Probó la tecla que había pretendido tocar originalmente, acercó el dedo y…
¡Contacto!
Tan abrumador la segunda vez como la primera.
Una sensación sorprendente.
Contacto con una mente distinta.
Esta persona poseía al menos visión de color completa. Pero los tonos estaban un poco apagados; la carne parecía demasiado verdosa.
Tal vez cada uno percibía el color de manera ligeramente distinta; tal vez incluso las personas con visión normal tenían interpretaciones diferentes. El color era una creación artificial, después de todo. No existía el «rojo» en el mundo real; era simplemente la forma que escogía la mente para interpretar las longitudes de onda que oscilaban entre 630 y 750 nanómetros. De hecho, los siete colores del arco iris (rojo, naranja, amarillo, verde, azul, índigo y violeta), fueron diseñados arbitrariamente por Newton: la cantidad se debió a que a Sir Isaac le gustaba la idea de que hubiera un número primo de colores, pero Heather nunca había podido distinguir el supuesto «índigo» entre el azul y el violeta.
Pronto, la atención de Heather quedó atrapada por algo más que los colores que veía.
La persona que habitaba (varón otra vez, o al menos eso sentía de un modo inefable, ligeramente agresivo), estaba muy agitada por algo.
Se hallaba en una tienda. Unos ultramarinos. Pero las marcas eran casi todas desconocidas. Y los precios…
Ah, el símbolo de la libra.
Estaba en Inglaterra. Era una pastelería, no un almacén.
Antes hubo una barrera lingüística entre Ideko y ella, pero ahora no la había… al menos no de forma significativa.
—¡Joven! —llamó—. ¡Joven!
No hubo ningún cambio en el estado mental del joven: era completamente inconsciente a sus intentos de entrar en contacto.
—¡Joven! ¡Chico! ¡Zagal! —una pausa—. ¡Capullo! ¡Pajillero!
Esto último, al menos, tendría que haber llamado su atención. Pero no hubo respuesta. La mente del chico estaba completamente concentrada en…
¡Dios mío!
¡En robar algo!
Aquel caramelo. Curly Wurly… qué nombre tan raro.
Heather se aclaró la garganta. El chico (tenía trece años, lo supo en cuanto se preguntó al respecto) tenía suficiente dinero en su SmartCash para pagar la golosina. Se metió una mano en el bolsillo y apretó con los dedos la tarjeta, cálida por el calor de su cuerpo.
Cierto, podía pagar el dulce… hoy. ¿Pero entonces qué haría mañana?
El tendero (un indio cuyo acento Heather encontraba delicioso pero que al chico le parecía ridículo) estaba entretenido hablando con un cliente en el mostrador.
El chico cogió el Curly Wurly, miró por encima del hombro.
El tendero seguía entretenido.
El chico vestía una chaqueta ligera con grandes bolsillos. Sujetando con fuerza el Curly Wurly, lo fue subiendo, subiendo, alzó la solapa del bolsillo, y lo metió dentro. El chico (y, para su sorpresa, también Heather) lanzó un suspiro de alivio. Había conseguido…
—¡Chico! —dijo la voz cargada de acento.
Una sensación de terror absoluto inundó al muchacho, terror que hizo temblar a Heather también.