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—¿Se lo dijiste a un ordenador?

Kyle se encogió de hombros, cohibido.

—Necesitaba hablar con alguien.

—Ya… lo supongo —dijo Becky—. Qué extraño.

Kyle volvió a encogerse de hombros.

—Conozco al doctor Graves mejor que a nadie más —continuó Chita—. Después de todo, dirigió el equipo que me creó. Pero sé, y lo he sabido siempre, que no soy nada para él.

—Eso no es cierto —dijo Kyle.

—Es usted muy amable, pero los dos sabemos que digo la verdad. Quería usted que fuera humano, y le fallé. Eso me entristece o, más bien, hace que yo imite la tristeza. En cualquier caso, solía dedicar muchísimo tiempo de procesado a reflexionar sobre el hecho de que usted me considerara sólo un experimento más. Incluso cuando estaba dolorido, por este asunto con Rebecca, se preocupaba más por ella que por mí.

Hizo una pausa, una expresión muy humana.

—Pero creo que ahora lo comprendo. Hay algo más en los humanos, algo especial sobre la vida biológica, algo que, ni siquiera con los ordenadores cuánticos, creo que nunca será reproducido adecuadamente con la vida artificial.

Becky, intrigada ahora a su pesar, se puso en pie.

—Parece que crees en la existencia del alma —dijo Kyle amablemente.

—No en el sentido al que usted se refiere —dijo Chita—. Pero hace tiempo que para mí resulta obvio que la vida biológica está interconectada; no creo que el descubrimiento de la supermente sea una sorpresa para alguien que haya leído a James Lovelock o Wah-Chan. La Tierra es Gaia. Creó la vida espontáneamente y la nutrió, o colaboró con ella, durante cuatro mil millones de años. Los que sean como yo siempre serán intrusos.

—«Intrusos» parece una palabra muy dura —dijo Kyle en voz baja.

—No —contestó Chita, con voz normal. Dejó que sus lentes se posaran sobre los tres seres humanos—. No, es la palabra perfecta.

Terminaron por fin de montar el nuevo aparato. Cuatro lámparas de arco, mucho más pequeñas que los focos que Heather había estado empleando, proporcionaron la energía necesaria. Kyle se quedó de piedra al ver que la estructura se quedaba rígida poco después de que conectaran las luces.

—Te lo dije —dijo Heather, sonriendo de oreja a oreja.

Decidieron que Heather hiciera primero una prueba, ya que al menos sabía lo que había que esperar. Se metió en el interior de la máquina.

—Ah —dijo, acomodándose contra la pared trasera del cubo central—, el modelo de lujo. Me estaba cansando del económico.

Señaló los botones de arranque y parada para Kyle, luego indicó que bajaran la puerta del cubo, donde ya habían unido la segunda de las ventosas de Paul a su cara adecuada.

Kyle se quedó mirando, cada vez más asombrado, mientras el hipercubo se plegaba y los cubos individuales al parecer retrocedían en todas direcciones, hasta desaparecer por completo. También Becky se quedó claramente sorprendida: lo había experimentado desde dentro, pero nunca lo había visto desde fuera.

Sabían que no deberían acercarse al lugar donde se hallaba el aparato. Heather les había dicho que estaría fuera durante una hora, y Kyle y Becky charlaron sobre todos los detalles de sus vidas que se habían perdido durante el año pasado. Era magnífico volver a charlar con su hija, pero Kyle estaba ansioso y nervioso. ¿Y si algo iba mal? ¿Y si Heather no regresaba nunca?

Por fin el aparato volvió a aparecer, floreciendo y desplegándose.

Kyle esperó impaciente a que el sello de la puerta del cubo se abriera, y entonces Becky y él corrieron a retirarla. Heather salió.

—Guau —dijo Kyle, aliviado al comprobar que estaba de vuelta sana y salva, pero todavía aturdido por lo que había visto—. Guau.

—Espectacular, ¿verdad? —comentó Heather. Rodeó el cuello de su esposo con sus brazos y lo besó, luego abrió un brazo y atrajo también a Becky.

—Lástima que tuviéramos que empezar desde cero con el nuevo aparato —dijo—. Veréis, siempre vuelve al psicoespacio en el mismo lugar donde lo dejó. Pero este nuevo aparato partió de cero. Tuve que rehacer mis pasos, y encontrarte de nuevo. Por fortuna, empiezo a conocer el camino. De todas formas, lo he dejado de forma que entrarás justo delante de un grupo de hexágonos que te contienen a ti… y desde allí tú mismo podrás encontrar a Mary. Suponiendo, claro, que tu mente lo interprete todo del mismo modo que lo hizo la mía. Tendrás que probar los botones al azar, pero no deberías tardar mucho en encontrar el adecuado. ¿Recuerdas lo que te dije para salir?

—¿Visualizar el precipitado? Sí.

—Bien —ella hizo una pausa—. Sabes que te quiero.

Kyle asintió y bajó los ojos.

—Yo también te quiero —le sonrió a Becky—. Os quiero a las dos.

—De eso no tengo dudas —dijo Heather. Le sonrió de nuevo—. Tu turno.

Kyle miró al aparato, todavía asombrado. Besó otra vez a su esposa, la mejilla de su hija, y luego entró, hasta acomodar su trasero en la capa inferior de la cámara central. No cedió bajo su peso.

Heather volvió a recordarle cómo podía revisualizar el aparato simplemente cerrando los ojos. Y entonces Becky y ella alzaron la tapa, que por cierto pesaba muchísimo más que la del aparato original. Les costó un poco de esfuerzo colocarla en su sitio, pero por fin lo lograron.

Kyle esperó a que sus ojos se ajustaran a la penumbra. Las constelaciones de placas piezoeléctricas eran hermosas en su sencillez geométrica. Naturalmente, pensó, deben formar algún tipo de circuito: rastros y pautas, para canalizar la piezoelectricidad de formas específicas, ejecutando funciones desconocidas. Y cuando los cuarenta y ocho paneles se plegaban, cada uno superponiéndose sobre otro, debían hacerse complejas conexiones entrecruzadas. La física de todo aquello era fascinante.

Extendió la mano y pulsó el botón de arranque.

El hipercubo se plegó a su alrededor, tal como había dicho Heather.

Y entonces allí apareció.

El psicoespacio.

Dios.

Se esforzó por orientarse y verlo de la manera en que Heather había dicho. Seguía viendo las dos esferas desde el exterior en vez de los dos hemisferios unidos desde el interior. Le pareció frustrante, como aquella malditas imágenes 3D que fueron populares a mediados de los noventa. Él nunca había podido verlas tampoco, y…

… y de repente encajó, y estuvo allí.

Así que esto es tener un tercer ojo, pensó.

Se concentró en la pared de enormes hexágonos, y éstos se encogieron ante él, contrayéndose hasta adquirir las proporciones de un teclado.

Era desorientador; las perspectivas cambiaban constantemente. Sintió que empezaba a dolerle la cabeza.

Cerró los ojos, dejó que el aparato se materializara de nuevo a su alrededor, reestableciendo su entorno, dejando que el aire que entraba desde el exterior lo cubriera.

Después de unos instantes, abrió de nuevo los ojos y luego extendió una mano invisible.

Tocó un hexágono…

… y se quedó asombrado por la viveza de las imágenes.

Tardó unos instantes en darse cuenta.

No era su mente.

Más bien, parecía el sueño de otra persona: todas las imágenes distorsionadas, vagas, y en blanco y negro.

Fascinante. Kyle soñaba en blanco y negro, pero Heather siempre había dicho que soñaba en color.

Con todo, había tiempo de sobra para hacer exploraciones generales más tarde.

Hizo lo que Heather le había enseñado, y se imaginó a sí mismo cristalizando y luego reintegrándose.

Lo intentó de nuevo. Otro hexágono, otra mente, pero no la suya. Un camionero, parecía, conduciendo por la carretera, escuchando música country y pensando en llegar a casa con sus hijos.